El silencio se instaló entre ellos como una tercera presencia en la habitación. Valeria intentaba asimilar lo que acababa de escuchar, pero cada parte de su mente gritaba que nada tenía sentido.
-Déjame ver si entiendo -dijo finalmente, cruzando los brazos-. Me estabas siguiendo, ¿pero no para matarme?
Alexander asintió lentamente.
-Correcto.
-Entonces, ¿para qué?
Él desvió la mirada un instante, como si estuviera decidiendo cuánto debía decirle.
-Para protegerte -respondió al fin.
Valeria soltó una risa incrédula.
-¿Protegerme? ¿De quién?
-De las mismas personas que intentaron matarte esta noche.
Ella negó con la cabeza, sintiendo un nudo en el estómago.
-No tiene sentido. Si querían matarme, lo habrían hecho antes. He estado escribiendo sobre ellos durante meses.
-Lo sé. Pero hasta ahora, solo eras una molestia. No tenían pruebas de que tuvieras información realmente peligrosa.
-¿Y ahora sí?
Alexander la miró con seriedad.
-Publicaste algo que los hizo reaccionar. O encontraste algo que aún no te diste cuenta de que tienes.
Valeria intentó recordar cada detalle de su última investigación. Su artículo exponía una red de corrupción que vinculaba a empresarios franceses con la mafia rusa, pero no había mencionado nombres específicos. Se basó en documentos anónimos y filtraciones.
-Eso no explica por qué tú estás involucrado -lo señaló con la barbilla-. Dijiste que alguien te envió a seguirme. ¿Quién?
Alexander apoyó los codos sobre sus rodillas y la miró fijamente.
-No puedo decirte eso.
-No puedo confiar en alguien que me oculta información.
Él suspiró, como si ya esperara su reacción.
-No tienes otra opción.
Valeria sintió una mezcla de rabia e impotencia. Tenía razón. No podía salir a la calle como si nada. En ese instante, probablemente había personas buscándola para terminar el trabajo que no pudieron completar en el evento.
Pero quedarse con Alexander significaba confiar en alguien que claramente no le estaba diciendo todo.
-¿Qué pasa si decido irme?
Alexander se inclinó hacia atrás y sacó un arma de la funda en su cintura. La colocó sobre la mesa entre ellos, sin levantarla, sin apuntarla, solo dejándola ahí como una advertencia silenciosa.
-Puedes intentarlo. Pero te garantizo que no llegarás lejos.
La garganta de Valeria se secó.
-¿Me estás amenazando?
-No. Te estoy diciendo la verdad.
Se miraron durante varios segundos, midiendo al otro. Finalmente, Valeria soltó el aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo.
-¿Qué sigue? -preguntó con resignación.
Alexander guardó el arma con un movimiento rápido y preciso.
-Descansarás aquí esta noche. Mañana nos iremos.
-¿A dónde?
-A un lugar más seguro.
-¿Y cuándo me dirás toda la verdad?
Él le dedicó una media sonrisa, casi burlona.
-Cuando sea necesario.
Valeria apretó los dientes, pero no replicó. Estaba atrapada. Lo único que podía hacer ahora era jugar bajo sus reglas.
Alexander se levantó y tomó una manta de un armario pequeño, lanzándosela.
-El sofá es tuyo. No intentes salir.
Ella lo atrapó en el aire y lo miró con desconfianza.
-¿Y si lo intento?
Alexander sonrió de lado.
-Hazlo, y verás lo que pasa.
Sin decir más, se dirigió a una pequeña habitación contigua y cerró la puerta tras de sí.
Valeria se quedó en la sala, sintiendo la adrenalina aún correr por sus venas. Estaba sola, en un departamento desconocido, con un hombre misterioso que decía protegerla pero que claramente ocultaba demasiadas cosas.
Pero la verdad más aterradora era que, por ahora, su vida dependía de él.





