La celebración por la unificación del poder de Miguel era un espectáculo grotesco de opulencia y brutalidad. En los jardines de lo que una vez fue la residencia presidencial, ahora su palacio personal, sus hombres bebían tequila caro y reían a carcajadas, sus armas al cinto brillando bajo las luces de la fiesta.
A Ximena la sacaron a rastras de su reclusión en la hacienda y la llevaron a la capital. La vistieron con un simple vestido de algodón blanco, como el de una sirvienta, un contraste doloroso con los vestidos de seda y las joyas que llevaban las otras mujeres.
Llegó tarde. El viaje había sido largo y su cuerpo, debilitado por el veneno y la desnutrición, apenas podía sostenerse.
Miguel estaba sentado en un trono improvisado en el centro del jardín, con Sofía a su lado, radiante y embarazada. Cuando Ximena apareció, cojeando ligeramente, todas las conversaciones se detuvieron. Las miradas se clavaron en ella, llenas de burla y desprecio.
Miguel ni siquiera la miró. Su voz, sin embargo, resonó en el silencio.
"Llegas tarde."
No era una pregunta, era una acusación.
"¿Necesitas que te recuerde lo que les pasa a quienes me desobedecen?"
Un escalofrío recorrió la espalda de Ximena. Recordó la última vez que lo había "desobedecido" al no comer. La había dejado sin agua durante dos días, hasta que gateó y bebió de un charco en el patio.
"No, mi señor," susurró, bajando la cabeza.
Sofía se levantó, su mano protectora sobre su vientre abultado, y se acercó a Ximena con una sonrisa falsa.
"Miguel, no seas tan duro con ella," dijo con una voz melosa. "Pobre hermanita, debe estar agotada por el viaje."
La palabra "hermanita" era veneno puro.
"Mírate, tan pálida y delgada. ¿No te están alimentando bien en la hacienda? Debes cuidarte."
Las palabras eran amables, pero sus ojos brillaban con malicia.
Miguel chasqueó los dedos.
"Ya que finalmente te dignaste a aparecer, entretén a nuestros invitados. Baila."
La orden fue como una bofetada. La música, una cumbia sensual, comenzó a sonar. Ximena se quedó paralizada. Era la hija del Presidente, educada en los mejores internados de Suiza. Sabía bailar vals y minuetos, no esto.
"¿Qué esperas?" la voz de Miguel era dura como el acero. "O prefieres que te quite el vestido yo mismo."
Las risas de los sicarios la rodearon. Con lágrimas quemando sus ojos, Ximena comenzó a moverse torpemente. Intentó seguir el ritmo, pero su cuerpo estaba rígido de humillación.
"¡Quítatelo!" gritó alguien desde la multitud.
La orden fue secundada por un coro de voces vulgares.
Ximena miró a Miguel, una súplica silenciosa en sus ojos. Él simplemente levantó su copa de tequila en un brindis burlón.
Con manos temblorosas, Ximena alcanzó el tirante de su vestido. La tela barata se deslizó por su piel, revelando su cuerpo delgado y las marcas de maltrato que lo cubrían. Se quedó allí, en ropa interior, expuesta ante cientos de ojos lascivos. La humillación era un fuego que la consumía por dentro.
De repente, una tos violenta la sacudió. Se dobló, tratando de contenerla, pero fue inútil. Un líquido caliente y metálico llenó su boca. Se cubrió los labios con la mano, pero la sangre se escurrió entre sus dedos, manchando de rojo el blanco de su ropa interior. Cayó de rodillas, tosiendo sangre sobre las baldosas de mármol.
El silencio volvió a caer, esta vez cargado de sorpresa.
Miguel se levantó lentamente, su rostro una máscara indescifrable.
"Vaya teatro," dijo con una risa sin alegría. "¿Ahora recurres a estos trucos para llamar mi atención? Llévensela. No quiero que arruine mi fiesta."
Mientras dos guardias la levantaban bruscamente, sus ojos se encontraron con los de Miguel por una fracción de segundo. En esa fugaz mirada, justo antes de que la oscuridad la envolviera, a Ximena le pareció ver algo más que crueldad. Vio un destello de pánico, una sombra de miedo que él se apresuró a ocultar tras su habitual máscara de frialdad.
Luego, todo se volvió negro.
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