La Luna perfecta del Rey Alfa

"¡No puedes hacer eso! ¡Es una trampa!", le gruñí, pero se fue sin más, arrastrando a Laura tras él.

"Espera un momento, quiero hacerle una pregunta". La mujer se detuvo en seco.

"No te dejaré sola con esta criminal", la previno Alonso, aunque el único criminal en esa celda era él, porque me estaba matando con su actitud.

"Ella ya no puede hacerme daño", dijo Laura y asintió. "No ahora que sé la verdad. Por favor", le rogó empleando su tono de mosquita muerta.

"Te daré cinco minutos y si no vuelves a la cama en ese lapso, Laura, te juro por la Diosa que te daré tu merecido", le ordenó, ella sonrió y le besó la mejilla.

"Lo prometo, mi Alfa".

"¡Maldita escoria!", Katie gruñó, "¡Lo está haciendo a propósito!". A mi loba le hubiera encantado transformarse y matar a Laura en ese momento, pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de curarme.

"¿Y? ¿Qué se siente perderlo todo?", Laura se mofó ni bien nos quedamos solas, luego se echó a reír a carcajadas como si hubiera perdido el juicio.

"¿Por qué me miras así? Eras un blanco muy fácil", me desafió con soberbia y se cruzó de brazos.

"Esto es obra tuya". Sabía que no me equivocaba y, por primera vez en la vida, sentía odio a raudales: aborrecía a Laura Allison y detestaba a Alonso por no creer en mí, por hacerme tanto daño.

"Por supuesto que lo es. Vi a Alonso hace tres años, el día de tu boda, y supe al instante que tenía que ser mi pareja, así que esperé el momento indicado para conseguir mi objetivo. 'Persevera y triunfarás', dice el refrán. Pues yo lo seguí al pie de la letra".

Ella se rio de mí, y se miró las uñas para demostrarme que hasta su manicura era más importante que yo.

"¿Y era cierto que estabas embarazada?". La pregunta me salió del alma; ni bien la escuchó, se detuvo.

"Por supuesto que lo estaba, pero de un pícaro". Se dio vuelta para dirigirse a la puerta y, antes de salir del recinto, volvió a mirarme.

"Ahora cada pieza del juego está en su sitio. Alonso me dará tu lugar de Luna y conseguiré lo que me propuse".

"Estás loca", susurré, aunque el comentario no hizo más que causarle gracia.

"Ay, querida, no tienes idea de todo lo que he hecho para llegar a este punto". Se acercó a mí y colocó una mano en mi vientre.

"Tengo que confesarte algo. Después de todo, morirás mañana y, a estas alturas, nadie te creerá".

¿Confesarme qué? ¿Qué di*blos quería decirme?

"Tu esterilidad... de eso también me encargué".

Ese comentario me hizo hervir la sangre. ¿Qué me había hecho? Llevábamos tres años intentando tener un cachorro, y ella apareció meses después de nuestra boda. ¿Cómo había logrado.?

"¡Rosa!", susurró Katie. "Se pusieron de acuerdo".

Sin duda, me había estudiado muy bien, porque de inmediato empezó a reír de forma desaforada.

"Lo descubriste, ¿no?", Laura se burló de mí. Ya no pude soportarlo, me abalancé sobre ella y la agarré por el cuello.

"¡Eres una basura! ¿Tú lo provocaste?".

Ella me había arruinado la vida. Podría haber sido feliz, pero se había empecinado en destruirme.

"¡Voy a matarte!", gruñí, y traté de sacar mis garras para destrozarla. Sin embargo, Laura me empujó e hizo que me golpeara la cabeza contra la pared.

Me mareé y volví a caer de rodillas. Apoyé las manos en el suelo, pero no pude soportar mi propio peso.

"Eres patética, mira lo débil que eres", Laura se rio.

"Oh, Laura. Tienes suerte de que no pueda levantarme. Los obligaste a darme acónito, si no fuera por eso, ya estarías muerta", dije para mis adentros.

