La Sombra de Mi Hermana, la Sombra de Mi Infierno

La imagen de Mateo e Isabela juntos se grabó a fuego en mi mente. Su defensa heroica había sido una obra de teatro para calmarme. La traición era absoluta, planeada.

El dolor era una cosa física, un peso en mi pecho que me impedía respirar.

Devastada, supe que no podía seguir así. No podía vivir un día más en esa mentira.

Al día siguiente, mientras Mateo estaba en las bodegas "cumpliendo su castigo", usé mi conocimiento en la gestión de los contratos de arte de la familia, una tarea que él siempre había despreciado.

Preparé un acuerdo de divorcio. Simple, directo. Incluí una cláusula de separación de bienes muy generosa a mi favor, aprovechando que él nunca leía lo que le daba a firmar en ese ámbito. Era mi única salida.

Por la noche, se lo presenté junto a otros documentos de la galería.

"Cariño, necesito tu firma para estos contratos de la nueva exposición", le dije, mi voz sorprendentemente firme.

Él sonrió, su fachada de marido devoto intacta.

"Claro, mi amor. Sabes que confío en ti para estas cosas".

Firmó sin mirar. La pluma rasgando el papel fue el sonido de mi libertad.

Los días siguientes fueron un infierno. Mateo continuaba con su doble vida. En público, era el marido leal que se había enfrentado a su madre por mí. En privado, se escabullía a la habitación de Isabela.

Yo me consumía. Apenas comía, no dormía. Las ojeras marcaban mi rostro y perdí peso rápidamente.

La familia entera actuaba como si yo fuera la loca.

"Estás exagerando, Sofía", me decía Mateo con una paciencia fingida. "Solo estoy cumpliendo una obligación familiar. No significa nada para mí. Es por mi hermano".

"Tu tristeza es egoísta", me espetó Carmen en la cena. "Isabela necesita paz y tranquilidad. Y tú solo piensas en ti".

Mi propia madre me llamaba para decirme que fuera más considerada.

Mientras, a Isabela la trataban como a una reina. Le preparaban comidas especiales, la rodeaban de atenciones. Su bienestar era la única prioridad. Yo era un fantasma en mi propia casa, una molestia.

En silencio, empecé a hacer mis maletas, a transferir los fondos que el acuerdo me garantizaba, a planificar mi huida.

Entonces, llegó la noticia.

Durante una cena familiar, Isabela, con una mano protectora sobre su vientre y una mirada triunfante, anunció su embarazo.

La familia estalló en celebraciones. Carmen lloró de alegría. Mateo me miró, esperando que compartiera su felicidad.

"¿No es maravilloso, Sofía?", dijo, intentando tomar mi mano. "Pronto tendremos un sobrino. Seremos una gran familia feliz".

Quería vomitar.

"Podrás ayudar a criarlo", añadió, como si me estuviera concediendo un gran honor. "Serás como una segunda madre para él".

La náusea se convirtió en rabia.

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