El día que cumplí treinta años, mi hermano Mateo me regaló un reloj suizo carísimo. Lo sacó de su bolsillo con una sonrisa nerviosa, sus ojos brillando de orgullo. Era su primer bonus importante en la empresa de marketing donde trabajaba, un lugar modesto, pero este gesto significaba todo para mí. Sentí un calor en el pecho, una sensación que no había tenido en mucho tiempo. Mi hermano pequeño, el niño que había criado, por fin estaba madurando.
"Felicidades, Sofía," dijo, mientras me lo abrochaba en la muñeca. "Te lo mereces todo."
Lo abracé fuerte, ignorando por un momento el bullicio de la fiesta que había organizado en mi ático en el centro de Madrid. Amigos, socios, todos estaban allí, pero en ese instante, solo existíamos Mateo y yo.
La fiesta terminó tarde. Mientras recogía las últimas copas, mi móvil vibró sobre la encimera de mármol. Era un mensaje de un número desconocido, un perfil de Instagram con el nombre de "Carla". La foto era de una chica guapa, la misma que Mateo había traído a la fiesta.
Su novia.
Abrí el mensaje.
"Escúchame bien, vieja zorra. Devuélvele el reloj a Mateo. No tienes derecho a quedarte con un regalo tan caro de mi novio."
Me quedé helada. Releí el mensaje, incrédula. La vulgaridad del lenguaje me revolvió el estómago. ¿Una broma de mal gusto?
Respondí con calma, intentando ser la adulta en la situación.
"Hola, Carla. Soy Sofía, la hermana de Mateo. Creo que ha habido un malentendido."
Su respuesta fue instantánea, como si estuviera esperando al otro lado del teléfono, lista para atacar.
"Me da igual que seas su hermana. ¿Crees que por ser familia puedes aprovecharte de él? Eres una aprovechada. Devuelve el reloj o aténgate a las consecuencias."
Antes de que pudiera contestar, llegó un mensaje de voz. Dudé un segundo, pero la curiosidad pudo más. Apreté el play.
La misma voz dulce que había escuchado en la fiesta se había transformado en un chillido agudo y lleno de veneno.
"¿Crees que no sé quién eres? La arquitecta de éxito, la que se cree mejor que nadie. Pero solo eres una vieja desesperada que le saca el dinero a su hermano pequeño porque no tienes a nadie más. Eres patética. ¡Devuelve el reloj, ladrona!"
El teléfono se me resbaló de los dedos. El insulto no solo era grosero, era un ataque directo a la relación que había construido con mi hermano durante toda una vida. La rabia, fría y afilada, me subió por la garganta.
Bloqueé el número, pero el daño ya estaba hecho. La alegría de mi cumpleaños se había evaporado, dejando un sabor amargo a traición.





