La Receta De La Diosa

Ricardo fue el primero en romper el silencio. Se sacudió el polvo de su traje caro, como si el haber sido arrojado por una fuerza divina fuera una simple molestia.

"¿Qué fue todo ese teatro de luces? ¿Un truco de magia para escapar?".

Se acercó a La Divina y le pasó un brazo por la cintura, posesivo y arrogante.

Ella lo miró con una mueca de asco, no por él, sino por el lugar donde Elena se había desvanecido.

"Qué desastre. Espero que no haya manchado el piso de mármol italiano. Ricardo, cariño, esta gente de clase baja siempre hace escenas tan dramáticas. No tienen elegancia ni para desaparecer".

Sentí una oleada de rabia tan pura y caliente que por un momento temí perder el control como Elena.

Me levanté lentamente, mis músculos temblando.

"Ella está muerta", dije, mi voz sonando extraña, hueca. "La mataste".

Ricardo soltó una carcajada.

"¿Muerta? Por favor. Se desmayó y se escapó. O lo que sea que haya sido eso. Mejor así, una menos de la que preocuparse".

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Me lancé hacia él. No pensé. Solo actué. Mi puño, el de una simple mortal, se estrelló contra su mandíbula.

Hubo un crujido satisfactorio, y Ricardo trastabilló hacia atrás, sorprendido más que herido.

"¡Estás loca!", gritó, llevándose una mano a la cara.

La Divina chilló como un animalito asustado.

"¡Me va a golpear! ¡Ricardo, haz algo!".

Antes de que pudiera volver a atacar, sentí cómo mi energía se agotaba. Las reglas del plano mortal pesaban sobre mí. Un arrebato de ira como ese, sin canalizar mi verdadera naturaleza, solo me dejaba débil y vulnerable.

Me detuve, jadeando, la adrenalina abandonando mi cuerpo y dejando un vacío helado.

"Cinco años, Ricardo", le dije, mi voz temblando de dolor y furia. "Cinco años en los que mis postres pagaron tus deudas. Cinco años en los que los diseños de Elena construyeron tu nombre. Te dimos todo. ¿Y así nos pagas?".

Ricardo se enderezó, su rostro contorsionado por la ira y el desprecio.

"¿Darnos todo? Nos dieron lo que les pedimos. Eran nuestras empleadas. Y bastante bien les pagamos con nuestro tiempo y nuestra... atención".

Escupió la última palabra como si fuera un insulto.

"Nunca fueron más que eso. Dos trabajadoras con un poco de talento, nada más. Creer que podían estar a nuestro nivel fue su error, no el nuestro".

Cada palabra era un golpe. Un golpe que no podía devolver.

Miré el lugar vacío donde Elena había estado.

"Ella se ha ido. Para siempre. Y a ti no te importa".

Ricardo se encogió de hombros, una crueldad indiferente en sus ojos.

"La gente va y viene. Lo que importa son los negocios. Ahora, ¿dónde están los malditos diseños? Si ella se fue, debió dejarlos en alguna parte".

Se agachó, como un buitre, y comenzó a palpar el suelo donde Elena se había desvanecido, buscando un rollo de papeles, un cuaderno, cualquier cosa.

La Divina y su gemela observaban con ávido interés, como si esperaran encontrar un tesoro.

En ese preciso momento, la puerta se abrió de nuevo.

Era Carlos.

Vio la escena: yo de pie, temblando de rabia; Ricardo en el suelo, buscando entre la nada; las dos influencers observando expectantes.

Su rostro mostró una fracción de segundo de confusión, quizás incluso de alarma.

"¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está Elena?".

Antes de que yo pudiera responder, La Divina corrió hacia él y se echó en sus brazos, comenzando a sollozar de manera teatral.

"¡Carlos, mi amor! ¡Fue horrible! ¡Esa mujer, Elena, se volvió loca! ¡Y luego Sofía, ella... ella golpeó a Ricardo!".

Señaló mi mano, luego el rostro de Ricardo, pintando una escena de violencia en la que yo era la única agresora.

"Solo queríamos pedirles amablemente las recetas, para el gran lanzamiento, y se pusieron como fieras. ¡Tienen envidia de nuestro éxito, de nuestro amor!".

Carlos me miró. Por un instante, vi una chispa de la persona que creí conocer. Una duda.

Pero luego miró a La Divina, acurrucada en su pecho, llorando falsas lágrimas sobre su camisa de seda.

Su expresión se endureció. Cualquier rastro de culpa o duda se desvaneció, reemplazado por una fría determinación.

Miró a su hermano, que seguía en el suelo.

"¿No encontraste nada?", le preguntó.

Ricardo negó con la cabeza.

"Nada. La perra debe habérselo llevado".

Carlos asintió, su decisión tomada. Su mirada se posó de nuevo en mí, y esta vez, estaba vacía de cualquier emoción que no fuera un cálculo frío y despiadado.

"Entonces tendremos que sacártelo a ti, Sofía".

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