La Sirena

—¿Qué queréis hacer esta noche? —preguntó Elizabeth, que se dejó caer en el sofá.

Al otro lado de la ventana, a sus espaldas, el cielo iba pasando de azul a rosa y a

anaranjado. Yo iba tachando mentalmente un día más de los miles que me quedaban

—. Hoy no me apetece ir a ningún club.

—¡Guau! —exclamé levantando los brazos—. ¿Es que te encuentras mal?

—Muy graciosa —respondió—. Me apetece algo diferente.

Miaka levantó la vista del ordenador portátil que compartíamos.

—¿Dónde es de día ahora? Podríamos ir a un museo.

—Nunca entenderé por qué te gustan tanto unos edificios tan silenciosos —

respondió Elizabeth negando con la cabeza—. Como si no pasáramos suficiente

tiempo en silencio.

—¡Chis! —dije yo, mirándola con ironía—. ¿Tú, en silencio?

Elizabeth me sacó la lengua y se colocó junto a Miaka de un salto.

—¿Qué estás mirando?

—Saltos en paracaídas.

—¡Vaya! ¡Eso ya me gusta más!

—No te equivoques. De momento solo estoy investigando. Me preguntaba cómo

afectaría a nuestros niveles de adrenalina el hacer algo así —dijo Miaka sin dejar de

tomar notas en un cuaderno—. No sé, quizá nos diera un subidón por encima de la

media.

Chasqueé la lengua.

—Miaka, ¿hablamos de una aventura o de un experimento científico?

—Un poco de cada. He leído que los picos de adrenalina pueden alterar la

percepción, provocando visión borrosa o que se congele la imagen de un momento.

Creo que sería interesante hacer algo así, ver lo que veo y luego intentar plasmarlo en

una obra de arte.

—Lo admito —dije sonriendo—. Es creativo. Pero tiene que haber un modo mejor

de provocar ese subidón que saltar de un avión.

—Aunque las cosas fueran mal, sobreviviríamos, ¿no? —planteó Miaka.

Ambas se giraron hacia mí como si yo fuera una autoridad en la materia.

—Supongo. En cualquier caso, conmigo no contéis para esa aventura en particular.

—¿Te da miedo? —preguntó Elizabeth agitando los dedos con aire misterioso.

—No —repliqué—. Simplemente no me interesa.

—Tiene miedo de meterse en problemas —sugirió Miaka—. De que a Oceania no le

guste.

—Como si pudiera enfadarse contigo —dijo Elizabeth con un punto de amargura en

la voz—. Te adora.

—Se preocupa por todas nosotras —respondí, al tiempo que recogía las manos en

el regazo.

—Entonces no le importará que te lances en paracaídas.

—¿Y si te entra el pánico y te pones a gritar? —sugerí.

—¿Qué pasaría? —replicó Elizabeth, ya dispuesta a rebatir mis argumentos.

—Bueno, ahí llevas razón…

—A mí me quedan veinte años —dije en voz baja—. Si me meto en líos ahora, los

últimos ochenta años habrían sido en balde. Conocéis igual que yo casos de sirenas

que acabaron mal. Miaka, tú viste lo que le pasó a Ifama.

Miaka se estremeció. Oceania había salvado a Ifama durante un naufragio frente a

la costa de Sudáfrica en los años cincuenta, y ella había accedido a servirla a cambio

de la posibilidad de seguir viviendo. Durante el breve tiempo que había permanecido

con nosotras, había mantenido las distancias, aislándose en su habitación, como si

estuviera rezando la mayor parte del tiempo. Más tarde nos preguntamos si su frialdad

formaba parte de un plan para no vincularse con nosotras. Cuando le llegó la hora de

cantar por primera vez, se quedó allí en pie, en el agua, con la barbilla levantada, y se

negó. Oceania tiró de ella hacia el fondo tan rápido que fue como si nunca hubiera

estado allí.

