Chapter 2
Una vez instalados en la villa de alquiler, como era habitual, cada uno retomó su vida con independencia de los demás, lo que subrayaba que no éramos una familia, sino unas personas unidas en torno a unos intereses económicos. En Madrid, el servicio se había acostumbrado a tan singular comportamiento, incluso la cocinera ya no se tomaba a mal que no se presentara alguno de nosotros a las comidas. En la mesa del recibidor dejábamos recados sobre nuestro paradero, más falsos que San Pedro negando a Jesús.
El viento que imperaba en la costa mantenía el tiempo estable, el cielo despejado y la temperatura fresca, lo que era de agradecer por parte de los meseteños, que llegábamos escapando de los rigores estivales, aunque este año en particular había una siniestra razón que nos empujaba a abandonar Madrid: la gripe. La prensa española hablaba abiertamente de la epidemia que asolaba Europa y Estados Unidos y que llamaban «española» porque el brote más severo, del que se tenía conocimiento, había surgido durante los meses de mayo y junio en la capital. Era algo que me asustaba pues, por lo que había entendido, no existía remedio y el enfermo debía confiar en sus propias fuerzas para superarla.
A primera hora de la mañana, cogí el pesado maletín de pinturas y mi silla plegable de lona, donde llevaba un mandil viejo desechado por el servicio, y me escabullí hacia la playa. El nordeste no se había levantado todavía, era un viento vago: aparecía a media mañana, arreciaba a mediodía y se acostaba temprano. Retomé la costumbre de veranos anteriores de pintar entre las ocho y las diez, antes de que se transformara el lugar en un hervidero de gente vociferante y de que el sol arruinara mi obra. Dentro del maletín, además de los tubos de pintura, iba el tablero, las amplias y gruesas hojas que empleaba, esparadrapo, un frasco con agua, pinceles de pelo de ardilla de diferentes grosores, la paleta de porcelana para mezclar los colores y varios trapos viejos.
La acuarela me permitía ejecutar de forma rápida y limpia el paisaje e incluso esbozaba unos retratos bastante buenos, mientras que el óleo resultaba más complicado ya que el bastidor del lienzo y el caballete añadían un peso impensable para mí. Me dirigí a mi lugar favorito bajo la ermita de San Roque. Como la marea estaba baja, me aposenté cerca de las rocas, donde un chico, en pantalón corto y armado de un redeño y un cubo, se deslizaba entre las pozas en busca de los regalos que ofrecía el mar: cangrejos, quisquillas y pulpos. Busqué la sombra que proyectaba la ermita, desplegué la silla, me puse el mandil, abrí el maletín y me senté. Una vez fijada la hoja sobre el tablero con esparadrapo, la mojé con una brocha y la dejé secar mientras afilaba el lápiz y me fijaba en lo que iba a pintar. Señalé unos puntos con el lápiz de gran dureza para indicar el lugar de las rocas y me entregué de lleno a mezclar colores y a aplicarlos de forma que dieran vida a lo que sería mi obra, primero los más claros y luego los más oscuros. Me absorbió tanto el trabajo que me olvidé de la hora y de lo que me rodeaba, como solía sucederme con bastante frecuencia.
—¿Ese chico soy yo?
Me sobresalté al escuchar la voz tan cerca. No me había percatado de que el modelo se había escapado del paisaje y se había colocado a mi lado.
—Sí, aunque puede ser cualquier otro. Está demasiado lejos para apreciarse el parecido. En realidad, es una figura en medio de un paisaje.
—Es bonito. Me gusta. ¿Cómo sabe qué colores debe mezclar?
Me fijé en el chico, bien vestido y guapo de cara, moreno e impaciente, como si fuera un sacrificio estar quieto más de un minuto. Sonaba raro su acento, como si fuera extranjero. Sonreí.
—Cualquier cosa que emprendas en la vida requiere capacidad innata y dedicación, es decir, que muestres cierta destreza y emplees mucho tiempo en adquirir la técnica.
—Algo así me dice mi padre: vocación y afán de superación. A mí me gusta pescar y tengo facilidad en conseguir buenos pulpos —alzó el cubo para mostrarme dos magníficos ejemplares—, así que seré pescador.
Reí ante la salida del chico, a quien le calculé unos siete u ocho años.
