León tardó dos días en recuperarse de la neumonía. La fiebre bajó, pero una tristeza profunda se instaló en su pecho, pesada y fría. Sabía que algo se había roto para siempre entre él e Isabella.
Estaba en su habitación, mirando por la ventana hacia los viñedos, cuando la puerta se abrió.
Era Isabella, y detrás de ella, sonriendo con arrogancia, estaba Mateo.
"León, querido", dijo Isabella con una dulzura falsa que le revolvió el estómago. "Mateo ha venido a verte. Está preocupado por ti."
Mateo se adelantó. "Escuché que estuviste enfermo. Qué lástima."
Su tono era burlón. León lo ignoró y miró a Isabella.
"¿Qué hace él aquí?"
Isabella frunció el ceño. "No seas grosero, León. Mateo cree que lo atacaste. Que por eso se fue el otro día."
León no podía creer lo que oía. "¿Qué? Eso es mentira. Yo no le hice nada."
"Él dice que lo amenazaste", continuó Isabella, su voz volviéndose más fría. "Dice que le dijiste que si no se iba, te asegurarías de que lo despidieran de su trabajo. Y que lo empujaste."
"¡Es un mentiroso!", exclamó León, sintiendo una oleada de rabia impotente.
Isabella se cruzó de brazos. "Yo creo en los hechos, León. Y el hecho es que tú estabas celoso y él se fue asustado. Ahora, vas a disculparte."
La palabra "disculparte" resonó en la habitación. Era una orden, no una petición.
"No voy a disculparme por algo que no hice", dijo León, con la mandíbula apretada.
Isabella se acercó a él, su rostro a centímetros del suyo. Su perfume caro lo envolvió, un olor que antes amaba y ahora le daba náuseas.
"No me hagas recordarte lo que está en juego", susurró, y León supo que se refería a Sofía. "Pídele disculpas. Ahora."
La amenaza colgaba en el aire, pesada e invisible. León miró a Mateo, que disfrutaba del espectáculo con una sonrisa triunfante.
Sintió que se ahogaba. La humillación era un sabor amargo en su boca.
"Lo siento", dijo León, las palabras forzadas, casi inaudibles. Se mordió el labio con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre.
Mateo soltó una risita. "No te oí."
"¡He dicho que lo siento!", gritó León, la rabia finalmente explotando.
Isabella le dio una bofetada. No fue fuerte, pero el sonido resonó en el silencio. Fue una bofetada para humillarlo, para ponerlo en su lugar.
"Así no", dijo ella. "Con calma. Como un hombre civilizado."
León bajó la cabeza, derrotado. "Lo siento, Mateo. No debí... amenazarte."
Isabella sonrió, satisfecha. "Mucho mejor."
Se volvió hacia Mateo y le tomó la mano. "Ahora que esto está arreglado, vamos. Tengo algo que mostrarte."
Mientras salían, Isabella se detuvo en la puerta y miró a León por encima del hombro.
"Por cierto, he hablado con mis abogados. Voy a divorciarme de ti."
León la miró, atónito. No esperaba eso.
"Te daré una compensación generosa", continuó ella, como si estuviera hablando de un negocio. "Una casa en Buenos Aires, dinero suficiente para que no tengas que preocuparte por nada. Y cuando todo esto con Mateo se calme, quizás podamos... ser amigos."
La palabra "amigos" era un insulto.
Mateo, desde el pasillo, se rió de nuevo. Hizo un gesto de burla hacia León, un gesto que Isabella no vio.
Luego, ella se fue con él, cerrando la puerta y dejando a León solo en la habitación.
Se quedó de pie, inmóvil, escuchando sus pasos alejarse. El sonido de la bofetada todavía ardía en su mejilla. El dolor en su corazón era mucho peor.
Divorcio.
La palabra debería haber significado libertad. Pero en ese momento, solo significaba que había sido descartado. Reemplazado. Borrado.
Un mensajero llegó esa misma tarde con los papeles del divorcio. Eran documentos fríos y legales que ponían fin a diez años de su vida.
El mensajero también le dio un recado de Isabella.
"La señora Castillo me pidió que le dijera que no se lo tome como algo personal", dijo el hombre, sin mirarlo a los ojos. "Dice que solo está jugando. Que cuando se canse de este gaucho, volverá con usted."
León no dijo nada. Tomó los papeles y firmó donde se le indicaba, sin leerlos.
Ya no importaba.
Esa noche, mientras la finca dormía, León tomó una decisión. No iba a esperar a que Isabella volviera. No iba a ser su juguete de repuesto.
Iba a desaparecer.





