Viví tres años en su jaula de oro. La villa de Mateo era una fortaleza de lujo y paranoia, con vistas a los acantilados que se hundían en el Pacífico. Tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero no tenía libertad.
Durante esos tres años, sufrí una serie de abortos espontáneos. Misteriosos, inexplicables. La gente de Mateo susurraba sobre brujería, maldiciones de sus rivales. Yo, desesperada por darle el hijo que parecía ser mi única función, me aferré a esa explicación.
Mateo, a su manera, se mostraba preocupado.
"Tendrás un hijo, Sofía. Mi hijo. Lo juro."
Me propuso una solución moderna, lejos de los curanderos y los rezos. Un tratamiento de fecundación in vitro en una clínica privada de Miami, la mejor del mundo. Acepté. Era mi última esperanza para encontrar algún tipo de normalidad en esa vida anormal.
El viaje fue un respiro. Lejos de la villa, del rosario de ónix de Mateo, casi me sentí yo misma de nuevo. El tratamiento fue duro, pero funcionó.
Estaba embarazada.
Volví a la villa con la noticia ardiendo en mi pecho. Por primera vez en años, sentía una chispa de algo parecido a la felicidad. Quería decírselo a Mateo, ver su reacción, quizás encontrar un atisbo del hombre que me había "rescatado".
Lo busqué en su oficina, en el jardín, y finalmente me dirigí a su capilla privada. Un pequeño edificio de piedra con vistas al mar, su santuario personal.
La puerta estaba entreabierta. Oí voces dentro. La de Mateo, y la de Chucho, su sicario de mayor confianza.
Me detuve, sin querer interrumpir. Pero entonces, escuché mi nombre. Y el de Isabella. Mi comadre, mi mejor amiga, la madrina espiritual de un hijo que nunca tuve.
"Isabella está lista," decía Mateo. "El senador por fin ha aceptado el compromiso con Ricardo. Tu trabajo en la boda de Sofía fue impecable, Chucho. La humillación pública la limpió a ella del camino."
Mi sangre se heló.
"Una vez que Sofía dé a luz," continuó Mateo, "el niño será de Isabella. Ella no quiere pasar por el dolor del parto. Con mi nieto en sus brazos, su posición en esa familia será intocable. Y nuestro control sobre el senador, absoluto."
Me apoyé en la pared de piedra, el aire escapando de mis pulmones. Las náuseas me subieron por la garganta.
Los abortos. No era brujería.
"Las hierbas que le das en el té están funcionando, ¿verdad?" preguntó Mateo. "Solo lo suficiente para que perdiera los anteriores, pero no este. Este lo necesitamos."
"Sí, patrón. Ella no sospecha nada," respondió Chucho.
El mundo se desmoronó bajo mis pies. No era su esposa. Era una incubadora. Un útero de alquiler para la mujer que yo llamaba hermana. Mi secuestro, mi humillación, mi "salvación"... todo había sido un teatro orquestado por él.





