Valeria había preparado todo con meticulosidad. Sabía que la reunión con Ricardo Varela no sería fácil. Desde que su padre había muerto, la idea de enfrentarse al hombre que le había arrebatado el control de la empresa la consumía. Sin embargo, ahora era el momento de dar el siguiente paso, un paso decisivo.
El taxi la dejó frente al edificio, que se alzaba imponente en el centro de la ciudad. Valeria sintió un nudo en el estómago mientras lo miraba. Su padre había construido todo eso. Había trabajado toda su vida para llegar a ese punto, para ofrecerle a ella un futuro de lujo y seguridad. Ahora, todo eso estaba en manos de un desconocido que, según el abogado, había jugado con su padre como si fuera una simple pieza en un tablero de ajedrez.
Entró al edificio, se dirigió a la recepción y solicitó su pase para el piso 30, donde Ricardo Varela tenía su oficina. La asistente, una mujer de cabello rubio y elegante, la miró de arriba a abajo antes de ofrecerle una sonrisa forzada.
-Valeria Méndez, ¿verdad? -dijo, mientras tecleaba en su computadora. -El señor Varela la está esperando.
Valeria asintió, sin decir palabra. Su mente estaba en otra parte, pensaba en todo lo que iba a decirle a Ricardo. Cuando la puerta se abrió, vio que Ricardo estaba de pie, esperando en la entrada de su oficina.
La primera impresión de Ricardo fue inconfundible. Alto, con una presencia que inmediatamente llenaba el espacio. Su traje perfectamente ajustado y su postura erguida lo hacían parecer imponente, incluso si se quedaba quieto. Sus ojos, oscuros como la noche, la miraron sin sorpresa, pero con una ligera curva en los labios.
-Valeria, por fin nos encontramos. -Su voz era profunda, pero no condescendiente. Un tono calculador, como si estuviera midiendo cada palabra.
Valeria le devolvió la mirada sin vacilar.
-Lo siento por la espera. ¿Podemos hablar? -preguntó con firmeza.
Ricardo hizo un gesto hacia su escritorio y la invitó a entrar. Valeria se sentó sin decir nada, pero sus ojos nunca se apartaron de él. Sabía que este enfrentamiento marcaría el curso de los siguientes días, semanas, meses.
-Claro, siéntate. -Ricardo se acomodó detrás de su escritorio, aún observándola. -Sé lo que estás pensando, Valeria. Piensas que soy el villano de esta historia, ¿verdad?
Valeria no lo pensó ni un segundo.
-No sé qué eres. Pero te aseguro que lo que hiciste no tiene excusa. Mi padre confió en ti, y tú le diste la espalda.
Ricardo sonrió, pero fue una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-Confió en mí, lo sé. Pero confundir confianza con ingenuidad es un error. Los negocios no son como las historias de hadas. -Se cruzó de brazos, su mirada nunca dejando la de ella. -Tu padre tenía visión, sin duda. Pero se le pasó por alto algo fundamental: las cosas cambian. Y las decisiones que tomamos hoy repercuten en el futuro.
Valeria frunció el ceño.
-Mi padre te dio todo. Y tú le quitaste todo lo que construyó, Ricardo. ¿Cómo lo justificas?
Ricardo inclinó ligeramente la cabeza, como si pensara cuidadosamente antes de responder.
-Mi única intención fue salvar lo que ambos habíamos creado. -Dijo con un tono más serio ahora. -Cuando el mercado cambió, tu padre se quedó atrás. Lo vi. Lo vi en sus ojos, en sus decisiones. Y lo hice por la empresa. No por mí. No por ti. Lo hice porque era necesario.
Valeria apretó los dientes, sintiendo el fuego de la furia quemarla por dentro. ¿Cómo podía ser tan frío? ¿Cómo podía hablar de su padre como si fuera solo una pieza más en el tablero?
-No me importa lo que digas. No quiero escuchar más excusas. -Se levantó de la silla, incapaz de quedarse quieta. -Tú destruiste lo que mi padre construyó. Y ahora yo voy a recuperarlo. Así que, ¿dónde está la verdadera razón detrás de todo esto? ¿Qué quieres realmente, Ricardo?
Ricardo la miró fijamente, sin moverse, sin cambiar su postura. Durante un largo silencio, sus ojos permanecieron clavados en los de Valeria. Finalmente, habló.
-Lo que quiero es lo mismo que tú, Valeria. Recuperar el control. -Se recostó en su silla, y su voz se suavizó, pero su mirada se endureció. -Pero tienes que entender que no será fácil. No voy a ceder sin luchar.
Valeria lo desafió con la mirada. No podía dejar que su ira nublara su juicio.
-No estoy pidiendo que cedas. Estoy exigiendo que me devuelvas lo que es mío.
Ricardo soltó una risa baja, casi divertida.
-Eres más parecida a tu padre de lo que creía. No entiendes que esto no es personal, Valeria. Esto es sobre el futuro de la empresa. Y si la recuperas, tendrás que ganarla. Nadie te la regalará.
La tensión en el aire aumentó. Valeria lo miraba fijamente, buscando una grieta, una debilidad, algo en lo que pudiera agarrarse. Pero lo único que encontró fue un hombre seguro de sí mismo, calculador y peligroso.
-¿Y qué más quieres, Ricardo? -dijo, su voz firme. -¿Te basta con controlarla todo, o tienes algún otro interés en esto?
Él levantó una ceja, claramente intrigado.
-¿Qué más podría querer? -preguntó con tono suave. -¿Qué más podría interesarme en este momento? Todo lo que quiero es que la empresa funcione. Y si eso te involucra, Valeria, entonces, hagámoslo. Pero en mis términos.
Valeria sentía que algo dentro de ella se tensaba aún más. ¿Estaba hablando de la empresa, o había algo más detrás de esas palabras? No podía evitar la sensación de que Ricardo no era solo un hombre calculador, sino que tenía algo más en mente. Pero aún no sabía qué era.
-Mis términos, Ricardo, son simples. Si no me devuelves lo que es mío, esta batalla será mucho más dura de lo que imaginas. No estoy dispuesta a ceder.
Ricardo se levantó lentamente y caminó hacia la ventana. Desde allí, observaba la ciudad, como si pensara en algo lejano, algo más allá de la conversación.
-Lo que tú no entiendes, Valeria, es que nadie va a rendirse tan fácilmente. Esto no es un juego. Y el hecho de que tu padre no pudo verlo, no significa que debas seguir su misma ruta. Las reglas han cambiado. Y tú también tendrás que cambiar.
Valeria se acercó a la mesa, mirándolo con fiereza. Sabía que la lucha sería larga, pero algo dentro de ella le decía que Ricardo Varela no era un hombre fácil de vencer.
-Lo que yo entienda no es lo que importa. -dijo con firmeza. -Lo que importa es que, al final, yo ganaré. No me subestimes.
Ricardo giró lentamente, con una sonrisa apenas visible.
-Veremos, Valeria. Veremos.
El silencio llenó la sala. Ambos se quedaron mirando al otro, sabiendo que la batalla acababa de comenzar.





