La niñera del CEO.

Los primeros días en la mansión de Angel Davis fueron un torbellino de emociones y ajustes. Miurel, aunque había cuidado a niños antes, nunca se había enfrentado a una responsabilidad tan grande. No solo se trataba de Alex, un bebé de seis meses que necesitaba atención constante, sino también de entrar en la vida de un hombre cuyo mundo parecía estar hecho de silencios y reglas implacables. La mansión misma era un reflejo de él: fría, impecable y distante, con cada rincón cuidadosamente diseñado para impresionar, pero sin mostrar jamás una pizca de vulnerabilidad.

Miurel se despertaba temprano, antes que nadie en la casa. Su rutina empezaba con el sonido del despertador, que parecía más un recordatorio de que el día comenzaba y que ella debía estar lista para enfrentar lo que viniera. En la mansión, todo tenía un horario, todo se hacía con precisión, y Miurel tenía que ajustarse a esa disciplina casi militar, si quería encajar. No era un trabajo fácil, pero había algo en la disciplina y el orden que la tranquilizaba.

Su primer objetivo cada mañana era Alex. A medida que el sol comenzaba a asomar por las ventanas, iluminando suavemente los pasillos, Miurel caminaba hacia la habitación del bebé. La cuna, siempre perfectamente hecha, se encontraba al lado de una enorme ventana con vistas al jardín trasero, donde las rosas parecían siempre florecer, como si el clima dentro de la mansión fuera completamente diferente al del mundo exterior. Alex, siempre tranquilo, despertaba con los primeros rayos de luz, su pequeño rostro de bebé iluminado por la calidez del sol de la mañana.

Miurel había aprendido rápidamente que Alex tenía una rutina estricta que seguía sin fallar. Le gustaba tomar su biberón a las 7:30 en punto, antes de su baño y de un rato en su alfombra de juegos. A esa hora, Miurel ya tenía todo preparado: la leche tibia, el baño listo, y la habitación perfectamente ordenada.

Era extraño, pensó Miurel, cómo algo tan simple podía ser tan reconfortante. Tal vez era la necesidad de control, el deseo de que todo tuviera su lugar y su momento. La vida en la mansión de Angel había sido, desde el primer día, un ejercicio de orden y precisión. Había una calma en la estructura de las rutinas, y, aunque parecía estar al servicio de Angel y de Alex, Miurel pronto se dio cuenta de que ella misma encontraba consuelo en la organización.

A las 8:00, después de la primera comida del día, Miurel llevaba a Alex al salón. El bebé se sentaba en una manta en el suelo, rodeado de juguetes, mientras Miurel lo observaba atentamente, siempre atenta a cada gesto, cada movimiento. Con el tiempo, Miurel comenzó a notar pequeñas cosas que indicaban la naturaleza de Alex: su risa baja y profunda cuando le hacían cosquillas, su curiosidad insaciable por todo lo que veía, y sus momentos de calma, cuando se acurrucaba en el regazo de Miurel en busca de consuelo. Aunque era un bebé, había algo en su mirada que le hacía pensar que ya sabía más de lo que uno esperaría de un niño tan pequeño.

A las 10:00, después de su siesta, Alex tomaba otro biberón y luego Miurel lo llevaba al jardín. La mansión estaba rodeada por hermosos terrenos, con céspedes cuidados y árboles que proporcionaban sombra, y Alex disfrutaba de estar al aire libre. Aunque no podía caminar, parecía disfrutar de las suaves brisas que le acariciaban la cara, de los colores vibrantes de las flores, y del sonido de los pájaros que cantaban desde las copas de los árboles.

Mientras Alex disfrutaba del jardín, Miurel aprovechaba esos momentos para reflexionar. A veces caminaba por los senderos, mirando los detalles de la casa, los pasillos adornados con cuadros que nunca parecían ser tocados. Las paredes eran frías, de un color gris claro, como el reflejo de la indiferencia de la casa misma. Todo parecía estar a la espera de algo, pero nada cambiaba. La mansión, a pesar de su belleza, tenía una sensación de inmovilidad.

Y luego estaba Angel.

Aunque rara vez lo veía durante el día, siempre estaba presente. Miurel sabía que Angel se despertaba temprano, pero no era hasta el mediodía cuando él comenzaba a bajar de su oficina, o de alguna de las salas de reuniones donde pasaba la mayor parte de su tiempo. Su presencia siempre era sutil pero intimidante. Angel nunca fue demasiado extrovertido, y cuando aparecía, su figura parecía llenar el espacio sin decir una palabra.

A pesar de su aparente indiferencia, Miurel notó que él siempre se aseguraba de que Alex estuviera bien. A veces lo veía por la mañana, cuando pasaba brevemente por el salón para ver al niño antes de irse al trabajo. Solo una mirada rápida, un gesto casi ausente, pero suficiente para Miurel para entender que, de alguna manera, Angel estaba involucrado, aunque no lo demostrara.

Miurel no sabía mucho sobre él, pero había algo en la forma en que Angel se mantenía distante que la intrigaba. No era solo que fuera un hombre reservado; había una especie de muro invisible entre él y el resto del mundo, algo que lo separaba de todos los demás. La muerte de su esposa hacía unos años parecía haber dejado una huella profunda en él, una marca que nadie podría borrar.

A medida que pasaban los días, Miurel también comenzó a ver los otros aspectos de la mansión que no había notado al principio: el personal de servicio era escaso, solo unas pocas personas encargadas de la limpieza y la cocina, todos discretos, eficientes y siempre en su lugar. Nadie hablaba demasiado entre ellos. La vida en la mansión parecía ser una coreografía de silencios, de personas que sabían exactamente lo que debían hacer sin necesidad de palabras.

En su tiempo libre, Miurel se refugiaba en las largas horas que pasaba con Alex. Cada vez más, se sentía como una madre para él. Su amor por el pequeño crecía sin que pudiera evitarlo. Aunque solo se había comprometido a ser su niñera, algo en su interior le decía que lo que sentía era mucho más profundo. Alex no era solo un niño al que debía cuidar, sino una parte de ella misma que había comenzado a amar sin reservas.

Con el paso de las semanas, Miurel empezó a acostumbrarse a las rutinas del hogar. Cada mañana, después de preparar a Alex para el día, ella limpiaba las habitaciones, ordenaba el salón y preparaba el almuerzo. Durante las tardes, a veces aprovechaba el tiempo para hacer pequeñas compras o tomar aire fresco en el jardín. Pero siempre, siempre, volvía a la misma tarea: cuidar de Alex. Era lo único que le daba sentido a cada día.

Y en sus momentos más solitarios, cuando la mansión se llenaba de silencio, Miurel se preguntaba si algún día llegaría a comprender realmente a Angel. Si alguna vez lograría conocer al hombre detrás de la fachada de frialdad y distancia.

En cada uno de esos días de rutinas cuidadosamente estructuradas, algo más comenzaba a germinar en el corazón de Miurel: la sensación de que su vida estaba en el lugar correcto, aunque el futuro aún se sentía incierto.

Aquel mundo de lujo y silencio, al principio tan imponente y frío, ahora parecía tener un espacio para ella. Un pequeño rincón donde, a través de los ojos de Alex, veía algo más allá del orden meticuloso: una posibilidad de redención, de amor no expresado, de una familia rota que podría repararse.

Sin embargo, aunque las rutinas comenzaban a asentarse y Miurel encontraba su lugar, algo le decía que las sombras de la mansión, y de Angel, todavía no la dejarían en paz. El verdadero desafío estaba por venir.

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