Era la séptima vez.
La séptima vez en siete años que Máximo Castillo y Luciana Ramírez estaban frente al Registro Civil de Buenos Aires.
Máximo vestía su mejor traje, el mismo que usaba para las noches de gala en el club de tango. Sentía el sudor frío en la nuca, no por el calor de la ciudad, sino por una ansiedad que ya conocía muy bien.
Luciana, a su lado, revisaba su teléfono, con el ceño ligeramente fruncido. Era hermosa, con el pelo oscuro recogido en un moño suelto que dejaba escapar algunos mechones rebeldes, como si su propia apariencia no pudiera decidirse a estar completamente quieta.
Siete años. Siete años en los que Máximo había construido su mundo entero alrededor de ella, rechazando giras por Europa, ignorando oportunidades que cualquier otro bailarín de tango habría matado por tener. Todo por ella, por el futuro que imaginaba a su lado.
El teléfono de Luciana sonó. Máximo no necesitó mirar para saber quién era. Siempre era Iván.
"¿Qué pasa, Iván? Estoy ocupada", dijo ella, su voz con un tono de fastidio que no engañaba a nadie.
Hubo una pausa. La expresión de Luciana cambió, la falsa molestia reemplazada por una genuina preocupación.
"¿Otra vez? ¿Tomaste tu inhalador? Voy para allá".
Colgó y se giró hacia Máximo, su cara una máscara de disculpa ensayada.
"Máximo, lo siento tanto. Iván... está teniendo un ataque de asma, uno de los malos. Necesito ir".
Máximo no se movió. Se quedó mirándola, sintiendo cómo una frialdad se extendía desde su estómago hacia el resto de su cuerpo.
"No", dijo, su voz apenas un susurro.
Luciana parpadeó, sorprendida.
"¿Cómo que no? Es una emergencia".
"Luciana, estamos a punto de entrar. A punto de casarnos. Por séptima vez".
La cara de ella se endureció. La disculpa se desvaneció, reemplazada por una acusación.
"¿Y qué es más importante, Máximo? ¿Un papel? ¿Una firma? ¡Mi amigo de la infancia apenas puede respirar! ¡No seas tan egoísta!"
La palabra "egoísta" lo golpeó. Él, que había sacrificado todo.
"No puedo creer que digas eso", respondió él, su voz temblando de una rabia contenida.
"Pues créelo", espetó ella, ya dándose la vuelta. "Hablamos más tarde. Esto es más importante".
Y se fue.
Corrió por la calle, sin mirar atrás, dejando a Máximo solo en la acera, con el sol de la mañana pegándole en la cara. Se quedó ahí, inmóvil, viendo cómo ella desaparecía entre la gente, corriendo hacia la vida de otro hombre.