Fue una advertencia para todas nosotras. Teníamos que cantar y mantener el

secreto. La lista de mandamientos no era muy larga.

—¿Y qué me decís de Catarina? —proseguí—. ¿Y de Beth? ¿O de Molly? ¿Qué

hay del montón de chicas en nuestra situación que fallaron?

Las historias de aquellas chicas eran señales de advertencia que se transmitían de

una sirena a la siguiente. Beth había usado su voz para hacer que tres chicas que se

habían metido con ella saltaran a un pozo. Eso había sido a finales del siglo XVII,

cuando la idea de que existieran brujas no parecía una locura. Había provocado la

reacción de todo un pueblo. Y Oceania la había silenciado para mantener nuestro

secreto a buen recaudo. Catarina era otra de las que se había negado a cantar… y

había desaparecido. Lo extraño, en su caso, es que, cuando ocurrió, ella ya llevaba

treinta años de sirena. Yo no podía entender qué le habría hecho tirar la toalla y

renunciar a la promesa de la libertad después de tanto tiempo.

La historia de Molly era diferente. Y más inquietante. De algún modo, la vida de

sirena la había desquiciado. A los cuatro años, una noche había matado a toda una familia, incluido un bebé, en un ataque de locura del que ni ella misma fue consciente

hasta que se encontró de pie sobre una anciana que estaba boca abajo en una bañera.

Por lo que oí, Oceania había intentado calmarla, pero, cuando unos meses más tarde

tuvo otro episodio similar, le quitó la vida.

Molly era la demostración de que Oceania se mostraba compasiva si veía buena

intención, pero también que esa compasión tenía un límite.

Aquellas eran las historias que nos acompañaban, los guardarraíles que nos

mantenían por el buen camino. Traicionar las reglas podía significar renunciar a la

vida.

Si alguien descubría nuestro secreto, nos encerrarían, quizás incluso experimentaran

con nosotras. Al ver que no podían destruirnos, si no lográbamos escapar, eso

significaría una eternidad de encierro en silencio, literalmente. Y si alguien adivinaba

que Oceania se alimentaba de algunos de los seres a los que daba sustento, los

humanos no tardarían mucho en idear un modo de conseguir agua sin tocarla siquiera.

Y si nadie se metía en el agua…, ¿cómo viviríamos todas nosotras?

No quedaba otra que obedecer.

—Vosotras dos me preocupáis un poco —confesé, cruzando la habitación para

darles un abrazo—. La verdad, a veces me da envidia lo bien que os habéis…

integrado. Pero me pregunto cuánto tiempo podréis seguir así sin cometer ningún

error.

—No tienes que preocuparte —me aseguró Miaka—. Esto es lo que han hecho las

sirenas durante toda la historia. Y a nosotras se nos da como a ninguna. Hasta Aisling

vive a las afueras de la ciudad. El contacto con los humanos nos ayuda a mantenernos

cuerdas. No tienes que recluirte para conseguir aguantar esta vida.

Asentí. Lo sabía. Pero no quería forzar la situación con Oceania. Elizabeth seguía

callada, pero estaba claro lo que pensaba al respecto.

—¿Por qué no vamos a ver a Aisling? —propuso Miaka—. En realidad, nunca le

hemos preguntado cómo lo lleva.

—Porque nunca viene por aquí —replicó Elizabeth, evidentemente molesta.

No habíamos visto a nuestra cuarta hermana desde la última vez que habíamos

tenido que cantar. Y hacía más de dos años que no vivía con nosotras.

—Eso estaría bien. Una visita corta —añadí, sobre todo por Elizabeth, que nunca le

había tenido una especial simpatía a Aisling. Era demasiado solitaria para su gusto.

—Vale —dijo ella asintiendo—. Total, tampoco tenemos nada mejor que hacer.

