El chat de mi transmisión en vivo explotó en un instante.
"¡Fraude! ¡Esa espalda es de una mujer gorda! ¡La Voz de Jalisco es una impostora!"
"¡El Patrón te ha regalado miles, y tú nos engañas a todos! ¡Qué asco!"
"¡Muestra la cara o lárgate de la plataforma!"
Los comentarios eran un veneno que se derramaba por la pantalla. Todo por una foto. Una simple foto de mi espalda que mi exnovio virtual, Roy Chavez, había filtrado. Él, un fanático de mi rival, Sabrina "La Reina del Jaripeo", lo hizo para humillarme.
En el centro de la tormenta de insultos, apareció el ícono dorado de Máximo "El Patrón" Castillo, mi mayor patrocinador. Su mensaje fue directo, arrogante, como siempre.
"La Voz, muestra tu cara ahora mismo. Si eres tan hermosa como cantas, te regalo un pura sangre de mi rancho. Si no, admite que eres un fraude y desaparece".
Sentí un nudo en el estómago. La humillación era pública. Todos mis miedos, mi inseguridad por mi sobrepeso, se habían hecho realidad.
Respiré hondo. Mi voz, la única parte de mí que amaba, no podía temblar ahora.
"¿El Patrón? ¿Un caballo? ¿Crees que mi cara vale tan poco?", respondí con una frialdad que me sorprendió a mí misma.
"No me interesa tu caballo. Y menos me interesa tu opinión".
Y sin esperar su respuesta, lo expulsé del canal.
El chat se volvió loco. Algunos me defendían, pero la mayoría me atacaba con más fuerza. Cerré la transmisión. El silencio en mi pequeña habitación se sintió pesado, opresivo. Las lágrimas que contuve durante la transmisión finalmente cayeron.
Me miré en el espejo oscuro de la pantalla. Detrás de "La Voz de Jalisco", solo estaba Lina Salazar, una chica de pueblo con una voz que no encajaba con su cuerpo.
Pero entonces, mi mirada se posó en el pequeño baúl de madera que me dejó mi abuela. Dentro, sobre un trozo de terciopelo desgastado, descansaba el amuleto. Una reliquia azteca, oscura y labrada, que había pasado de generación en generación en mi familia.
"Cuando te sientas perdida, cuando el mundo te dé la espalda, él te mostrará tu verdadero poder", me había dicho mi abuela.
Nunca lo había usado. Siempre me dio miedo. Pero esta noche, la desesperación era más fuerte que el temor.
Lo tomé en mis manos. Estaba frío, pero al contacto con mi piel, una extraña calidez comenzó a emanar de él. Cerré los ojos y pensé en la mujer que siempre quise ser. No una supermodelo, sino una versión de mí misma sin el peso de la inseguridad. Una mujer con la belleza natural y la fuerza que sentía en mi voz.
Una luz suave y dorada me envolvió. No dolió. Fue como sumergirse en agua tibia. Cuando abrí los ojos, la persona en el reflejo no era la misma.
Mi rostro estaba más definido, mi piel luminosa, mis ojos brillaban con una confianza que nunca había sentido. Mi cuerpo... mi cuerpo había cambiado. Seguía siendo yo, pero era una versión idealizada, una mujer deslumbrante que ya no tenía motivos para esconderse.
Una sonrisa lenta se dibujó en mi nuevo rostro.
Máximo Castillo quería ver mi cara.
Pues bien, se la iba a mostrar. Y le iba a costar mucho más que un simple caballo.





