Carmen miraba la televisión en la sala común del sanatorio, sus ojos fijos en la pantalla.
Transmitían en vivo la boda de su hermana gemela, Lucía, con Ricardo, un heredero rico.
Lucía sonreía, hermosa, pero Carmen conocía esa sonrisa, era la que usaba para ocultar el miedo.
Un nudo frío se formó en el estómago de Carmen.
Ella estaba aquí, encerrada, por proteger a Lucía.
Años atrás, unos tipos, hijos de un político local, intentaron dañar a Lucía.
La furia se apoderó de Carmen, una fuerza que no entendía la despertó.
Los destrozó.
Por eso la llamaban loca, la internaron.
Pero Lucía siempre la visitaba, le traía dulces de naranja, sus favoritos, y le contaba cosas.
Ahora, Lucía se casaba con ese hombre, Ricardo.
Carmen había visto sus ojos, fríos, crueles.
De repente, la transmisión se cortó.
Una mujer irrumpió en la iglesia, su rostro desfigurado, la ropa manchada de sangre.
Gritaba.
"¡Esa mujer, Lucía, me atacó! ¡Quería quedarse con Ricardo!"
Carmen apretó los puños, sus nudillos blancos.
Mentiras. Lucía no haría daño a una mosca.
Ricardo se puso rojo de ira.
No miró a Lucía, miró a Valeria, la amiga de su infancia, que estaba a su lado, sonriendo sutilmente.
Valeria susurró algo al oído de Ricardo.
Él gritó.
"¡Denle una bofetada a esta desgraciada! ¡Llévenla a la finca de descanso! ¡Que aprenda modales!"
Guardias agarraron a Lucía, que lloraba en silencio.
La arrastraron fuera.
La pantalla mostró el caos, luego se fue a comerciales.
Carmen se levantó.
El nudo en su estómago era ahora una piedra de hielo.
Lucía estaba en peligro.
Y ella, Carmen, iba a sacarla de allí.
Su aparente fragilidad mental era una máscara.
Dentro, la inteligencia calculadora y la sed de venganza comenzaban a hervir.
La fuerza descomunal que dormía en sus músculos se tensó, lista.
Recordó la sangre en sus manos de adolescente, la sensación de proteger a Lucía.
No había sido locura, había sido justicia.
Y la justicia, a veces, necesitaba manos fuertes.





