La Oferta Inesperada

Elena salió de la oficina de Andrés Salazar con el corazón latiendo con fuerza. No podía creer lo que acababa de hacer.

Había negociado con uno de los hombres más poderosos del país, y lo había hecho con la única moneda de cambio que tenía: ella misma.

No sabía si había sido un error o la única opción real para encontrar a su hermana.

Lo único seguro era que no había marcha atrás.

-Señorita Rivas.

Elena se detuvo en seco en el pasillo. La asistente de Andrés, una mujer impecablemente vestida de nombre Carolina, la miraba con una expresión indescifrable.

-¿Sí?

-El señor Salazar desea que tenga esto.

Le extendió un pequeño sobre negro. Elena lo tomó con cautela.

-¿Qué es?

-Detalles sobre su primera cita con él.

Elena sintió un escalofrío recorrer su columna. Andrés Salazar no perdía el tiempo.

-Gracias.

-Un consejo, señorita Rivas. -Carolina la miró con una especie de advertencia en los ojos-. No juegue con él si no está dispuesta a seguir las reglas.

Elena la sostuvo la mirada por un instante antes de responder:

-Tal vez el problema sea que él nunca ha jugado con alguien como yo.

Dicho eso, se dio media vuelta y entró al ascensor sin mirar atrás.

Cuando llegó a su pequeño departamento, se quitó los zapatos con un suspiro.

No era un lugar lujoso ni grande, pero era su refugio. Su espacio.

Se dejó caer en el viejo sofá y abrió el sobre.

Dentro, había una elegante tarjeta con una cita escrita en caligrafía perfecta:

"Te recogeré mañana a las 8 p.m. No llegues tarde. – A.S."

Elena rodó los ojos. Claro que él daría órdenes en lugar de preguntar si estaba disponible.

Sin embargo, la parte más inquietante estaba en la otra nota que venía adjunta.

Era una copia de un documento con información básica sobre su hermana, Marina Rivas.

Él ya había empezado a buscarla.

Elena tragó saliva. Por un instante, la idea de que Andrés realmente pudiera encontrarla hizo que el aire le pesara en los pulmones.

-¿Dónde estás, Marina? -susurró, deslizando los dedos sobre la foto borrosa de su hermana menor.

Había dado el primer paso en un juego peligroso. Ahora solo quedaba ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

La Primera Cita

A las 7:50 p.m., Elena ya estaba lista.

No tenía vestidos caros ni zapatos de diseñador, pero hizo lo mejor que pudo con lo que tenía. Un vestido negro sencillo, zapatos de tacón bajo y el cabello suelto.

A las 8:00 p.m. en punto, un elegante auto negro se detuvo frente a su edificio.

El chofer salió y le abrió la puerta trasera.

Elena subió sin decir una palabra y se encontró con Andrés Salazar, vestido con un traje impecable y una mirada intensa que la recorrió de arriba abajo.

-Puntual. Me gusta. -Dijo con aprobación.

-No me gusta hacer esperar.

Andrés sonrió, divertido.

-Veremos si eso es cierto.

El auto arrancó suavemente por la ciudad iluminada.

-¿A dónde vamos? -preguntó Elena.

-A un lugar que te gustará.

Ella arqueó una ceja.

-¿Y cómo sabe qué me gusta?

Él se inclinó ligeramente hacia ella, con esa arrogancia natural en sus movimientos.

-No lo sé. Pero quiero averiguarlo.

Elena sostuvo su mirada sin pestañear.

-Espero que esté listo para sorprenderse.

Andrés dejó escapar una risa baja.

-No eres como nadie que haya conocido.

-Eso es porque usted está acostumbrado a gente que le dice lo que quiere oír.

Él la miró con algo más que simple interés. Había un brillo en sus ojos que sugería que disfrutaba del desafío que Elena representaba.

-Tal vez. Pero eso solo hace esto más interesante.

Elena desvió la mirada hacia la ventana. No quería admitir que, en el fondo, sentía lo mismo.

Cuando el auto finalmente se detuvo, Elena sintió que su respiración se cortaba.

No la había llevado a un restaurante de lujo ni a un evento exclusivo.

Era un mirador.

Desde ahí, la ciudad se veía como un mar de luces titilantes bajo el cielo nocturno.

-No esperaba esto -admitió Elena.

-Me imaginé que estarías cansada de lugares llenos de gente y ruido.

Elena lo miró con una mezcla de curiosidad y recelo.

-¿Por qué está haciendo esto?

Andrés apoyó los codos sobre la baranda del mirador y la observó.

-Porque quiero conocerte. Sin máscaras. Sin apariencias.

Elena soltó una risa breve.

-¿Y usted cree que es posible?

Él se encogió de hombros.

-Veremos.

Elena se quedó en silencio, contemplando las luces de la ciudad.

Por primera vez, sintió que tal vez Andrés Salazar no era exactamente el hombre que había imaginado.

Tal vez... era algo mucho más complicado.

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