Salimos por la puerta trasera. Y de ahí bajamos por una pequeña escalera de

madera que llevaba a un embarcadero flotante. Muchas de las otras casas tenían

esquís acuáticos o botes de remos atados a sus embarcaderos, pero el nuestro estaba vacío. El sol estaba lo suficientemente bajo como para que nadie nos viera meternos

en el agua.

El agua nos recibió agitándose a modo de saludo. Sentí una especie de cosquilleo

por todo el cuerpo al sumergirnos. Me relajé en el calor del abrazo de Oceania, ya más

tranquila.

-¿Puedes decirle a Aisling que vamos para allá?, le dije.

*Por supuesto.

-¡Wheee!, exclamó Elizabeth, mientras nos sumergíamos en las profundidades y

emprendíamos nuestro viaje.

La velocidad le arrancó sus finas ropas. Extendió los brazos, con el cabello

agitándose en una danza tras ella, a la espera de recibir su vestido de sirena. Cuando

nos movíamos así, nos desprendíamos de todo lo terrenal que había en nosotras.

Oceania abría sus venas, liberando millones de partículas de sal que se pegaban a

nuestros cuerpos para crear unas largas túnicas, delicadas y livianas. Eran espléndidas

y adoptaban todos los tonos del mar: el púrpura de un arrecife de coral que el ojo

humano nunca había visto, el verde del kelp creciendo hacia la luz, el dorado de la sal

a la luz del amanecer… Y nunca eran exactamente iguales. Casi daba pena ver cómo

se descomponían, grano a grano, pocos días después de que nos alejáramos de ella.

*Pareces triste.

Sus palabras solo sonaron en mis oídos.

-Últimamente he vuelto a tener pesadillas, reconocí.

*No necesitas dormir. Estás igual de bien aunque no duermas, ya lo sabes.

Sonreí.

-Lo sé. Pero me gusta dormir. Es relajante. Solo es que me gustaría poder dormir

sin sueños, eso es todo.

No podía evitar que soñara, pero siempre me consolaba lo mejor que podía. A

veces me llevaba a alguna isla o me mostraba las partes más bellas de sí misma, tan

lejos del alcance de los humanos. A veces sabía que preocuparse de mí suponía

dejarme que me apartara de ella. Pero yo tampoco quería pasar mucho tiempo lejos

de ella. Era la única madre que tenía.

En parte madre, en parte guardiana, en parte jefa… Era una relación difícil de

explicar.

Aisling salió nadando a recibirnos, con las hebras de su vestido aún incompleto

flotando a su alrededor.

¡Qué sorpresa! —nos dijo, cogiendo a Miaka de la mano—. Seguidme.

Nadamos tras ella, rodeando la placa continental, que emergía del agua formando la

tierra firme. Nuestras nociones de geografía eran algo especializadas; sabíamos que algunos lugares estaban rodeados de roca, otros de arena y otros de arrecifes

verticales. Había otras cosas que también sabíamos de memoria, como los lugares

donde nos habíamos encontrado unas con otras o la ubicación de los barcos que

habíamos hundido. Todo ello creaba un peculiar mapa mental de ciudades fantasma en

el fondo del mar.

Seguimos a Aisling, que recorrió un tramo de costa bastante irregular hasta ponerse

de pie en un punto en que ya no la cubría.

—No os preocupéis —dijo, viéndonos nerviosas al salir a tierra firme sin pensárselo

dos veces—. Aquí estamos solas.

—Pensaba que vivías cerca de un pueblo —dijo Elizabeth, saltando por entre las

rocas redondeadas para alcanzar la orilla.

—La distancia es relativa —respondió Aisling, que nos condujo hacia una vieja casa

situada tras una hilera de árboles.

Era pintoresca, a la sombra de unas ramas pesadas como brazos que la refrescarían

en verano y la protegerían de la nieve en invierno. Enfrente había un pequeño jardín

lleno de flores y de bayas. Aquella explosión de vida me hizo pensar que, mientras que

el resto de nosotras estábamos conectadas únicamente al agua, Aisling extraía energía

de todos los elementos.

