LA OBSESIÓN DEL DEMONIO RUSO

Aleksandra Vólkov

Bajé las escaleras rápidamente y sonreí cuando noté como en la puerta de la entrada ya se encontraban mamá y Jasha, esperándome de pie listos para irnos al colegio.

—¿No se te olvida nada? —preguntó mamá refiriéndose a mis útiles escolares y negué.

—No, ayer en la noche organicé todo  —asintió y comenzamos a salir de la casa hasta el garaje listos para irnos.

Afuera del auto nos esperaba papá, fumándose un cigarro y mirando algo en su teléfono, pero al vernos lo tiró rápidamente y pisó la colilla con la zuela de su zapato.

Reí bajito al notar su actitud y decidí no mencionar nada al respecto.

Todos subimos al auto y emprendimos camino hasta la escuela, pues íbamos algo tarde y papá odiaba la impuntualidad, sin mencionar que si llegabamos pasada la hora, no nos dejarían entrar a la escuela.

Atrás del auto venían los guardaespaldas, pues aunque papá y mamá lo intentaran, no podíamos llevar una vida normal, al menos no del todo.

Debíamos tener seguridad hasta para ir al baño, algo que en su momento solo llegaba a exasperarme más de la cuenta, pero no decía nada al respecto ya que sabía que era por nuestro bien y por los negocios que papá tenía al mando.

—¿Te sabes lo del examen de hoy, Jasha? —le preguntó mamá mirándolo por el retrovisor y él asintió.

Y, como un jodido radio, comenzó a responderle todas las preguntas del mismo, así que comencé a mirar por la ventana del auto, ya que no me interesaba escuchar sus lecciones de inglés.

Estuve así hasta que nos detuvimos en un semáforo y mamá comenzó a maquillarse en el auto, sonreí al verla y me atreví a pedirle un poco de labial.

—¿Para qué lo quieres? —preguntó papá al instante sin despegar la vista de la carretera, quise rodar los ojos al oírlo, pues no era la primera vez que se oponía a que me maquillara, pero decidí respirar hondo y no tentar mi suerte.

—Para pintarme los labios, papá —respondí obvia. Él levantó una ceja y me miró por el espejo del retrovisor.

Sabía que mi respuesta no le había agradado del todo, pero aún así no mencionó nada durante unos segundos y continúo manejando sin problemas.

—Dejala tranquila, Alek, ya está en edad de poder pintarse los labios —me defendió mamá y sonreí al oírla.

Tenía diecisiete años, ya no era una niña y hacer algo tan sencillo como pintarme los labios no era un delito como así papá lo hacía ver.

Pero claro, él era el ser más dramático del mundo.

—Sí, luego comenzará a pedirnos permiso para irse de fiestas con sus amigas y para tener novio —mamá río al escucharlo y me pasó el pequeño labial junto a un espejito.

Lo tomé emocionada y sin dudar me lo apliqué en los labios.

—Es parte del proceso, Alek, debes entender que irá creciendo y está bien —papá apretó el volante y no mencionó nada más.

Jasha me tomó una foto con su pequeña tablet y posé para la cámara ante la atenta mirada de papá, quién no estaba de acuerdo con la decisión de mamá, pero aún así jamás le llevaba la contraria con nada.

Le entregué el labial a mamá y sonreí emocionada porque por primera vez iría con los labios pintados al colegio.

En otras ocasiones no lo había podido hacer ya que papá nunca me dejaba, pues siempre decía que estaba muy pequeña, que no era momento y que lo haría cuando fuese adulta.

A lo que mamá siempre le decía que ya estaba en edad de poder ser un poco más femenina, con límites, claro.

Pero él no lo entendía, pues era demasiado sobreprotector con Jasha y conmigo, por lo que teníamos poca libertad para algunas cosas que para los demás eran normales.

—No me importa, ambos seguirán siendo mis bebés hasta el día de mi muerte, así que no me convencerás de ello, ángel —sonreí al escuchar como tenía por costumbre llamarla.

