Dentro de una suite privada en el hospital, Dayna permanecía inconsciente, sumida en un sueño profundo mientras los monitores seguían silenciosamente su condición.
Sentado junto a la cama, un hombre en silla de ruedas la observaba. Vestía un traje negro de confección impecable, cuya tela hablaba por sí sola de lujo y dominio.
Tenía veintisiete años, y su rostro parecía haber sido esculpido por manos maestras, con rasgos tan pulidos que desafiaban lo real. Era la clase de presencia que no necesitaba imponerse: el poder fluía de él con naturalidad, exigiendo respeto sin necesidad de palabras.
"Señor Hudson... sobre su salud", comenzó a decir el médico de avanzada edad, aunque su voz titubeó antes de pronunciar las siguientes palabras. "La parálisis continúa extendiéndose. Si no logramos detenerla pronto, la inmovilidad total será irreversible. En este momento, su única opción sería acudir a la Médica Espectro".
Ese hombre era Kristopher Hudson, director ejecutivo de Grupo Hudson y figura central de una de las familias más influyentes de la ciudad.
El apellido Hudson era sinónimo de poder. Su legado estaba tan arraigado como rodeado de misterio, y su influencia se extendía más allá de los negocios.
Kristopher, a ojos de la alta sociedad, no solo era poderoso, sino una figura casi mítica e inalcanzable.
A los seis años, logró irrumpir en los sistemas informáticos de una red criminal internacional, desmantelándola por completo en menos de diez minutos y recuperando miles de millones en fondos robados.
Con tan solo diez, ya era dueño de múltiples patentes nacionales en tecnología energética avanzada, lo que otorgó a Grupo Hudson una ventaja estratégica en el mercado.
Y a los quince, trabajaba codo a codo con su padre, expandiendo el alcance de la empresa familiar hasta convertirla en una potencia global que acaparaba la atención de las élites mundiales.
Pero ahora, ese mismo hombre que antes parecía imparable estaba confinado a una silla de ruedas. Un accidente devastador, tres años atrás, lo había dejado paralizado de la cintura hacia abajo.
Sin embargo, la pérdida de movilidad no era su única preocupación.
Alzó la mirada y su voz sonó tranquila, aunque sus ojos conservaban una dureza fría. "Con mi estado actual... ¿Aún sería posible tener un hijo?".
No había ni vanidad ni arrogancia detrás de esa pregunta. Su abuela, débil y en los últimos momentos de su vida, solo deseaba conocer a su bisnieto antes de partir.
El médico quedó pasmado. "¿Disculpe?".
...
Dayna no sabía cuánto tiempo había permanecido tendida en ese puente. Su mente no podía precisar quién la encontró ni en qué momento llegó la ayuda.
Todo era una maraña de recuerdos confusos, imágenes borrosas que se disolvían en cuanto intentaba alcanzarlas.
Pero entre esa bruma mental, un detalle permanecía con fuerza: un par de ojos.
Eran fríos, impenetrables, desconocidos y a la vez inquietantemente familiares.
Luego, sin aviso, esos ojos se transformaron en el rostro de Declan, distorsionado por la rabia.
"¿Por qué no te mueres de una vez, Dayna?", gritó él en su mente. "Cuando desaparezcas, Maddie y yo por fin podremos ser felices. No sirves para nada. Solo muérete".
¡No!
Si se rendía en ese momento, ellos ganarían.
Todo lo que su madre había construido, los años que sacrificó, terminarían en manos de Declan como si se tratara de un regalo.
Jamás permitiría algo así.
No mientras siguiera con vida.
Su cuerpo reaccionó de golpe, despertando con una fuerte inhalación. Sus ojos se abrieron al techo blanco.
El olor penetrante del desinfectante la golpeó de inmediato. Sintió náuseas y sufrió arcadas secas que apenas pudo contener.
Aun así, algo en ella había cambiado.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía agradecida. Agradecida simplemente por seguir viva.
"¿Ya despertaste?".
