A mis cincuenta años, morí en una cama de hospital barata, con el cuerpo desgastado por el exceso de trabajo.
La tos me ahogaba, cada respiro era un dolor agudo en el pecho, un recordatorio de las décadas que pasé encorvada sobre una máquina de coser en un taller ruidoso y polvoriento de Gamarra.
En la televisión de la esquina, una gala benéfica brillaba con luces y lujos.
Y allí estaba él, Javier Mendoza, mi exnovio, el hombre por el que había sacrificado todo.
Ahora era un arquitecto famoso, elegante y seguro. A su lado, Camila Solari, la heredera de una fortuna textil, le sonreía con adoración.
Él tomó el micrófono.
"Le dedico este premio a mi amada Camila", dijo su voz, suave y resonante. "Y a su hermano, Mateo, sin cuyo apoyo nunca habríamos superado los obstáculos del pasado".
Obstáculos.
Yo era el obstáculo.
El recuerdo me golpeó con la fuerza de una revelación final. El día que los Solari, mi verdadera familia, vinieron a buscarme. Mateo Solari, con su traje caro y su mirada fría, me ofreció llevarme a casa.
Pero Javier me agarró del brazo.
"Si te vas con ellos, terminamos", me susurró, con el pánico en los ojos. "No me dejes, Isa. No podré terminar mi carrera sin ti".
Y yo, con veintidós años y el corazón lleno de un amor ciego, me quedé.
Elegí la pobreza, el trabajo agotador, las noches sin dormir cosiendo para pagar sus estudios, todo por él.
Y todo fue una mentira.
Una farsa orquestada por él, por Camila y por su supuesto hermano Mateo, para mantenerme alejada de mi herencia, de mi verdadera vida.
Mi último aliento fue un suspiro de arrepentimiento.
La oscuridad me envolvió.
Y luego, la luz.
El ruido de las máquinas de coser, el olor a tela y polvo. Estaba de pie, en el mismo taller de Gamarra, con mis manos jóvenes y sin dolor.
Tenía veintidós años otra vez.
Frente a mí estaba Mateo Solari, con la misma mirada fría y el mismo traje caro.
"Isabela Reyes", dijo, su voz llena de un desdén mal disimulado. "Tus padres biológicos quieren verte. Sube al auto".
Detrás de él, Javier me agarraba del brazo, exactamente como en mi recuerdo.
"Isa, no vayas", suplicó. "Si te vas, lo nuestro se acaba. Te lo juro".
Esta vez, no había amor ciego en mis ojos. Solo la fría sabiduría de una mujer de cincuenta años que había muerto con el corazón roto.
Me solté de su agarre con una calma que lo sorprendió.
Miré a Mateo, luego a Javier.
"Javier", dije, mi voz era firme, sin rastro de la chica ingenua que fui. "Terminamos".
Luego, caminé hacia el lujoso auto negro que esperaba afuera.
Me detuve ante la puerta abierta, me giré hacia Mateo y le sonreí.
"Vamos a casa".





