El Gobernador, aunque desconcertado por mi elección, es un hombre pragmático. La alianza con los Heredia, aunque no tan poderosa militarmente como la de los Montoya en solitario, sigue siendo valiosa. Los Heredia arman a la mitad de los clanes leales.
"¡Una decisión audaz!", exclama, tratando de salvar la situación. "¡Una nueva era de cooperación! ¡Brindemos por la nueva alianza!".
La fiesta termina en un ambiente extraño y tenso.
Javier se levanta, su rostro es una máscara de furia contenida. Candela, a su lado, me mira con un destello de triunfo en sus ojos, creyendo que ha ganado. Qué tonta.
Cuando la multitud se dispersa, Mateo se acerca a mí. Su rostro, normalmente impasible, muestra una rara incertidumbre.
"Isabela... ¿estás segura?", pregunta en voz baja. "¿No lo hiciste solo por... despecho?".
Me río suavemente. Me pongo de puntillas y le doy un beso rápido en la mejilla. Su piel es áspera por el hollín de la forja. Él se sonroja violentamente, un espectáculo fascinante en un hombre tan imponente.
"He estado segura durante mucho tiempo, Mateo. Más tiempo del que crees".
Antes de que pueda decir más, Candela se acerca, con su falsa expresión de humildad.
"Señorita Isabela, le estoy tan agradecida", dice, haciendo una reverencia. "Nunca quise causar problemas entre usted y el Capitán. Si siente algún rencor, por favor, descárguelo conmigo. Soy toda suya para mandar".
Su actuación es impecable. Pura, inocente, víctima de un amor demasiado grande.
Javier aparece inmediatamente a su lado, protector.
"¡Candela! ¿Qué haces hablando con ella?", gruñe, mirándome con desprecio. "¿No ves que te está intimidando?".
La abraza, como si yo fuera una amenaza.
"¡No te preocupes, mi amor! Yo te protegeré. Ella no volverá a hacerte daño".
Miro a Javier, a su ceguera, a su obsesión. Es casi patético.
"¿Dañarla?", pregunto, mi voz gotea sarcasmo. "Capitán, creo que sobreestima mi interés en su... protegida".
"¡No te atrevas a hablarle así!", brama él. "¡Sé que estás enfadada, Isabela, pero no tienes por qué ser cruel! Todavía puedes tener un lugar a mi lado, si te comportas. Como dije, una querida...".
"¿Una querida?", lo interrumpo, y esta vez mi risa es genuina y fuerte. "Javier, ¿de verdad crees que la matriarca de los Montoya, la mujer que te entregó la victoria en bandeja de plata, se rebajaría a ser la querida de nadie?".
Su rostro se contrae.
"He hecho mi elección. Me casaré con Mateo Heredia. Él es diez veces el hombre que tú jamás serás. Ahora, si me disculpan, mi prometido y yo tenemos cosas que discutir".
Tomo a Mateo del brazo y me alejo, dejando a Javier furioso y a Candela con una expresión de odio apenas disimulado.
Mientras caminamos, recuerdo la vida pasada. Recuerdo cómo Candela, después de mi muerte, no derramó ni una lágrima. Se aferró al poder de Javier, solo para ser asesinada por el propio líder del cártel cuando ya no le fue útil.
Esta vez, no intervendré.
Dejaré que Javier descubra la verdad por sí mismo.
Será su propia ruina.





