Mi teléfono sonó a las siete de la mañana del día siguiente. Era Mateo. Su nombre en la pantalla me provocó una punzada de náusea. Dejé que sonara hasta que se cortó. A los pocos segundos, volvió a insistir. Al tercer intento, contesté.
"¿Qué quieres, Mateo?"
"¡¿Qué qué quiero?!", gritó desde el otro lado. "¡Acabo de recibir una llamada de mi abogado! ¿Cómo te atreviste a quitarle mi apellido a mi hijo, Sofía? ¡Es mi hijo!".
"Es mi hijo también", respondí con una calma gélida. "Y yo no lo puse en una situación vulnerable para hacerle un favor a una extraña".
"¡Ximena no es una extraña! ¡Es mi amiga, mi colega! ¡Y necesitaba ayuda!".
Su voz estaba cargada de una indignación que me pareció obscena. Él era el ofendido. Él era la víctima.
"Estás siendo increíblemente egoísta, Sofía. No tienes ni una pizca de compasión. Ximena es una madre soltera que lucha por darle un futuro a su hija. ¡Y tú, con todo lo que tienes, no eres capaz de ceder un poco por ayudar!".
Cada palabra que decía era un golpe. No un golpe agudo y rápido, sino uno sordo, de esos que te rompen por dentro sin dejar marca visible. Era la forma en que defendía a Ximena, la pasión en su voz por ella, mientras a mí me hablaba con desprecio, como si yo fuera un obstáculo para su nobleza. Se estaba pintando a sí mismo como un santo y a mí como una bruja sin corazón.
"¿Compasión?", pregunté, mi voz temblaba ligeramente a pesar de mis esfuerzos por controlarla. "Tú me hablas de compasión, Mateo, cuando no tuviste la decencia de llamarme para preguntarme si estaba de acuerdo. Decidiste sobre mi hijo y mi casa a mis espaldas. ¿Dónde estaba tu consideración por mí en ese momento?".
"¡Sabía que dirías que no! ¡Siempre eres tan posesiva con tus cosas!".
"¿Mis cosas? ¿Mi hijo es una 'cosa'? ¿Mi dignidad es una 'cosa'?".
"¡No tergiverses mis palabras, Sofía!".
"No necesito tergiversar nada, Mateo. Tus acciones hablan por sí solas". Hice una pausa, respirando hondo para recuperar el control. "Y para que lo sepas, el acta de nacimiento original ha sido impugnada legalmente. Está congelada. Lo que significa que tu amiga Ximena no podrá usarla para inscribir a su hija en ninguna parte. Espero que tenga un plan B".
Se hizo un silencio espeso al otro lado de la línea. Podía imaginarlo, con la mandíbula apretada, procesando la información. Estaba acostumbrado a que yo cediera, a que me calmara después de una pelea. No estaba acostumbrado a que le devolviera el golpe.
"Me estás declarando la guerra, Sofía", dijo finalmente, su voz baja y amenazante.
"Tú disparaste primero, Mateo".
Colgó. No con un golpe, sino con un clic seco y definitivo. Me quedé mirando el teléfono, con el corazón latiendo desbocado. Sabía a dónde iba. Iba a consolar a Ximena. Iba a arreglar el desastre que yo había causado en sus planes. Una vez más, ella era su prioridad. Yo era el problema a resolver.
Me senté en el borde de la cama, sintiendo un vacío profundo y amargo. Me sentía abandonada, desechada. Pero en medio de ese dolor, una pequeña brasa de satisfacción comenzó a arder. Él podía correr a su lado todo lo que quisiera, pero yo había ganado esta batalla.
Una hora más tarde, mi teléfono vibró con un mensaje. Era de una amiga que trabajaba en la administración de la escuela de élite.
"Oye, Sofi. ¿Todo bien? Hubo un problema con la inscripción de una niña, Luna Solís. Su madre presentó unos papeles rarísimos y ahora todo está en pausa por una disputa legal sobre el acta. Qué lío, ¿no?".
Leí el mensaje y una sonrisa amarga se dibujó en mi rostro. Funcionó. Mi primer movimiento en este tablero de ajedrez había sido un jaque. La reina enemiga estaba, por ahora, inmovilizada. Y yo apenas estaba empezando a jugar.





