La joven mujer se dirige a la amplia cocina que destaca por un estupendo mobiliario italiano y que se encuentra a unos metros del jardín.
—Espera pequeña, no lo calientes en ese horno.
Ángela se detiene y lo mira sin entender qué quiere decir. Magda, en lugar de ir con ella, se queda achantada en su silla sin moverse. El motivo es que odia tan solo tener pararse a su lado, su belleza le acentúa los muchos defectos de su corpulenta figura y lo detesta. Le deprime.
—Te voy a explicar algo, si lo metes al horno se va a concentrar ese olor tan fuerte y no es lo más indicado. Allí se están preparando otras recetas menos penetrantes. Mejor las pones en el de gas que está afuera. Solo tienes que llegar al área de la parrillera y allí vez el horno a gas, el que usamos para las pizzas la otra vez ¿Recuerdas?
Ángela e Ivo se miran extrañados por la sugerencia. De plano les parece una falta de consideración tantas indicaciones para un encargo que ya le ha tomado gran parte de la mañana elaborar. Decide obedecer, sin protestar. A pesar de resultarle muy desagradable la situación.
—Como gustes, por mí bien. Ya regreso —expresa un poco seria.
César nota sus miradas y se da cuenta de que ella está muy hermosa para llenarse de comida. No le parece adecuado y cambia el discurso.
—Sobrino, ¿lo puedes haces tú? No es justo que ella no se ensucie su hermoso traje, es un sitio de hombres, rústico como nosotros. No queremos que se sucede y se ponga de mal humor.
—Vamos mi amor, él tiene razón. Espera con ellos que yo te doy una mano, no me demoro. Sigue bella, aquí tranquila.
Ivo se levanta con la elegancia que lo caracteriza y va por el refractario, ella se queda incómoda. Le gusta mucho estar pegada de él haciendo cualquier tarea y comienza a ponerse de mal humor.
César sonríe complacido al ver que de nuevo se sale con la suya. Todos le obedecen y atienden sus caprichos. Nadie acostumbra contradecirlo, aunque sus peticiones sean tan extrañas.
Magda le intenta sacar conversación mientras César se soba la barriga y se saborea. Esperando tener en su plato un par de esas delicias. Habla con ella en relación con los canapés que ha mandado a hacer con un chef amigo y que, de un momento a otro, van a servir.
Ángela simula estar prestando atención cuando en realidad no pierde de vista a su esposo. Quien regresa de la cocina con la bandeja en sus manos sonriendo. Sigue de largo por el camino en dirección a la barbacoa. Diseñada y construida lejos de la edificación principal. Se usa solo en eventos al aire libre alrededor de la piscina.
Cuando ya va a mitad de camino escucha a su mujer decir:
—Espera Ivo, mejor te acompaño. Yo sé cuánto es el tiempo que requieren, si te pasas se va a secar el relleno y no es igual su sabor.
Él se voltea y le extiende la mano, la toma y continúan juntos.
Cuando llegan al lugar, colocan la bandeja en una mesa auxiliar e intentan encender el fuego, sin saber dónde.
—Qué molesto se pone César, es muy exigente, ¿qué se ha creído?
—Yo pienso lo mismo. Y su esposa ni se mueve de la silla, qué postín se dan esos dos. Me provoca largarme de aquí, no lo hago por los chicos que parecen estarse divirtiendo.
—Son la familia, hay que tener paciencia princesa.
—¿Sabes encenderla?
—Debemos abrir el gas y prender un fósforo, no es difícil. Ahora, la pregunta es de que se hace.
—¿Ves alguna caja de cerillos o un encendedor?, aquí no hay nada parecido, ¿cómo se nos ha olvidado consultar ese detalle tan importante?
—Espera que voy a buscar algo en la casa, vuelvo enseguida mi amor.
Ivo se retira contrariado. Ya que no es posible que estén en ese trajín y que han debido encargar la tarea al mesonero o a la cocinera. De seguro hay como hacerlo sin necesidad de fósforos, si no se lo hubiese dicho su tío.
De pronto, recuerda que debe tener un encendido automático. Cuando intenta volver sobre sus pasos, ve que Ángela va a pulsar el botón que dispara la chispa eléctrica. Lo ha encontrado sola. Se enorgullece de lo capaz que es su esposa y se acerca hacia ella para asistirla.
Sin intención, se fija en la conexión de la manguera a la bombona y nota que el plástico está dañado en la parte de abajo. Una rotura casi imperceptible, pero que puede ser grave, podría causar una explosión.
Son solo segundos que le parecen eternos y en los que corre con todas sus fuerzas para evitar una desgracia. Desesperado, se lanza sobre ella sin importar lastimase, solo quiere salvarla la vida a su amada.
Una fuerte explosión hace que todos se cubran, ajenos a lo que sucede en el jardín.
La celebración acaba en tragedia, el césped termina cubierto de sangre y son tres las personas heridas. Llegan las ambulancias para trasladarlos y cada una traslada una víctima. El estado delicado de dos de los hombres se complica por la gravedad de las lesiones expuestas. Tienen sus rostros llenos de sangre y residuos.
La pareja arriba a la emergencia y les atienden de inmediato. Él entra al quirófano y ella requiere atención ambulatoria.
Minutos después, todos se encuentran en la sala de emergencias del hospital. Angustiados y sin tener noticias acerca de la salud de la pareja. Otro de los ejecutivos invitados ha resultado herido, pero por equivocación lo trasladan a la clínica que queda al lado opuesto de la ciudad.
La operación de Ivo demora horas y la angustia embarga a los familiares. En medio de la cirugía fallece a causa de la gravedad de sus heridas.
El médico abandona la sala de operaciones y se quita su tapa bocas con desgano. Su cara indica que algo no ha resultado como espera y busca las palabras para transmitir la noticia a los familiares. Quienes se acercan ansiosos de tener respuestas.
—No pude salvarlo, dice entre dientes. Lo lamento.
Los hijos se abrazan y lloran. Su tío, en medio de ellos, les da ánimos en el difícil momento. Mientras César se retira del grupo manifestando pesar por lo ocurrido con su sobrino. Su mujer lo abraza sin saber qué decir.
—Mi mamá, ¿cómo se encuentra ella? —pregunta Laura.