"Me voy. Perdón, pero no tengo ganas de quedarme a ver tu cara destrozada y repugnante. Iré a ver a mi pareja y, quién sabe, ¡tal vez esta noche concibamos otro cachorro!". A continuación, salió riendo a carcajadas.

"¡Sobre mi cadáver!", murmuré sin fuerzas.

"Sí. sí.", se burló restándole importancia a mi comentario. "Y eso será mañana, porque me f*llaré a Alonso sobre tus restos".

No podía creer que lo fuera a hacer, Alonso no podía matarme. él era mi compañero, mi esposo. Ya no importaba cuántas veces había repetido eso en mi mente desde aquella mañana. Cuando se abrieron las puertas de la celda y Alonso me enfrentó, todo lo que alguna vez había creído saber sobre él se desvaneció.

"¡Agárrenla!", Eric le ordenó a sus guerreros, y me empujaron fuera de la celda.

"¿Adónde nos llevan?", me preguntó Katie asustada, e intentó tomar el control. Pero no lo logró, el acónito hacía sus efectos. "¡Nadia!", ella me llamaba; sin embargo, yo no podía pronunciar una sola palabra.

Él lo iba a hacer, iba a cumplir su palabra. Los guerreros me miraban con desprecio y me empujaban para que caminara. Y lo habría hecho si hubiera estado dentro de mis posibilidades, pero apenas podía mantenerme en pie. Luego las puertas se abrieron, y los rayos del sol me golpearon fuerte, la intensa luz me hacía doler los ojos, la piel lastimada me ardía por el calor del verano, y mis oídos. ¡Ay Diosa mía! ¿Era esa la manada que amaba con todo mi corazón? ¿Estaba en la Manada Sangre Roja? ¿Estaba ante los mismos hombres lobo que me habían jurado lealtad o era una pesadilla?

"¡¡¡Mátenla!!!!", abucheaban los presentes. "¡Ella mató al heredero de nuestra manada! ¡No merece vivir!". El público empezó a tirarme de todo: tomates, zapatos, piedras... y nadie los detenía.

"¡¡¡Asesina!!!", alguien gritó entre la multitud. "¡Mató a su Alfa! ¡Ser despreciable!".

La verdad, ya no soportaba escuchar lo que decía mi manada.

Había puesto mucho esfuerzo los últimos tres años, había pasado innumerables noches sin dormir. ¿Y ahora la manada me quería muerta? ¿Y por qué? ¿Porque no les había dado un heredero? Pensé que trabajar duro compensaría esa imposibilidad, pero me abandonaron tan pronto como tuvieron la oportunidad de hacerlo.

Yo era su Luna y, al mismo tiempo, era su Alfa. A Alonso nunca le había importado la manada, sino el poder que le otorgaba esa posición.

Yo había hecho todo lo que estaba a mi alcance para mantener unida a la manada, había asistido a todas las reuniones a las que él había faltado y había puesto mi vida al servicio de esa comunidad. Pero estaba claro, había sido todo en vano.

Durante mucho tiempo, justifiqué a Alonso porque sabía que no era una persona muy sociable, así que, en su momento, tomé la iniciativa y llevé las riendas de la manada yo sola. Mas nunca hubiera esperado que esa sería su forma de recompensar mi trabajo.

Me dejó tan pronto como encontró a su pareja destinada, aun cuando me había dicho que no lo haría. Ella se había convertido en el centro de su ambicioso plan para tener un heredero, e incluso se acostaban.

¡Ay, Alonso, qué tremendo estúpido! Esa m*erda lo estaba por enterrar, lo había engañado, lo había manipulado, tal como lo había hecho conmigo.

Después de todo lo que él me había hecho, me entristecía no tener la oportunidad de ver su caída. Estaba segura de que sería mayor que la mía.

Cuando me enteré de que Laura esperaba un hijo de él, me dieron ganas de salir corriendo. Ese día morí, y ahora lo veía con claridad, ya no quedaba nada por revelar.

Había sido una estúpida al aceptar a ese cachorro en mi vida solo para darle el gusto a él. Debí quedarme en el lugar que me correspondía y desterrarla de la manada, pero, la verdad, la Manada Sangre Roja merecía que Laura fuera su Luna.

