Mientras me sentaba en mi pupitre, la amenaza de Laura resonaba en mi cabeza. No era solo la frase, era la forma en que la dijo, con esa mezcla de falsa dulzura y veneno puro.
"Ten cuidado con lo que bebes antes de la audición," susurró de nuevo, esta vez mientras pasaba junto a mi asiento para ir al suyo. "A veces las bebidas pueden estar… alteradas."
Mi sangre se heló. Mis uñas se clavaron en la palma de mi mano, dejando marcas rojas. Esa frase. Esa frase exacta.
Fue la confirmación que necesitaba. Ella también recordaba.
Un flashback, vívido y doloroso, me golpeó con la fuerza de un tren. La noche antes de la audición final en mi vida anterior. Estábamos las tres, Laura, Carlos y yo, en mi pequeño apartamento, "celebrando" por adelantado.
Laura me preparó mi bebida favorita, un té helado con menta y limón, diciendo que era para calmar mis nervios.
"Bébelo todo, Sofi, te ayudará a dormir bien y estar fresca para mañana," me dijo con su sonrisa de mejor amiga.
Confié en ella. Confié en ambos.
Me desperté dieciséis horas después, con la cabeza pesada y la boca seca. La luz del sol entraba por la ventana en un ángulo que me gritaba que era demasiado tarde. El teléfono tenía docenas de llamadas perdidas y un mensaje de texto del comité de la beca: "Lamentamos informarle que su ausencia ha sido considerada como una renuncia a la audición."
Perdí mi oportunidad. Lo perdí todo por un vaso de té.
Más tarde, descubrí la verdad. Carlos había conseguido un somnífero potente, y Laura lo había mezclado en mi bebida. Todo planeado para que Carlos, cuyo proyecto era mediocre comparado con el mío, pudiera ganar la beca por descarte.
Ahora, sentada en este salón de clases, el recuerdo me llenaba de una rabia fría y cortante. No eran solo traidores, eran estúpidos. Pensaban que podían repetir la misma jugada, que yo sería la misma tonta ingenua.
Miré a Carlos, sentado unas filas más adelante. Estaba escribiendo notitas y pasándoselas a Laura, riendo en voz baja. No estaba prestando la más mínima atención a la clase.
Cometí un error al pensar que su ambición los hacía peligrosos. Su verdadero peligro residía en su estupidez combinada con su malicia. Creyeron que por haber tenido éxito una vez, el universo les debía repetirlo. Se sentían invencibles, como si el conocimiento del futuro los hiciera dioses.
Pero el futuro que ellos conocían ya no existía. Yo lo había cambiado en el momento en que abrí los ojos en esta habitación.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. De acuerdo, juguemos.
Los días siguientes fueron una confirmación de mi teoría. Carlos, que en mi vida anterior al menos mantenía las apariencias académicas, ahora se había abandonado por completo.
Empezó a faltar a las clases de la tarde, especialmente a las sesiones de estudio en la biblioteca, que antes eran sagradas para nosotros.
"Tengo que llevar a Laurita de compras," le oí decir a un amigo. "Se merece lo mejor."
Comenzó a trabajar turnos dobles en una cafetería, no para ahorrar para su futuro, sino para comprarle a Laura los regalos más caros. Un día, ella llegó a clase con el último modelo de celular. Al siguiente, con unos tenis de edición limitada que costaban más que mi renta de un mes.
Laura los exhibía con orgullo, lanzándome miradas triunfantes cada vez que podía. No se daba cuenta, o no le importaba, que Carlos estaba agotado. Tenía ojeras, su rendimiento en clase caía en picado y su actitud se volvía cada vez más irritable con todos, excepto con ella.
Pronto, el inevitable aviso apareció en el tablero de anuncios del pasillo principal. La dirección de la facultad había publicado una lista de estudiantes con advertencias por ausencias injustificadas.
El nombre de Carlos estaba en negrita.
La humillación pública no pareció afectarle. Al contrario, se volvió más desafiante. Empezó a juntarse con un grupo de chicos que eran conocidos por meterse en problemas, por beber y por su actitud de matones.
Yo, mientras tanto, seguía mi propio camino. Cada noche en la biblioteca era una inversión en mi futuro. Cada boceto que perfeccionaba era un ladrillo más en el muro de mi nueva vida. Mi enfoque era absoluto.
Una tarde, al salir de la biblioteca, me topé con ellos en el recodo de una escalera. Carlos, Laura y su nueva pandilla de amigos bloqueaban el paso, fumando donde estaba prohibido.
"Vaya, vaya, miren a quién tenemos aquí," dijo uno de los chicos, echándome una bocanada de humo a la cara. "La ratita de biblioteca."
Carlos se rió, una risa hueca y desagradable. "Déjala. No tiene tiempo para divertirse. Está demasiado ocupada tratando de ser alguien que no es."
Laura se aferró a su brazo, mirándome con una mezcla de lástima y desprecio.
"Algunas personas simplemente no entienden lo que es el amor verdadero, Carlos. Creen que todo en la vida son los libros y el trabajo."
Sentí las miradas de todos sobre mí. La antigua Sofía se habría encogido, habría murmurado una disculpa y habría huido.
Pero yo ya no era ella.
Los miré a todos, uno por uno, mi expresión impasible. Mi silencio pareció ponerlos nerviosos.
"¿Qué? ¿Te comió la lengua el gato, cerebrito?" se burló Carlos, tratando de recuperar el control de la situación.
Me limité a mirarlo fijamente. "Muévete," dije, mi voz no era alta, pero cortó el aire denso de humo y arrogancia. "Me estorbas."
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