Me gustaba porque desde pequeña siempre me dormía escuchando su historia de amor para poder dormir, lo que me hizo crecer y anhelar un amor así de bonito como el que ellos aún tenían.

Sabía que papá no era un buen tipo, al menos con la gente que no era su familia, pues era uno de los mafiosos más importantes de nuestro país.

Mamá por el contrario era todo lo contrario a papá, pero aún así, ambos decidieron unir sus vidas y afortunadamente todo había salido bien, Jasha y yo éramos la prueba de ello.

Era el típico cuento de princesas, pero con un final distinto, pues mamá decidió enamorarse del dragón, darle una oportunidad y tener un final feliz con él.

Lo quiso como nadie más y demostró que si se puede ser feliz con el villano de la historia, que no siempre los finales felices son con un príncipe.

Sonreí al imaginar que mi caso podría ser así, pues desde que había conocido su historia, había anhelado tener algo así de puro y bonito como lo suyo.

Con ese pensamiento en mente y una sonrisa en el rostro, bajé del auto en compañía de Jasha, no sin antes despedirme de ambos, quienes no arrancaron el auto hasta que estuvimos dentro de las instalaciones del colegio.

Noté como varias camionetas con guardaespaldas se quedaban estacionadas a las afueras del colegio y negué al comprender que eso era obra de papá, pues amaba tener el control y más si se trataba de nosotros.

No era necesario dejar guardaespaldas en el colegio si se suponía que de ahí no saldríamos sin su autorización, pero su manía de querer controlarlo todo no le permitía darse cuenta de ello.

Me di la vuelta y comencé a caminar en compañía de mi hermano hasta que llegó la hora de separarnos, pues estudiábamos en aulas y cursos distintos.

—¿Te busco a la hora del receso? —preguntó y asentí.

—Estaré en el aula esperándote para irnos a la cafetería, no te vayas a tardar mucho —dejé un suave beso en su mejilla y comencé a caminar hasta el aula de clases.

Caminé durante algunos segundos por los pasillos del colegio hasta que llegué mi destino.

—¿Y ese labial? —fue lo primero que preguntó Arasha; mi mejor amiga, al verme entrar al salón de clases.

Le sonreí con emoción y le conté lo que había pasado en el auto de camino al colegio, a lo que ella chilló de la emoción.

Entendía su reacción, pues ella sabía lo mucho que le insistía a mamá y papá para que me dieran un poco más de libertad, pero como siempre, ellos decían que aún no estaba en edad y bla, bla, bla.

Estuvimos conversando hasta que finalmente llegó el profesor y nos tocó tomar nuestros asientos correspondientes, pues al instante comenzó la clase de matemáticas y hablar en la misma estaba completamente prohibido.

(...)

Comencé a caminar por los pasillos del colegio buscando a Jasha con la mirada, pues tenía horas buscándolo y no aparecía por ningún lado.

Ya me estaba desesperando, pues tenía hambre y se suponía que almorzaría con él, pero no aparecía y lo más seguro era que estuviera jugando en la sala de computación con sus amiguitos.

Me sobresalté cuando unas frías manos se posaron encima de mis ojos logrando quitarme la visión, asustada y tratando de ver de quién se trataba, detuve mis pasos y posé las mías encima intentando descubrir de quién se trataba.

—¿Quién soy? —una voz que reconocía a la perfección se escuchó por todo el pasillo y sonreí emocionada.

—¡Matthew! —chillé con emoción, me di la vuelta, sonreí al verlo de pie frente a mí y con el uniforme del colegio.

Me lancé a sus brazos y él me recibió gustoso, pues teníamos ya varios meses sin vernos. La verdad si lo extrañaba bastante.

Éramos muy amigos desde la guardería y nuestra amistad había perdurado en el tiempo ya que habíamos logrado estudiar juntos todos los cursos, pues siempre le pedíamos a nuestros papas que nos inscribieran juntos.