—Por la calidad de tus ropas, no creo que un oficio forme parte de los planes de tus padres.
—De mi padre. Mi madre murió.
—¡Oh! Lo lamento mucho.
—Ya no estoy triste. Fue hace mucho. ¿Vendrá otro día a pintar?
—Siempre que no llueva o haga demasiado viento me encontrarás por aquí a esta hora.
—¡Genial! Así me pintará más de cerca y se me reconocerá.
—Perfecto. Te haré un retrato. Se me dan bien.
A la mañana siguiente, allí estaba, agachado en una poza entre las rocas con los utensilios de pesca. Con el rumor de las olas como compañía, comencé a armar mi estudio portátil, saqué una lámina, la preparé para que no se obleara después, y, en cuanto percibió mi presencia, el chico se acercó.
—Buenos días.
—Buenos días tengas tú también. ¿Dispuesto a ser mi modelo? —Asintió con la cabeza y con una sonrisa de oreja a oreja—. Solo te necesitaré para realizar el esbozo y después podrás irte, ¿de acuerdo? Quítate el sombrero para que te vea la cara y no haya importunas sombras. ¿Cómo te llamas?
—Miguel Arias, para servirla a usted.
Los primeros minutos aguantó rígido, luego, comenzó a luchar con picazones imaginarias y se llevaba la mano a la nariz, a la oreja, al mentón. La roca sobre la que se había sentado tampoco era de su acomodo por cómo intentaba moverse sin que se notara. Se me escapó una sonrisa comprensiva en tanto me apresuraba en los escasos trazos para no prolongar la tortura.
—Puedes moverte. Dentro de un rato te necesitaré para algunos retoques. Miguel se puso a mi lado para curiosear.
—¡Vaya! Con esas pocas líneas ya me reconozco. Es usted muy buena.
—La acuarela es una pintura muy transparente por lo que no se puede emplear mucho el lápiz. Ahora, marcha por ahí, me pone nerviosa que me miren mientras trabajo. Si te necesito, agitaré la mano.
El chico obedeció alegremente y corrió hasta internarse en el laberinto de rocas. Yo me perdí en la mezcla de colores terrosos, en los rasgos del rostro infantil, en los inocentes ojos verdes, en la desenfadada sonrisa, en el hoyuelo…
—Miguel estaba en lo cierto. Es muy buena.
Mi concentración se vino a tierra a causa de la voz a mi espalda. Sin darme la vuelta, pregunté:
—¿Lo conoce?
—Soy su padre.
Dejé la paleta sobre el maletín para que no se manchara de arena, me levanté para saludar al progenitor de tan admirable chiquillo y me hallé frente al caballero de la estación. Nada en su actitud reveló que me recordase del incidente. Se mantuvo erguido e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. Yo lo imité.
—¿Ha llegado a algún acuerdo con Miguel?
—¿A un acuerdo? ¿A qué se refiere? —inquirí desconcertada.
—¿Cuánto cobra por su trabajo?
¿Por mi trabajo? Algo vislumbré en sus ojos que mi instinto me aconsejó que siguiera el juego. El caballero no era tan inocente como parecía. Me recordaba, pero se me escapaba esa animosidad contra mi persona, pues estaba segura de que trataba de ofenderme.
—A diez pesetas el retrato.
Hinché el precio como venganza por la ofensa. El hombre, sin dejar de mirarme, evaluó la propuesta.
—En París, los artistas callejeros son más baratos —objetó.
—Pues vaya a París —contesté displicente.
Los ojos se achicaron como si sonriesen por mi falta de decoro o mi desparpajo.
—Tiene razón, queda un poco lejos. ¿Tardará mucho en terminarlo?
—En un par de minutos estará seco.
—¿No lo firma? —El tono burlón de su voz me enervó y mi descuido en los detalles me ruborizó. ¿Cómo se pueden gestionar tantas sensaciones a la vez? Me puse más nerviosa.
—Sí, por supuesto.
Tomé asiento de nuevo y elegí un pincel fino. Escogí un color que destacase y firmé: A. Ansorena, con mi letra caligráfica.
—También me quedo con el otro.
Observé la lámina del día anterior que carecía de firma.
—No está terminado. Los paisajes son más complicados. Cuesta doce.
—¿Cuánto cobra por un retrato?





