La Mansión

Alejandro está sentado con Maria, esperando el servicio de hamburguesas. Mientras tanto Camila y Verónica juegan en el parque infantil con los otros niños.

Llega el mesonero con la bandeja de hamburguesas, papas  fritas y sodas. Las niñas corren hasta la mesa.

–¿Tienen hambre princesas?– pregunta Alejandro.

Las niñas asienten con la cabeza. Se sientan y comienzan a comer.

María se divierte viendo a las niñas comer con tanto apetito y sonríe. Alejandro le guiña un ojo.

Se levanta de la mesa con el móvil em la mano, marca el contacto.

–Hola reina, ¿cómo te portas?

–Hola, bien. ¿Le llevaste el dinero a mamá?

–Por supuesto reina. Estoy con ella y tus niñas.

–¿Puedo verlas, por favor?– dice suplicante Yaneth.

–Claro reinita. Ya te las pongo.

Regresa a la mesa, se sienta y coloca el alta voz:

–¡Mis niñas lindas!– dice, su voz se quiebra.

–Hola mamita, responde Camila que es un poco mayor, que Verónica, quien apenas está aprendiendo a hablar.

–¡Mamá!– balbucea la niña al ver el rostro de su hermana alegre al ver a Yaneth.

–Pronto nos veremos mis amores.

Él corta la llamada. María lo mira sorprendida de que no le haya pasado el móvil para hablar con su hija:

–¿Por qué no me pasaste a Yaneth?

–Estaba muy ocupada, sólo le mostré a las niñas porque quería verlas– responde um tanto arrogante.

–¿Cuándo vendrá mi hija?

–No lo sé mi vieja, tal vez para fin de año.

María respira profundamente. Extraña a su hija; a pesar de que ella la ayuda económicamente, quiere que su hija regrese para que esté junto a sus hijas.

Entre tanto en su habitación, Yaneth llora desconsoladamente. Sabe de que es capaz Alejandro y tiene miedo no por ella o lo que le pueda pasar sino por sus hijas y su madre. No se perdonaría que le hicieran algo a ellas, quienes son totalmente inocentes, de sus erradas decisiones.

Aquel hombre entra a la habitación. Ella está esperando para realizar su trabajo lo mejor que pueda. Él hombre de rasgos finos y bien vestido, es uno de los hacendados más importantes en el cultivo de café de esa zona, por lo que no tiene reparos en gastar su dinero en una hembra que le guste y le dé placer.

Yaneth tiene un año trabajando para Arturo en aquel lugar. En la frontera es muy común encontrar esos lugares de visitas sexuales.

El hombre se quita la ropa, toma la camisa roja que está sobre la cama, la abre y le muestra a ella para que tome uno de los papeles doblados. Ella mete su mano. Saca un papel. Lo abre y lee en voz alta para él.

–Anillo de casados.

El hombre la mira y sonríe, ella se acuesta boca a bajo, de espaldas a él; con fuerza la hala por los pies y la arrastra hasta la orilla de la cama, ella se arrodilla e inclina hacia adelante. El hombre se agacha y besa su espalda baja, ella se arquea para elevar su pelvis, él la penetra con fuerza.

Ella siente algo de dolor, aún no se acostumbra a recibir ese tipo de sexo, respira profundamente para relajarse.

Apreta sus labios con fuerza para no gritar. Él arremete contra ella con mayor fuerza y violencia. Luego de unos minutos por fin cesa su angustia. El hombre entra al baño y ella se limpia con las sábanas.

El hombre sale del baño, se viste y le da um billete de propinas. Ella se lo regresa:

–No puedo aceptarlo. Ya usted pagó por mis servicios.

–¡Quédese con ello mujer, yo se lo estoy regalando, pues!– dice mientras dobla sus dedos y empuña la mano de Yaneth.

–¡Gracias!– responde.

La puerta se abre, el hombre se sale de la habitación. Sola, comienza a tira sobre la cama y comienza a golpear el colchón para aplacar su ira e impotencia. Ella aprieta su mano con más fuerza y lanza el billete doblado sobre la cama.

En su mente revive el recuerdo de la tarde que conoció  a Alejandro. Yaneth es uma mujer morena, alta de ojos color miel, desde hacia cuatro años que nació Camila tuvo que trabajar para poder mantenerla porque Jorge, la abandonó cuando supo de su embarazo. Comenzó en aquel restaurante  como auxiliar de limpieza,  luego llegó al cargo de mesenora, esa tarde le tocó atenderlo.

Alejandro parecía el típico hombre de negocios, bien vestido y con buen gusto para la bebida y la comida. Por dos oportunidades le dejó una excelente propina por lo que cuando lo veía entrar  siempre quería atenderlo.

Esa tarde luego que salió de su turno, um carro estaba estacionado fuera. Se abrió la puerta del copiloto. Ella miró algo asustada. Aunque eran las seis de la tarde, comenzaba a oscurecer. Bajo la cabeza y pudo ver que era Alejandro que le pedía subir al auto.

Pensando que lo conocía, subió al auto. Él le ofreció llevarla hasta su casa. Ella se avergonzaba de tener que decirle que vivía en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad.

–¿Puede dejarme por aquí?– dijo señalándole la entrada principal de esa zona.

–No te puedo dejar allí, es muy peligroso– le respondió.

–Más peligroso es pa’ la dentro. Yo conozco mi gente y no se van a meter conmigo.

–¿Me acompañarías a tomar unas cervezas?

–Sí, aún es temprano– responde mientras observa su reloj.

Él condujo hasta un bar. Bajaron, tomaron y conversaron por largo rato. Ella sintió que podía confiar en él. Le contó sobre sus fracasos amorosos y sobre sus dos hijas. Él la escuchaba con atención y en silêncio. De pronto, la interrumpió con una pregunta.

–¿Te gustaría ganar un buen dinero?

Ella lo miró y sonrió:

–Claro, necesito sacar a mis hijas y mi madre de ese barrio.

–Puedo ayudarte, tengo algunos negocios en la frontera y necesito alguien de confianza que me lleve los números.

–¿De verdad, me ayudarías?

–Sí, se nota que eres una mujer guerrera y mereces algo mejor para ti y tus hijas.

El rostro se le iluminó con aquel ofrecimiento por lo que sin pensar mucho, acepto. Acepto aquel infierno de donde ahora, es imposible escapar.

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