Él siempre iba a mi casa a pasar las tardes, a hacer las tareas conmigo, siempre iba a mi cumpleaños y cuando había alguna reunión familiar en la mansión, pues sus papás y los míos eran socios.

Pero todo cambió cuando él en uno de los entrenamientos de fútbol se fracturó el pie izquierdo, por lo que se tuvo que ir a su casa hasta que los médicos así lo ordenaron, razón por la que me había sorprendido al verlo, pues no me esperaba su llegada tan rápido.

—¡Te extrañe mucho, pequeña! —exclamó con emoción y nos separamos luego de unos minutos de estar abrazados.

Inmediatamente miré su pierna,  sonreí al ver que la podía apoyar muy fácilmente y no la tenía enyesada.

Comenzamos a caminar hasta la cafetería hablando sobre todo lo que había pasado en su ausencia, básicamente lo que estaba haciendo era poniéndolo al día con todo.

—¿Qué quieres comer? —preguntó una vez llegamos a la cafetería y nos detuvimos frente a la enorme vitrina donde estaba toda la comida exhibida.

Me quedé pensando durante unos segundos y me decidí por un trozo de pizza con gaseosa, pues fue algo que me provocó en el momento.

Él asintió y como había que hacer una larga cola para poder hacer nuestro pedido, pues no éramos los únicos alumnos en en lugar esperando por almorzar, decidí ir a apartar una mesa para ambos, a lo que él estuvo de acuerdo.

Comencé a caminar buscando una mesa y al instante me topé con Jasha, quién se estaba despidiendo de sus compañeros y venía en mi dirección al verme.

—¿Dónde estabas? Tenía horas buscándote —lo miré con mala cara y él solo sonrió en respuesta.

—Lo siento, estaba en la sala de computación probando unos juegos interesantes —se excusó y quise estrangularlo ahí mismo.

Me había hecho perder el tiempo y por su culpa no me había ido con Arasha a la biblioteca a pasar el rato.

—Bueno, Matthew está por ahí y almorzaré con él, ¿Nos quieres acompañar? —levantó una ceja al oírme y rodé los ojos.

—¿Tu novio ya se recuperó de su lesión? —preguntó con burla y negué.

—No es mi novio, deja de decir idioteces —repliqué dejando mi bolso encima de una de las sillas

Siempre que podía me molestaba con eso, pues decía que más que amigos, Matthew y yo lo que parecíamos era novios, algo que no era cierto, pues ninguno de los dos tenía interés amoroso en el otro.

A él le gustaba una niña de otro curso, mientras que a mí me gustaba Ethan; un niño que estudiaba conmigo también y con el que había cruzado pocas palabras, pues mi timidez no me permitía acercarme a él más de lo normal.

Él se rió de mis palabras y nos sentamos en la mesa a esperar que llegara Matthew, a quien le había hecho señas para que viera donde nos encontrábamos sentados.

Tanto Jasha como yo sacamos nuestros teléfonos y comenzamos a usarlos, pues eran las únicas horas donde teníamos permitido hacerlo, ya que si lo hacíamos en clase, nos los quitarían y la única manera de devolverlos era que papá y mamá fueran a retirarlos.

—¿Aleksandra? —una voz a mis espaldas me hizo voltear rápidamente y dejar de prestarle atención a la pantalla.

Frente a mí estaba Damién, con una sonrisa en el rostro y con el uniforme de la escuela, lo que me hizo sorprenderme al notar que estudiábamos en el mismo instituto.

—Hola, Damién —lo saludé con una sonrisa en el rostro, misma que él me devolvió al instante.

—Me alegra saber que estudiamos en el mismo instituto, muñequita —me ruboricé al oírlo.

Iba a responderle, pero en ese instante llegó Matthew con las bandejas de comida y Damién lo miró con una ceja alzada.

—¿Es tu otro hermano? —preguntó con interés y negué dispuesta a responderle, pero como siempre Jasha metía las narices donde no lo llamaban.

—No, es su novio —dijo mi queridísimo hermano y quise estrangularlo al notar como la mirada de Damién cambió completamente y se tornó oscura.

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