Lo miré con los ojos muy abiertos y luego bajé la cabeza.
―No ―acepté con sinceridad.
―¿Lo ves? El único modo que me quedaba era traerte hasta aquí para conversar contigo y en el único que podía confiar para hacer eso es mi hijo.
―¿Ese hombre es su hijo? ―pregunté sorprendida, ¿no lo había llamado jefe? Entonces entendí el intercambio de miradas.
―En realidad, es mi hijastro, es hijo de mi esposa.
―Esposa. A ver... ¿Usted cree que ella va a aceptar así como así a la hija de otra mujer? Es más, ¿usted cree que va a aceptar a alguien que le puede quitar parte de la herencia a sus hijos?
―A ella la perdí hace cinco años en un accidente ―me dijo con tristeza.
―Lo siento, no sabía. ―Me sentí como una estúpida malcriada.
―No tenías por qué saberlo. ―Silencio por largos segundos―. ¿Quieres tomar algo?
―Ahora sí le acepto un café.
Ángelo, mi padre, pidió dos cafés por un intercomunicador y luego se volvió hacia mí de nuevo.
―Ya vienen ―me indicó.
―Gracias.
Me quedé pensando, ¿cómo era posible que ese hombre tan guapo, tan millonario y de otro país se enamorara de mi madre? No es que ella no fuera bonita, porque sí lo era, hasta el último de sus días fue una mujer hermosa, pero era una mexicana baja, igual que yo, de piel trigueña y ojos cafés, nada del otro mundo, no para hombres como Ángelo, que debía estar acostumbrado a mujeres de metro ochenta y curvas despampanantes. Bueno, yo, definitivamente, había salido a mi mamá. Pequeña, medía menos de un metro sesenta; piel trigueña, aunque los ojos son los de mi padre, verdes; delgada, no tenía curvas pronunciadas ni porte elegante. ¿Qué haría yo con esa familia? No encajaba bajo ningún punto de vista, quizá por eso mi mamá huyó, porque no era parte de ese mundo y jamás lo sería.
―Ángela... ―me habló mi papá―, aquí está tu café.
Estaba tan metida en mis pensamientos que no me di cuenta de que había pasado el rato. Lo recibí y bebí un sorbo, estaba delicioso, ese no era del café de tarro que yo tomaba a diario. Se notaba que era un café elegante, como ellos. Yo ni siquiera sabía comer con más de un servicio, solo los haría pasar vergüenza y yo también quedaría en ridículo. ¿Por qué mi mamá nunca me dijo de ellos? Ella me decía que mi papá era el hombre más maravilloso que podía existir, caballero, romántico, fiel... Que él nunca quiso dejarnos, que por él, nos hubiera seguido al fin del mundo, pero que ella jamás habría permitido que él lo dejara todo por nosotras, que ella no le arruinaría la vida de ese modo. Lo que nunca me dijo fue quién era ese hombre tan misterioso y fuera de serie.
―Ángela, dime algo, por favor ―me rogó mi padre, agachado frente a mí.
Yo lo miré, me había quedado pegada al parecer.
―Es que... recuerdo todo lo que mi mamá me decía de mi papá y yo no le creía nada, pensaba que, si él era tan bueno como ella me decía, no me habría dejado botada. Ahora veo que usted ni siquiera lo sabía.
―De haberlo sabido, jamás te hubiera abandonado.
―Y ahora quiere hacerse cargo de mí.
―Yo sé que eres una mujer adulta, pero si me permites, sí quiero hacerme cargo de ti, cubrir tus necesidades, no solo las económicas.
―Es tan extraño esto, ¿cómo sé que no es un engaño?
―Lo sabes, acabas de leer la carta de tu madre, además, ¿qué ganaría yo con engañarte con algo así?
Me encogí de hombros, la verdad era que ellos no ganaban nada. De pronto, recordé la carta que me había dejado mi mamá y que no me había animado a leer.
―¿Qué pasa, hija? ―Mi cara no podía mentir.
―Ella me dejó una carta.
―¿Una carta?
―La tengo en mi mochila, pero su hijo me la quitó.
―Tu mochila está allí ―me indicó un perchero, me levanté y la tomé, busqué dentro de ella la carta, la abrí y la leí en voz alta.
Hija mía:
No sabes cuándo siento dejarte sola, yo hubiera dado todo por quedarme más tiempo contigo, pero las cosas son así y no se pueden cambiar.
Hija, préstame atención, siempre te hablé de tu padre, él es un buen hombre y si sigue siendo el mismo estoy segura de que te buscará. Yo nunca le dije que me había embarazado, nunca supo de tu existencia, cuando lo conozcas te darás cuenta por qué. Él tenía obligaciones que no podía dejar por nosotras, yo jamás se lo hubiera permitido, no habría sido justo que dejara todo por mí si desde que lo conocí y me enamoré sabía que era un amor prohibido que duraría solo un tiempo. No fue su culpa.
Sé que te buscará, recíbelo y habla con él, estoy segura de que se querrán mucho y él velará por ti, como yo ya no podré hacerlo.
Cerré los ojos y apreté la carta contra mi pecho. Con eso ya era suficiente. Ese hombre era mi padre.
―¿Te queda alguna duda? ―me preguntó Ángelo.
―No. ¿Y a usted?
―Ninguna.
―¿No me pedirá un examen de ADN?
―Por supuesto que no, estoy seguro de que eres mi hija, tienes mis ojos ―me dijo con una sonrisa.
―Solo tengo una duda...
―¿Qué cosa?
―Su hijo... Que ni sé cómo se pronuncia su nombre, él no parece muy contento con mi aparición.
―¿Por qué lo dices? ¿Te dijo algo?
―No, pero creo que no le caigo muy bien, además, ninguno de los dos nos comportamos muy bien camino para acá.
―Para serte sincero, no sé si tú eres de su agrado o no, no es fácil saberlo con un hombre como él, sabe guardar muy bien sus emociones, lo que sé es que no se molestó al saber que tenía una hermanita menor, legal al menos. Si quieres le preguntamos.
―No, no, no...
Él sonrió divertido.
―¿Le tienes miedo? Quizás a ti no te agradó.
―Sí, te tengo miedo ―confesé―, aunque no fue brusco ni violento... me intimidó.
―Sí, Gabriel suele dar esa impresión, pero ya lo conocerás mejor y te darás cuenta de que es un buen muchacho.
Tocaron a la puerta.
―Pase.
―Señor, la cena está servida ―dijo una empleada.
―Gracias, María, vamos enseguida. ―La mujer salió y Ángelo me miró―. ¿Tienes hambre?
―La verdad es que sí.
―Vamos.
Me tomó del codo y me guio a un lindo comedor. Allí se encontraba el hombre de nombre raro y otro hombre, parecía más joven que mi nuevo hermano, aunque ambos se parecían demasiado.
―Hijos, les presento a Angela, ella es su nueva hermana, espero que la traten como la merece.
Mi hermano de nombre raro hizo un gesto de desagrado.
―Hola, hermanita, yo soy David ―me saludó el más joven, tenía un aspecto más juvenil y relajado que su hermano.
―Hola, David. ―No creo que lo haya pronunciado bien.
―Nosotros ya nos conocemos ―dijo el mayor de los hermanos.
―Sí, aunque no nos saludamos.
―Yo la saludé, fue usted la que no lo hizo.
―Buenas noches, entonces.
Él me mostró sus perfectos dientes en una cínica sonrisa.
―Siéntate, querida ―me dijo Ángelo.
―Gracias... ―Iba a decir papá, pero me contuve, solo lo habría hecho para molestar a ese hombre que parecía nada a gusto con mi presencia.





