El reloj marcaba las 3:00 AM cuando Alejandro terminó de repasar por quinta vez los correos electrónicos de Rodrigo. No había nada extraño en ellos. Solo comunicaciones profesionales, informes de proyectos, y algunas respuestas a solicitudes que él mismo había hecho. Sin embargo, algo en su interior le decía que debía haber algo más, algo que se le escapaba. La sensación de estar atrapado en una maraña de mentiras lo estaba consumiendo lentamente. Necesitaba respuestas, pero la dirección en la que se encontraba no parecía la correcta.
Apagó la luz de su oficina y se dirigió a la sala de conferencias privada. A pesar de la oscuridad, las pantallas de los dispositivos aún parpadeaban suavemente, iluminando el lugar con un resplandor grisáceo. Se sentó frente a la mesa de cristal, observando las sillas vacías de aquellos que solían acompañarlo en las reuniones. Había sido una pieza clave de este engranaje durante tanto tiempo, y sin embargo, ahora todo parecía tambalearse.
Con un suspiro, tomó su teléfono y marcó el número de Laura. La asistente no tardó en responder, su voz cansada pero profesional.
-¿Alejandro? -dijo, claramente sorprendida de que aún estuviera despierto-. ¿Todo bien?
-Necesito que investigues algo más para mí. Quiero saber sobre las últimas interacciones de Rodrigo con el resto de la junta directiva. En especial, quiero ver si alguna vez tuvo un desacuerdo con alguien cercano. Algo no cuadra, Laura. No puedo dejar que esto quede en el aire.
-Entendido. ¿Quieres que hable con la policía también?
-No, no por ahora. Es mejor mantener las cosas discretas. Hazlo en segundo plano, sin que nadie se entere. Yo te aviso si necesito algo más.
Laura respiró profundamente, sintiendo la tensión en la voz de Alejandro.
-De acuerdo, estaré en contacto.
La llamada se cortó, y Alejandro volvió a mirar la pantalla de su computadora. El mensaje anónimo seguía en su mente, retumbando como un eco que no lo dejaba descansar. Había demasiadas piezas dispersas, demasiados cabos sueltos. Pero lo peor de todo era que nadie parecía saber nada. Nadie lo había advertido. Ninguno de los miembros de su círculo cercano había hecho alusión a un peligro inminente. Eso lo desconcertaba aún más.
El nombre de Rodrigo estaba ahora completamente marcado en su mente. Había sido una figura central en su vida profesional, alguien que había pasado a ser más que un simple subordinado. Lo había conocido durante los primeros días del crecimiento de la cadena de hoteles, cuando ambos luchaban por expandirse en mercados internacionales. Rodrigo había sido su brazo derecho, su confidente. Y ahora estaba muerto. Su muerte era un mensaje, lo sabía. Pero ¿quién lo había enviado?
Se levantó de la silla y comenzó a caminar por la oficina, sus pasos resonando en el piso de mármol pulido. La compañía que había construido a lo largo de los años, que había sido su legado, se sentía ahora como una estructura frágil, construida sobre cimientos inestables. Alejandro estaba acostumbrado al poder, a la certeza, pero ahora todo se sentía desmoronarse bajo su peso.
Cuando pensó que ya no podía aguantar más, su teléfono vibró sobre la mesa. Miró la pantalla y vio el nombre de Laura. Sin pensarlo, contestó rápidamente.
-¿Qué encontraste? -preguntó, anticipándose a la respuesta.
-He revisado algunos documentos antiguos, y encontré algo curioso. Parece que hace unos cinco años, Rodrigo tuvo un desacuerdo con uno de los miembros clave de la junta directiva. No es mucho, pero es lo primero que se menciona en sus correos electrónicos. Al principio, parecía una discusión trivial sobre la expansión en Asia, pero conforme avanza la correspondencia, las cosas se ponen tensas. Parecía haber un desacuerdo sobre el manejo de ciertos fondos.
Alejandro se detuvo en seco, procesando la información.
-¿Un desacuerdo sobre fondos? ¿Cómo es posible que no me haya enterado?
-Eso no es todo. Hay un archivo adjunto a uno de los correos que menciona algo sobre una inversión fallida. No lo he abierto aún, pero lo enviaré a tu correo.
-Hazlo. Y que nadie más tenga acceso a eso.
Laura aceptó la orden sin discutir. Alejandro, por su parte, se apresuró a abrir su correo electrónico en busca del archivo que su asistente había mencionado. En cuanto lo descargó, vio que era un informe financiero detallado de una inversión que nunca había llegado a publicarse. No era común en su empresa hacer movimientos tan arriesgados, y mucho menos cuando estaba involucrado dinero tan sustancial.
Lo abrió, analizó los números. El informe parecía limpio, bien elaborado. Pero había algo que no encajaba: una cifra que no figuraba en ninguna de las cuentas oficiales. Había un pago irregular, un pequeño monto que no se correspondía con ninguna transacción conocida. ¿Por qué Rodrigo, su amigo y confidente, había estado involucrado en algo como esto?
Justo cuando Alejandro se disponía a investigar más a fondo, su teléfono vibró nuevamente. Era un mensaje, pero no provenía de Laura. Era otro mensaje anónimo.
-Estás comenzando a descubrir la verdad, Alejandro. Ya no hay marcha atrás. Si quieres salvar lo que queda de tu vida, enfrenta lo que has hecho.-
El sudor comenzó a acumularse en su frente. Esta vez, el mensaje era mucho más claro, mucho más directo. No solo se referían a la empresa, sino a él personalmente. Era como si alguien estuviera siguiéndolo, observando cada uno de sus movimientos. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en su mente, pero aún no podía entender la imagen completa.
Se recostó en su silla, sintiendo la pesadez de la situación. Todo lo que había logrado, todo lo que había construido, ahora estaba en peligro. Y lo peor de todo era que no sabía de quién podía confiar. Rodrigo, su más cercano aliado, estaba muerto. La junta directiva podría estar involucrada, pero ¿cómo podía saber quién estaba detrás de todo esto?
La sensación de paranoia comenzó a apoderarse de él. A partir de ahora, tendría que mirar a todos con desconfianza. Ninguno de ellos, ni siquiera los más cercanos, parecía estar libre de sospecha. No podía dejar que esto se convirtiera en una crisis pública, pero tampoco podía ignorar lo que estaba sucediendo. Tenía que encontrar la verdad antes de que fuera demasiado tarde.
Alejandro cerró el archivo, apagó la computadora y se levantó. Estaba agotado, pero el miedo y la ansiedad lo mantenían despierto. Tomó su abrigo y salió de la oficina, decidido a dar el siguiente paso. No podía dejar que las sombras del pasado lo atraparan sin luchar.