Esa sería mi venganza.

Seguí caminando, tal como me pedían que hiciera, los insultos de los presentes ya no me afectaban. Confiaban más en una omega que en su Luna, no eran más que unos cobardes oportunistas. Se estaban vengando de mí por exigir altos estándares de entrenamiento, sin considerar que el objetivo era protegerlos de los pícaros.

No me cabía en la cabeza cómo creían que alguien como Laura podía ser una mejor opción para ellos, era cuestión de tiempo, esa mujer conduciría a la Manada Sangre Roja a la muerte. Quizás me había excedido al asumir los deberes de Alonso, pero lo había hecho por su bien.

"¡Nadia!", me susurró Katie de repente. "¡El consejo está aquí!".

Y también estaba mi padre, desde allí podía ver pánico en sus ojos y sus lágrimas contenidas. Había sido el Beta del padre de Alonso durante años, y siempre había tenido una actitud fuerte e imparable. En ese momento, por el contrario, se lo veía como un humano frente a su hija, la cual le estaba rompiendo el corazón.

"Te amo, papá", lo enlacé mentalmente y lo miré a los ojos para que le quedara claro que hablaba muy en serio.

"Tienes que ser fuerte, hazlo por mí. No llores por mí, papá. Tienes que ser el hombre que conozco". Hubiera querido sonreírle, pero no encontraba la fuerza para mover los músculos faciales. Ni siquiera podía pronunciar una sola palabra.

"Esto no está bien, Nadia", me respondió, y percibí su intención de acercarse hacia mí, pero le clavé la mirada para evitarlo.

"No, papá, deja que lo haga, no puedo escapar de esto". Luego dejé que Eric y sus guerreros me llevaran frente al consejo. Sentía la mirada de mi padre sobre mí; entre tantas personas, él era el único que estaba de mi lado, el resto, me querían ver muerta.

"Nadia Castillo", anunció uno de los ancianos del consejo. "Te declaramos culpable de atentar contra tu Alfa y contra tu manada".

¿Culpable? ¡Ay, ese anciano, no podía estar más equivocado! Si no me hubieran drogado tanto, le habría demostrado quién era la verdadera culpable, pero no podía oponerme a sus tonterías.

"¡Quedas condenada a muerte!", resolvió. Miré a la multitud que allí se había congregado y vi sus vítores, parecía que alentaban a su equipo de fútbol favorito.

Giré la cabeza y miré a Alonso, el amor de mi vida y ahora mi verdugo. Marchó de manera marcial hacia mí y levantó la espada que el consejo había llevado para mi ejecución.

Ni siquiera se inmutó, estaba convencido de lo que hacía, quería matarme. Quería mi sangre desde lo más profundo de su alma.

"Te extrañaré, papá", le susurré, y él cayó de rodillas.

"Te extrañaré, Katie", musité. En ese momento me habría gustado abrazar a mi loba de haber podido. Quería que supiera que no estaba enojada con ella por no haber podido defenderme. Lo que había sucedido no estaba en nuestras manos, había sido una traición inimaginable.

Alonso seguía frente a mí, pero no me miraba. De repente, levantó la espada y me la clavó en el pecho; acto seguido, me pateó, yo caí al suelo, y el público comenzó a aclamar enardecido. Mi padre se desplomó al instante.

"Katie", susurré, me sentía mareada. "Ya está, se terminó". Yo parpadeaba de forma involuntaria, ya no era capaz de mantener los ojos abiertos ni un instante más.

Luego vi que mi sangre corría por el suelo.

"¡Deténganse!".

¿Acaso estaba alucinando? Alguien había pedido que pararan la ejecución. Abrí un poco los ojos y logré divisar a un hombre apuesto que corría en dirección a mí, no estaba segura si lo conocía.

"¡Detengan esta locura!".

Sí... yo estaba de acuerdo con ese bombón, pero ya era demasiado tarde. Sentía frío.

.

.

.

Ya era tarde para cambiar el rumbo.

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