La obsesión del mafioso.

Al día siguiente, me levanté temprano, con la furia todavía ardiendo en mi pecho. No podía creer que mi padre me hubiera puesto en esa situación, que pretendiera que yo continuara con algo tan oscuro, tan terrible. Necesitaba escapar, aunque fuera por unas horas, despejar mi mente. Lo primero que se me ocurrió fue llamar a mi prima Marcela. Desde niñas, ambas habíamos encontrado maneras de escaparnos, de desobedecer a mi padre, de sentirnos libres, aunque fuera por poco tiempo. Marcela siempre había sido envidiosa, nunca pudo soportar que yo tuviera más, que fuera la hija del "gran empresario". Pero esa mañana, para mi sorpresa, estaba extrañamente amable.

—Vamos al concierto —me dijo con una sonrisa—. Necesitas olvidarte de todo, Alisa.

Acepté sin dudar. No tenía otra opción en mente y, en el fondo, necesitaba alejarme de todo lo que me recordara a papá, a su mundo. Esa decisión cambiaría mi vida para siempre.

El concierto estaba a una hora de camino. Ambas estábamos riendo, hablando de tonterías, como solíamos hacer. Por un momento, me permití olvidar. Sin embargo, todo se volvió una pesadilla en un abrir y cerrar de ojos.

Una camioneta negra, grande y con los vidrios polarizados, se acercó peligrosamente a nuestro coche. Antes de que pudiera reaccionar, hombres armados nos abordaron. Grité, desesperada, pero fue en vano. Arrastraron a Marcela fuera del auto y la golpearon brutalmente.

—¡No, por favor, no! —grité mientras intentaba liberarme, pero me sujetaron con fuerza.

El sonido de los gritos de mi prima resonaba en mis oídos, y mi corazón latía desbocado. Me llevaron a rastras hasta la camioneta, mis piernas temblaban y mi mente se nublaba de terror. No entendía qué estaba pasando. Solo sabía que algo horrible me esperaba.

La camioneta rodó por lo que parecieron horas, hasta que finalmente se detuvo en una hacienda aislada, en ruinas, tan horrible como el miedo que sentía. Me empujaron al interior de una habitación húmeda y oscura, donde varias niñas, probablemente tan asustadas como yo, se acurrucaban en las esquinas. Mis manos temblaban mientras observaba a mi alrededor, intentando comprender lo que estaba sucediendo.

De repente, un hombre entró. Era bajo, robusto y su mirada transmitía pura maldad. Sonrió de una manera que me hizo estremecer.

—Así que eres la hija del gran empresario, ¿eh? —dijo con una voz áspera y burlona—. Tengo un mensaje para tu padre.

Intentó acercarse, con una intención evidente en su mirada, y el terror me paralizó por un segundo. Pero no podía dejar que me tocara. **No podía**.

—¡Aléjate de mí! —le grité, y en un impulso de pura desesperación, le di un puñetazo en la cara. Mi mano dolió al instante, pero no me importó.

El hombre retrocedió, sorprendido por mi reacción, pero antes de que pudiera hacer algo más, otro hombre apareció en la habitación. Era más alto, con el cabello rubio y una cicatriz grotesca que le cruzaba la mejilla. Su sola presencia hizo que el primer hombre retrocediera, y yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Qué demonios haces? —le gruñó al primer hombre—. Ella no está aquí para eso.

El hombre de la cicatriz se acercó a mí, sus ojos fríos como el hielo. Me observó con desprecio.

—Dile a tu padre que su tiempo ha terminado —dijo, y luego añadió con una calma aterradora—. Quiero que la maten.

Mi corazón se detuvo.

Me empujaron dentro de una habitación pequeña y oscura, apenas iluminada por la luz que se filtraba a través de una ventana con barrotes. El lugar estaba lleno de jovencitas, todas acurrucadas, temblando de miedo. Algunas lloraban en silencio, mientras otras apenas podían levantar la vista. Sin embargo, una figura sobresalía entre ellas. Era una chica hermosa, de largos cabellos oscuros y ojos grandes que parecían llenos de determinación, aunque también reflejaban miedo. Me acerqué a ella, casi de manera instintiva.

—Soy Alisa —dije en voz baja, tratando de controlar mi pánico.

—Lucía —respondió ella, con un tono firme que contrastaba con la desesperación a nuestro alrededor. Su fuerza me sorprendió, aunque sabía que, como yo, debía estar aterrada.

Observé el lugar por un momento, tratando de pensar en algo, **cualquier cosa** que pudiera sacarnos de ahí. El aire estaba impregnado de miedo y desesperanza. Mi corazón seguía latiendo rápido, pero no podía quedarme quieta. No quería resignarme a ser una prisionera, no después de todo lo que había pasado.

—Tenemos que escapar —susurré, más para mí misma que para ellas, aunque lo dije lo suficientemente alto para que me escucharan.

Algunas de las chicas levantaron la cabeza con cautela, pero la mayoría parecía completamente paralizada por el miedo. Podía verlo en sus ojos: estaban demasiado aterrorizadas para hacer algo, demasiado acostumbradas a esa pesadilla.

—Es imposible... —murmuró una de ellas desde el fondo, con la voz quebrada—. Nos matarán si intentamos algo.

—Ya nos quieren muertas —dije, recordando las palabras del hombre de la cicatriz—. Pero si nos quedamos aquí, nunca tendremos una oportunidad.

Lucía me observó detenidamente, y pude ver que estaba considerando lo que decía. Había algo en ella, una chispa de lucha que aún no se había apagado.

—Tienes razón —dijo finalmente—. No podemos quedarnos aquí para siempre, esperando que algo cambie.

—¿Cómo... cómo lo haríamos? —preguntó una de las chicas más jóvenes, su voz apenas audible.

Me acerqué a la ventana con barrotes, tratando de ver si había alguna posibilidad de escapar por ahí. El panorama no era alentador: afuera solo había oscuridad y un silencio perturbador, pero tenía que haber una forma. **Tenía** que haberla.

—No sé aún —respondí, tratando de mantener la calma—. Pero tenemos que encontrar una manera de salir de aquí. Si trabajamos juntas, podemos hacerlo.

El silencio que siguió fue abrumador, pero lentamente, algunas de las chicas comenzaron a asentir, aunque fuera con duda en sus ojos. Sabía que no sería fácil convencerlas a todas, pero no podía dejar que el miedo me venciera.

Lucía se puso de pie a mi lado, cruzando los brazos con una expresión decidida.

—Estoy contigo, Alisa —dijo—. No vamos a morir aquí.

Su determinación me dio fuerza, y supe que, aunque el camino sería difícil, al menos no estaba sola en esta lucha.

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