El camino de vuelta a la ciudad fue silencioso. La información que les había proporcionado Valenzuela aún resonaba en la mente de Mario. La idea de una orden secreta, "La Hermandad del Albor y el Ocaso", custodios de conocimientos perdidos, lo llenaba de una mezcla de miedo y fascinación. No había buscado convertirse en el centro de un misterio, pero ahora no había forma de desandar lo andado. Se sentía como si estuviera destinado a seguir ese camino, aunque no supiera hacia dónde lo llevaba.
Cuando llegaron a la ciudad, Jorge sugirió que se detuvieran en su tienda antes de que Mario regresara a casa.
-Es mejor que guardemos el mapa y el medallón aquí por ahora -dijo Jorge-. Si ese hombre te estaba siguiendo, tu apartamento podría no ser seguro.
Mario asintió, consciente de que había estado nervioso durante todo el trayecto, mirando por el retrovisor con frecuencia para asegurarse de que nadie los seguía. Sin embargo, la preocupación no se desvanecía fácilmente.
-Está bien -dijo mientras Jorge abría la puerta de la tienda-, pero necesito una copia del mapa. Si algo sale mal, quiero tener la oportunidad de averiguar lo que significa por mi cuenta.
Jorge accedió y se apresuró a realizar una copia. Mientras tanto, Mario se paseaba por la tienda, incapaz de dejar de pensar en los detalles de la conversación con Valenzuela. ¿Qué tan profundo se extendían los secretos de la Hermandad? ¿Y qué tanto sabían sobre él? Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Jorge le entregó la copia del mapa.
-Aquí tienes. Lo mejor será que la guardes en un lugar seguro y no te separes del medallón. Si alguien más viene detrás de esto, te protegerá tener algo de lo que buscan. Puede que incluso sirva como moneda de cambio.
Mario tomó el mapa y el medallón, guardándolos en los bolsillos interiores de su chaqueta.
-Jorge -dijo con una mezcla de duda y decisión en su voz-, creo que es hora de investigar más. Si este mapa lleva a algún lugar específico, quiero saber a dónde antes de que nos alcancen.
-Entonces será mejor que empecemos a seguir las pistas -respondió Jorge, dándole una palmada en el hombro-. Por lo que pude ver, hay un par de marcas en el mapa que parecen coincidir con lugares en las afueras de la ciudad. Uno de ellos está en una zona cercana a un viejo monasterio abandonado. Podría ser un buen lugar para empezar.
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Esa misma noche, Mario y Jorge se dirigieron al monasterio. El aire frío de la noche parecía amplificar el sonido de sus pisadas en el camino de grava, y los árboles altos proyectaban sombras largas que se movían como figuras fantasmales bajo la luz de la luna. El monasterio se erguía al final del camino, un edificio de piedra antigua con muros cubiertos de hiedra y ventanas rotas que parecían ojos ciegos. Hacía mucho tiempo que nadie visitaba ese lugar.
-Si el mapa es correcto -dijo Jorge en voz baja, iluminando el papel con una linterna-, deberíamos buscar en la parte trasera del edificio. Hay una entrada oculta que podría llevarnos a una cripta subterránea.
-¿Y cómo vamos a saber si estamos en el lugar correcto? -preguntó Mario mientras avanzaban con cautela.
-El medallón -respondió Jorge, deteniéndose para mirar a Mario-. Si este lugar tiene algo que ver con la Hermandad, podría haber símbolos o inscripciones que reconozcan. Puede que incluso haya una cerradura que coincida con la llave que encontraste.
Mario asintió, y juntos rodearon el edificio, manteniéndose atentos a cualquier señal inusual. Finalmente, en la parte posterior del monasterio, encontraron una puerta de madera desgastada, semioculta por la maleza. La puerta estaba cerrada con un candado viejo, pero Mario notó que había un pequeño relieve tallado en la piedra al lado de la puerta: el mismo sol y luna entrelazados que aparecían en el medallón.
Sin dudar, Mario sacó la llave dorada y la probó en el candado. Encajó perfectamente, y el candado se abrió con un suave "clic". El sonido les hizo contener la respiración por un momento, como si hubieran despertado algo que llevaba mucho tiempo dormido.
-Vamos -susurró Jorge, abriendo la puerta lentamente.
Al entrar, una oscuridad profunda los envolvió. Jorge encendió la linterna y la dirigió hacia lo que parecía





