El olor a café cargado, torreznos fritos y madera vieja los recibió en cuanto empujaron la pesada puerta del mesón. El sitio estaba prácticamente vacío, salvo por un camionero adormilado en una esquina y el camarero, un hombre mayor que limpiaba la barra con parsimonia. Los cuatro se acomodaron en una mesa alta de madera tosca, cerca de los ventanales que daban al pinar.
- Voy al baño antes de que me explote la vejiga -anunció Isa, dejando su bolso sobre la mesa.
Al levantarse, el vestido corto de punto negro que llevaba se le ajustó a las nalgas delgadas y firmes. Caminó con un contoneo perezoso, haciendo que los tres piercings de su oreja izquierda y el de la nariz destellaran bajo los fluorescentes del local. Manuel la siguió con la mirada un segundo antes de girarse hacia Jandro.
- ¿Qué vas a tomar, poli? ¿Un café o pasamos directamente al vino para ir entonando el cuerpo? -preguntó Manuel, apoyando sus antebrazos robustos en la mesa.
- Un café solo, corto y sin azúcar -respondió Jandro, sentándose de frente a Asun-. El vino lo dejamos para cuando tú no estés al volante, que no quiero acabar el fin de semana haciéndote soplar en un control de la Guardia Civil.
Asun soltó una risita, cruzando las piernas con un movimiento pausado. Al hacerlo, el vaquero rozó con fuerza el taburete, y su generoso muslo quedó justo a la vista de Jandro. Se apoyó en la mesa, dejando que el escote de la camiseta gris de Manuel se desbocara ligeramente, revelando el nacimiento de sus pechos grandes y el borde del encaje rojo del sujetador.
- Venga, Jandro, no seas tan estricto -le provocó Asun, mirándolo fijamente a los ojos-. Pensaba que los del cuerpo teníais más aguante. Además, aquí arriba las reglas de la ciudad no cuentan.
Jandro sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros recorrieron el escote de Asun sin ningún tipo de disimulo, bajando por su vientre hasta detenerse en la tensión de sus vaqueros. El policía apoyó sus manos grandes sobre las rodillas, abriendo las piernas. El chándal gris, de una tela delgada y cómoda, dejaba adivinar el contorno de sus muslos duros y, de forma sutil, el bulto dormido pero pesado de su entrepierna.
- Las reglas se hicieron para romperse, cuñada -dijo Jandro con voz más baja, casi ronca-. Pero todo a su debido tiempo. No querrás quemar los cartuchos antes de llegar al hotel.
Manuel observaba la escena mientras esperaba que el camarero les trajera los cafés. Lejos de sentir un ataque de celos, la tensión sexual que flotaba entre su mujer y su cuñado le estaba endureciendo la polla dentro de los calzoncillos. Conocía a Asun; sabía que cuando se ponía juguetona no había quien la parara, y ver cómo Jandro respondía al envite, con esa seguridad chulesca que le daba el uniforme, le resultaba increíblemente morboso.
- Aquí tenéis -interrumpió el camarero, dejando tres tazas humeantes sobre la mesa y rompiendo el trance por un instante.
Isa regresó del baño justo en ese momento. Se sentó al lado de Manuel, rozando su hombro con el de él. Traía los labios recién pintados de un rojo oscuro que resaltaba su piel pálida y los tatuajes que trepaban por su cuello.
- El baño está limpio, por si quieres ir, Asun -dijo Isa, dándole un sorbo al café de su marido sin pedir permiso-. Aunque yo que tú me daría prisa. El cielo se está poniendo bastante oscuro por el norte y no quiero que nos coja la tormenta en el puerto.
- No te preocupes, el SUV tracciona bien -apuntó Manuel, dándole un trago largo a su taza-. Pero Isa tiene razón, es mejor no entretenerse. Queda la última hora de subida y la carretera se estrecha bastante a partir de Ponferrada.
Asun se levantó del taburete, alisándose la camiseta gris que, de nuevo, insistía en subirse por encima de sus caderas anchas.