La voz era profunda y cargada de una calma inquietante.
Ella se tensó de inmediato, y una sensación fría recorrió su espalda.
Los rasgos del hombre eran sorprendentes, tan claramente definidos que rozaban en lo cruelmente bello. Pero lo que más la perturbó fueron sus ojos. Fríos, serenos, como la superficie inmóvil de un lago oscuro. No había rastro de calidez en ellos, solo una amenaza silenciosa que parecía comprimirle el pecho.
"¿Kristopher Hudson?", preguntó atónita.
¿Qué demonios hacía él ahí?
¿Acaso había regresado? ¿Era real?
"¿Tienes miedo ahora?".
Su mirada era punzante, y aunque su tono no varió, cada palabra cortaba como una navaja. "No parecías asustada cuando decidiste traicionarme por Grupo Foster. Es curioso cómo esa valentía desaparece de pronto".
El aire a su alrededor era sofocante. Dayna sintió como si se hundiera en aguas heladas, sin fuerzas para moverse ni gritar.
Tres años atrás, Grupo Hudson y Grupo Foster protagonizaron una lucha despiadada en el mundo corporativo.
Durante ese conflicto, ella había prometido a Kristopher un proyecto de patente crucial.
Él invirtió millones, dedicó incontables horas y lanzó toda una campaña anticipando su desarrollo.
Pero en el último instante, Dayna le entregó todo a Declan, porque se dejó llevar por sus sentimientos. Declan se lo rogó, y ella no pudo negarse.
Esa decisión arrasó con la inversión de Kristopher.
Ella ofreció disculpas, preparándose para lo peor, pero la represalia nunca llegó. Él simplemente desapareció. Se convenció de que debía estar ocupado, absorbido por otros asuntos.
Sin embargo, ahora, viéndolo tan cerca, tan tangible, una pregunta emergía con fuerza: ¿había esperado tres años para esto? ¿Era venganza lo que buscaba?
No. Si esa hubiera sido su meta, ella no estaría con vida en ese momento.
Respirando lentamente, recuperó algo de compostura. "Fuiste tú quien me salvó".
Kristopher esbozó una risa fría, tocándose la sien con desgano. "No eres del todo tonta. Si no hubiera pasado por ahí justo a tiempo, estarías muerta".
Y tenía razón.
Estuvo a un paso de la muerte.
Dayna apretó los labios con fuerza, mientras una chispa de furia le encendía la mirada.
En ese entonces, había llegado a creer que entregar la herencia de su madre a Declan era un acto de amor puro, una señal irrefutable de confianza. Sin embargo, ahora, esa misma fe ciega le resultaba tóxica. Se le revolvía el estómago al recordar con qué facilidad había cedido todo.
Estaba cansada de haber sido la ingenua.
Había tomado una decisión. Si de verdad quería recuperar su vida, también tendría que reclamar cada cosa que le fue arrebatada.
Una suave tos la sacó de sus pensamientos.
Era Kristopher.
Se giró hacia la fuente del sonido y, en ese instante, lo comprendió todo. Él no estaba de pie. Permanecía sentado en una silla de ruedas.
Lo observó con asombro. "Tus piernas…".
Y entonces, las piezas encajaron en su mente. "Por eso desapareciste... hace tres años...".
La expresión de él se endureció. "¿Entonces qué? ¿Vas a burlarte de mí ahora?".
Ella negó de inmediato con la cabeza. "No. Nunca haría eso".
No obstante, su voz se apagó lentamente mientras lo observaba. Seguía siendo imponente, y un enigma, incluso desde una silla de ruedas.
En toda la ciudad de Arkmery, solo un hombre tenía el poder suficiente para hacerle frente a Grupo Foster, y él estaba justo allí, frente a ella.
Sus pensamientos corrían, analizando cada ángulo posible.
Entonces, con un gesto firme, cerró los puños, levantó la barbilla y dijo con calma: "Señor Hudson, ¿qué te parece si hacemos un trato?".