—¡Qué lugar más pequeño! —dijo Miaka al entrar.

Era una sola estancia, apenas del tamaño del salón de nuestra casa de la playa. No

había muchos muebles, solo una camita y una mesa con un banco a un lado.

—Yo creo que es acogedor —señaló Aisling, colocando un cazo sobre el fogón de

una vieja cocina—. Me alegro de que hayáis venido a verme. Hoy he recogido unas

bayas frescas. Iba a hacer una tarta. Dadme tres cuartos de hora y tendremos un

postre estupendo.

—¿Esperabas compañía? —preguntó Elizabeth—. ¿O simplemente es que te

aburrías mortalmente?

No teníamos muchos motivos para cocinar. No necesitábamos comer. Elizabeth en

particular podía pasar meses sin sentir capricho por ningún gusto en particular.

Aisling sonrió mientras acababa de forrar el fondo del molde.

—Sí, el rey debe de estar a punto de llegar.

—Ah, ¿y al rey le gusta la tarta? —respondió Miaka, siguiéndole la broma.

—¡A todo el mundo le gusta la tarta! —dijo Aisling. Luego suspiró—. A decir

verdad, hoy estaba algo aburrida. Así que estoy contenta de que hayáis venido.

—Sabes que puedes venir a vivir con nosotras —dije yo, situándome a su lado

mientras vertía el relleno.

—Ya, pero es que me gusta la tranquilidad.

—Acabas de decir que estabas aburrida —señaló Miaka, explorando la habitación

con sus ojos de artista.

—Un día de cada cien —respondió Aisling, sin hacer mucho caso—. Pero sé que en

estos días debería pasar más tiempo con vosotras. Lo intentaré.

—¿Estás bien? —le pregunté—. Pareces tensa.

Aisling me mostró una gran sonrisa.

—Estoy genial. Contenta de veros, nada más. ¿A qué se debe la visita?

—¿Podrías decirle a Kahlen que se calmara? —preguntó Elizabeth, sentándose en la

cama solitaria como si fuera la dueña de todo aquello—. Está otra vez de bajón.

Garabateando en los cuadernos, sufriendo porque todo su mundo pueda venirse abajo

solo con que la sombra de un humano se le cruce por delante.

Aisling y yo intercambiamos una mirada. Ella sonrió, divertida.

—¿Qué es lo que pasa realmente?

—Nada —le aseguré—. Simplemente estamos comparando estrategias para manejar

los problemas de la vida cotidiana. Yo me siento más segura cuanto más anónimas

somos. Cuanta menos sea la gente con la que interactuamos, mejor.

—Y aun así insistes en vivir en grandes ciudades —refunfuñó Elizabeth.

—Para pasar más desapercibidas —respondí poniendo los ojos en blanco.

Miaka se acercó. Apoyó suavemente una mano en el hombro de Aisling.

—Creo que lo que quiere decir Elizabeth es que, como tú eres la mayor, también

tendrás más conocimientos que compartir con nosotras.

Aisling se quitó el delantal y nos sentamos todas juntas, ocupando todo el banco y la

cama.

—Bueno, seamos sinceras. Oceania no nos necesita a más de una a la vez. Podría

hacer su trabajo con una sola sirena. Pero se asegura de que haya al menos dos en

todo momento, para que no estemos solas.

—Y siempre la tenemos a ella —añadí.

—Lo cual es raro. Porque es difícil entenderla —puntualizó Elizabeth, jugueteando

con los brillos de sal de su vestido.

—No es una persona —señalé—. Claro que es difícil entenderla.

—Volvamos a lo que hablábamos, Aisling: ¿tú crees que es posible interactuar con

los humanos sin que haya consecuencias? —insistió Elizabeth.

Aisling sonrió, con la mirada puesta en un punto perdido.

—Desde luego. De hecho, yo creo que ver vidas que registran cambios y viven

épocas diferentes le ha dado más valor a mi vida, aunque no pueda cambiar en nada.