- Voy un segundo. No os vayáis sin mí -dijo, guiñándole un ojo a Jandro antes de darse la vuelta.
El trayecto de Asun hacia el pasillo de los baños fue seguido por seis ojos. Jandro se quedó mirando fijamente el vaquero ajustado, que se amoldaba a la perfección a ese culazo redondo y firme que desafiaba la gravedad con cada paso. Cuando la puerta del pasillo se cerró tras ella, Jandro soltó un bufido y miró a Manuel.
- Manuel, joder... No sé cómo lo haces para mantener la atención en la carretera con eso sentado al lado -soltó el policía con una sonrisa franca, sin rastro de vergüenza.
Manuel soltó una carcajada y se recostó en el respaldo, orgulloso.
- Se intenta, Jandro, se intenta. Pero no te creas que tu mujer se queda atrás. Ese vestido negro no deja mucho a la imaginación.
Isa sonrió con descaro, jugando con el piercing de su lengua contra los dientes superiores, provocando un leve clic metálico.
- A Jandro le encanta que me miren, Manuel. Es un exhibicionista encubierto -dijo ella, estirando sus piernas largas bajo la mesa, rozando accidentalmente, o no, el tobillo de su hermano-. Además, para eso hemos venido, ¿no? Para desconectar de todo.
La complicidad entre los tres en la mesa aumentó. Ya no hablaban como familiares que se van de vacaciones; el tono era el de tres cómplices que sabían perfectamente que cruzaban una línea invisible, pero que se sentían demasiado cómodos como para retroceder.
Cuando Asun regresó, el ambiente estaba a punto de ebullición. Manuel pagó la cuenta y los cuatro salieron de nuevo al aparcamiento de grava. El aire de la montaña se había vuelto notablemente más frío, y el viento mecía las copas de los pinos con fuerza, levantando un olor a tierra mojada que anunciaba agua inminente.
Al llegar al coche, Jandro se adelantó para abrirle la puerta trasera a Isa, pero se plantó justo en medio del paso de Asun. Ella se detuvo a escasos centímetros de su pecho imponente. Podía oler la colonia barata y masculina del policía, mezclada con el olor a tabaco de la ropa de viaje. Jandro no se movió; la miró desde su altura, con los hombros anchos bloqueando la entrada.
- ¿Te amodorraste en el baño, cuñada? -preguntó con una sonrisa ladeada.
- Para nada, poli -respondió Asun, dando un paso más, pegando prácticamente sus pechos grandes contra los pectorales duros de él-. Es que me gusta tomarme mi tiempo para hacer bien las cosas. ¿Me dejas pasar o vas a registrarme?
Jandro bajó la mirada hacia los labios de Asun, que estaban entreabiertos, mostrando el brillo de la saliva. Por un segundo, Manuel e Isa se quedaron estáticos en el otro lado del SUV, contemplando el duelo. El policía, con un movimiento lento, extendió la mano y le agarró la cintura a Asun, apretando la carne firme por encima del vaquero, justo antes de apartarse con una caballerosidad fingida.
- Pasa, anda. Que el conductor se está poniendo nervioso -susurró Jandro al oído de ella.
Asun entró al coche con la respiración un poco más agitada, acomodándose en el asiento del copiloto con una sonrisa triunfal. Manuel rodeó el vehículo, se subió y arrancó el motor. Al meter la primera marcha, miró de reojo a su mujer; vio cómo sus pechos subían y bajaban rápidamente, y cómo el piercing del pezón derecho se marcaba como un botón duro bajo la tela gris.
- Vámonos -dijo Manuel, con la voz más grave de lo habitual-. Que "El Roble Viejo" nos espera y la noche va a ser muy larga.
El SUV se incorporó de nuevo a la carretera, devorando las curvas de la montaña leonesa mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a estallar con fuerza contra el parabrisas, compasando el ritmo del deseo que ya ninguno de los cuatro podía ocultar.





