Los invitados murmuraban, sus miradas iban de mí a Sofía, confundidos.
La cara de Sofía estaba pálida, pero se recuperó rápidamente, aferrándose al brazo de Alejandro.
"Isabela, por favor", dijo con voz temblorosa, lágrimas brotando de sus ojos. "Sé que estás enferma, que me odias por tener que tomar tu lugar, pero es por el bien de la familia".
Era una actriz consumada. Siempre lo fue.
Con su belleza delicada y su aire de fragilidad, había engañado a todos. A mi prometido, a mi hermano, a mi guardaespaldas.
Los tres hombres que debían protegerme.
"No te atrevas a decir mi nombre", le advertí, avanzando hacia ella.
Alejandro se interpuso. "¡Ya basta! ¡Guardias!".
Pero Javier ya se estaba moviendo. Mi protector de la infancia, el gitano al que mi familia le dio un hogar, el hombre al que yo había confiado mi vida.
Se acercó a mí, su rostro una máscara de fría determinación.
"Señorita Isabela, por favor, no haga esto más difícil", dijo, su voz desprovista de toda la calidez que una vez tuvo.
"Javier", dije, mirándolo directamente a los ojos. "¿Tú también? ¿Después de todo lo que mi madre hizo por ti?".
Una sombra de duda cruzó su rostro, pero desapareció tan rápido como llegó.
"Mi lealtad está con la heredera de los Montoya", respondió, y su mirada se desvió hacia Sofía por una fracción de segundo.
Obsesión. Eso era lo que veía en sus ojos. La misma obsesión que lo llevó a apuñalarme en mi vida anterior. Sofía lo tenía completamente bajo su control.
"Entonces demuéstralo", lo reté.
Vi la confusión en su cara.
"Atácame", le ordené. "Si de verdad crees que esa impostora es la heredera, entonces yo soy una amenaza. Elimíname".
Mateo pareció alarmado. "Isabela, ¡detente! Javier, no le hagas caso".
Pero yo sabía cómo funcionaba Javier. Su lealtad era un código, y su orgullo, su mayor debilidad. Desafiarlo frente a todos era algo que no podía ignorar.
"Hazlo", insistí, mi voz era hielo.
Javier sacó la navaja que siempre llevaba, la misma con la que...
No. Esta vez sería diferente.
Se lanzó hacia mí. Era rápido, letal. En mi vida anterior, me habría quedado paralizada por el miedo y la traición.
Esta vez, estaba preparada.
En el último segundo, cuando su brazo se extendía para agarrarme, me agaché, giré sobre mis talones y golpeé un punto de presión en su muñeca con la precisión de un cirujano. Un movimiento que mi madre me enseñó, parte del estilo secreto de lucha de los Montoya, tan antiguo como la doma vaquera.
La navaja cayó al suelo con un tintineo metálico.
Javier me miró, atónito.
No le di tiempo a reaccionar.
Con un movimiento fluido, me deslicé detrás de él, agarré su cinturón y tiré con todas mis fuerzas, usando su propio impulso en su contra.
Cayó de espaldas, el aire escapando de sus pulmones con un fuerte sonido.
Aterricé sobre él, con mi rodilla en su pecho y mi mano en su garganta.
El patio estaba en un silencio sepulcral. Todos me miraban con los ojos muy abiertos. El prometido débil, el hermano envidioso, la usurpadora asustada.
Y los invitados, testigos de algo que no entendían.
"Nadie", dije, mi voz resonando en el silencio, "vuelve a ponerme una mano encima".
Me levanté lentamente, sin apartar la vista de los tres traidores.
"Ahora", continué, dirigiéndome a la multitud. "¿Alguien más duda de quién soy?".