Supongo que me ayuda a conocer mis límites. —Volvió a mirar a Elizabeth—. Parece

que Kahlen conoce los suyos, así que quizá debiéramos respetarlos.

—Bueno, a mí me parece que lo pasa mal y que sería mucho más feliz si saliera al

mundo real de vez en cuando —dijo Elizabeth con una sonrisa, una sonrisa breve que

no pretendía buscar enfrentamientos, sino dejarnos claro que seguía pensando que

tenía razón.

—Siguiendo con eso… —dijo Miaka irguiendo la espalda—. Paracaidismo. ¿Lo

harías, Aisling?

Ella soltó una risita nerviosa.

—No me gustan las alturas, así que probablemente no.

Miaka asintió.

—Admito que la caída sería una sensación extraña. Pero yo quiero ver el mundo

desde arriba.

—Has visto guerras, has asistido a la desaparición y a la transformación de países

enteros. Has experimentado más cambios de moda de los que pueda recordar la

mayoría. Hemos caminado por la Gran Muralla, has montado en elefante… ¡Pero si

hasta Elizabeth nos llevó a ver a los Beatles! —le recordé—. ¿De verdad necesitas

algo más?

—Quiero verlo todo —replicó Miaka, ilusionada.

Pasamos el resto de la visita hablando de los cuadros que había pintado Miaka, de

los libros que había leído yo, de las películas que había visto Elizabeth. Aisling tenía

razón cuando decía que disfrutaba observando la vida de los que la rodeaban, y nos

contó que la mejor panadera del pueblo por fin iba a cerrar la panadería, o que

últimamente se había multiplicado la gente que trabajaba paseando los perros de los

demás. Todo aquello no significaba nada para mí, pero para los extraños que lo vivían

era fundamental.

—Ojalá tuviera un talento como el tuyo, Miaka —se lamentó Aisling, después de oír

sus teorías sobre la adrenalina y el arte—. Me siento como si no tuviera nada que

decir. Ahora mismo en mi vida no pasa nada.

—Recuerda que, si quieres venir a vivir con nosotras, eres bienvenida —insistí.

Se inclinó hacia mí, hasta tocar mi cabeza con la suya.

—Ya. No es eso. Es que hoy en día da la impresión de que la vida transcurre muy

rápido. Esta tranquilidad no me durará mucho. Creo que la echaré de menos.

—¿Rápido? —reaccioné—. ¿Qué es lo que haces para que los años te pasen tan

rápido? A mí me parece que van lentísimos.

—Yo estoy de acuerdo con Aisling. La verdad es que todo va muy rápido —señaló

Elizabeth—. No tengo tiempo de hacer todo lo que quiero. ¡Pero me encanta!

Pasadas unas horas, Elizabeth parecía inquieta, así que educadamente señalé que

era hora de volver a casa. Aisling me abrazó mientras Miaka y Elizabeth se dirigían hacia el agua.

—No puedo decirte qué hacer, pero sé lo mucho que te atormenta nuestro trabajo.

Si el modo en que has vivido durante ochenta años no te hace sentir mejor, quizá sea

hora de probar algo diferente.

—Pero ¿y si meto la pata?

Me apretó la mano.

—Eres demasiado buena como para meter la pata. Y si lo hicieras, serías la que más

fácil lo tendría para que te perdonaran. Te adora. Y lo sabes.

Asentí.

—Gracias.

—No hay de qué. Vendré a veros pronto.

Volvió a la casa con una carrerita. Y yo me quedé pensando en su consejo, mientras

la veía a través de la ventana, iniciando los preparativos para hacer otra tarta. Sonreí.

Aisling no tenía nada que perder ni que ganar diciéndome que cambiara de hábitos, y

eso hacía que confiara en ella. Así que decidí guardarme los sentimientos y las

preocupaciones en el corazón y plantearme si habría algún modo para hacer algo más

fácil el último tramo de aquella vida.

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