Mientras calculaba la distancia hasta el restaurante chino, sintió una oleada de agotamiento. Dios, qué humedad. El aire estaba tan denso que le dio la impresión de que estaba respirando a través de agua. Tuvo la sensación de que aquel cansancio no era debido únicamente al tiempo. Durante las últimas semanas no había dormido muy bien, y sospechaba que se hallaba al borde de una depresión. Su empleo no la llevaba a ninguna parte, vivía en un lugar que le importaba un comino, tenía pocos amigos, no tenía amante y ninguna perspectiva romántica. Si pensaba en su futuro, se imaginaba diez años más tarde estancada en Caldwell con Dick y los chicos grandes, siempre inmersa en la misma rutina: levantarse, ir al trabajo, intentar hacer algo novedoso, fracasar y regresar a casa sola.
Tal vez necesitase un cambio. Irse de Caldwell y del Caldwell Courier Journal. Alejarse de aquella especie de familia electrónica conformada por su despertador, el teléfono de su escritorio y el televisor que mantenía alejados sus sueños mientras dormía. No había nada que la retuviese en la ciudad salvo la costumbre. No había hablado con ninguno de sus padres adoptivos durante varios años, así que no la echarían de menos. Y los nuevos amigos que tenía estaban ocupados con sus propias familias. Al escuchar un silbido lascivo detrás de ella, entornó los ojos. Ese era el problema de trabajar cerca de una zona como aquella. A veces, se encontraba con algún que otro acosador.
Luego llegaron los requiebros, y a continuación, como era de esperar, dos sujetos cruzaron la calle para colocarse detrás de ella. Miró a su alrededor. Estaba alejándose de los bares en dirección al largo tramo de edificios vacíos que había antes de los restaurantes. La noche era nublada y oscura, pero por lo menos había farolas y, de vez en cuando, pasaba algún coche.
—Me gusta tu cabello negro —dijo el más grande mientras adaptaba su paso al de ella—. ¿Te importa si lo toco?
Beth sabía que no podía detenerse. Parecían chicos de alguna fraternidad universitaria en vacaciones de verano, pero no quería correr ningún riesgo. Además, el restaurante chino estaba a solo cinco manzanas.
De todos modos, buscó en su bolso su spray de pimienta.
—¿Quieres que te lleve a alguna parte? —preguntó de nuevo el mismo muchacho—. Mi coche no está lejos. En serio, ¿por qué no vienes con nosotros? Podemos montar todos.
Sonrió abiertamente e hizo un guiño a su amigo, como si con aquella charla melosa fuera a llevarla a la cama instantáneamente. El compinche se rio y la rodeó, su ralo cabello rubio saltaba a cada paso que daba.
—¡Sí, montémosla! —dijo el rubio. Maldición, ¿dónde estaba el spray?
El grande estiró la mano, tocándole el cabello, y ella lo miró detenidamente. Con su polo y sus pantalones cortos de color caqui, era realmente bien parecido. Un verdadero producto americano. Cuando él le sonrió, ella aceleró el paso, concentrándose en el tenue brillo de neón del cartel del restaurante chino. Rezó para que pasara algún transeúnte, pero el calor había ahuyentado a los peatones hacia los locales con aire acondicionado. No había nadie alrededor.
—¿Quieres decirme tu nombre? —preguntó el producto americano.
Su corazón empezó a latir con fuerza. Había olvidado el spray en el otro bolso.
—Voy a escoger un nombre para ti. Déjame pensar… ¿Qué te parece «gatita»?
El rubio soltó una risita.
Ella tragó saliva y sacó su móvil, por si necesitaba llamar al 911.
Conserva la calma. Mantén el control.
Imaginó lo bien que se sentiría cuando entrara en el restaurante chino y se viera rodeada por la ráfaga de aire acondicionado. Quizá debía esperar y llamar un taxi, solo para estar segura de llegar a casa sin que la molestaran.
—Vamos, gatita —susurró el producto americano—. Sé que te va a gustar.
Solo tres manzanas más…





