La Heredera Renacida Busca el Divorcio

Punto de vista de Emilia

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando un aire helado besó mis mejillas. Parecía que todo mi cuerpo estaba húmedo.

Abrí los ojos lentamente. Un cielo en calma me dio la bienvenida.

¿¡Qué ch*ngados!?

«¿No se supone que estoy muerta? El inf*liz de mi esposo me empujó por las escaleras y luego dejó que me desangrara hasta morir», pensé.

Todavía recordaba la horrible experiencia. Toda gota de vitalidad me abandonó y poco a poco la vida escapó de mi cuerpo y dio paso a la debilidad, el frío y el miedo.

También me acordaba de haberle pedido ayuda a Kayden, pero él ni siquiera se acercó a mí. Me miró con frialdad y sin rastro de culpa mientras me moría. De hecho, parecía que había estado esperando ese momento por mucho tiempo.

Tampoco era algo que me sorprendiera. Después de todo se había casado conmigo por mi dinero y apenas muriera, él se convertiría en el heredero de toda mi fortuna, pues era mi esposo.

Mientras le daba vueltas al asunto, pasé mi mano por mi cabeza, para encontrar la prueba de que ese c*brón me había m*tado. Sin embargo, no encontré ninguna herida; además, la humedad en mi cabello parecía causada por agua en lugar de sangre.

«¡¿Qué está pasando?!», me pregunté.

Miré hacia abajo y examiné mi cuerpo. Noté que llevaba una vieja blusa hecha a mi medida. Todavía recordaba la tarde en la que mi fúrico marido la destrozó, porque según él, ofendí a su amante, aunque en realidad fue ella la que me insultó.

Nada tenía sentido. ¿Cómo llevaba puesta esa blusa? Yo sabía que estaba rota.

«Debo estar soñando o alucinando», reflexioné.

Unos sollozos me sacaron de mis pensamientos. Volteé hacia la izquierda y me encontré con Kayden y Amelia. Ella lloraba con mucha fuerza y me di cuenta de que estaba empapada, a pesar de que estaba cubierta con la camisa de mi marido. A su lado, mi descamisado esposo la consolaba.

Recorrí el lugar con mis ojos y contuve el aliento al darme cuenta de que estaba en mi casa de vacaciones. No había duda, frente a mí tenía la inmensa alberca. Jadeé por la sorpresa, aunque casi de inmediato me tapé la boca para que nadie se diera cuenta de mi reacción.

¡Recordaba ese momento! De hecho lo identificaba como el punto de quiebre en mi matrimonio.

El día de mi primer aniversario de bodas me enteré de que Kayden iba a nuestra casa de vacaciones. Emocionada y pensando en sorprenderlo, decidí ir, pero la sorprendida fui yo: apenas llegué me encontré con Amelia, quien estaba esperando a mi esposo.

«Entonces, ¿regresé en el tiempo? ¿Renací y tengo una segunda oportunidad para corregir mis errores?», medité.

"¡EMILIA, ERES UNA CELÓPATA EGOÍSTA!", me recriminó mi marido.

Miré a Kayden, quien me veía con molestia. Tenía la cara y el cuello rojos por el coraje y sus ojos estaban llenos de ira.

Fruncí el ceño e intenté identificar la razón de su enojo. ¿Qué había hecho para...? ¡Claro! Amelia vio que Kayden iba hacia nosotras, así que me empujó a la alberca y luego se lanzó al agua y comenzó a fingir que la estaba ahogando.

"¡EMILIA, ¡¿TE VOLVISTE LOCA?! PRIMERO USASTE TU DINERO Y TUS CONTACTOS PARA LLENAR A AMELIA DE PROYECTOS Y EVITAR QUE VOLVIERA AL PAÍS, ¿Y AHORA INTENTAS MATARLA?", me acusó mi esposo.

Como pude, me levanté y miré a Amelia. Quería gritarle de cosas, pero todavía no podía creer que había renacido.

"Emilia, no te quedes ahí parada y discúlpate", gruñó Kayden, con la mandíbula tensa.

¿Disculparme? Sí, eso había hecho la primera vez que viví ese episodio. No solo me había disculpado, sino que ese día me convertí en un mar de lágrimas y regresé devastada a mi casa. Había llorado en la cama hasta quedarme dormida y a la mañana siguiente le rogué a mi esposo para que volviera a casa. ¡Qué t*nta había sido!

Ese había sido el comienzo del infierno que viví con Kayden.

Durante nuestro primer año juntos, él solo me había tratado con indiferencia y apenas y me dirigió la palabra, pero después de ese incidente comenzó a chantajearme y usó el amor que sentía por él para controlarme.

Aún tenía grabado en la memoria el momento en el que me hizo renunciar a mi trabajo en Grupo Guzmán, la empresa de mi abuelo, amenazándome con que si no dejaba de trabajar se divorciaría de mí. Como yo lo amaba tanto y no quería perderlo, acepté sin rechistar.

¿Amor? Ahora me daba cuenta de que todo había sido un autoengaño para no reconocer que ese b*stardo me usaba para salvar su nombre y su mediocre empresa.

"Kayden, déjala... Estaba tan enojada que actuó sin pensar. Y de cualquier forma, ella sigue siendo tu esposa, así que no le hagas nada", intervino Amelia.

Sus palabras me devolvieron a la realidad. ¡Por un momento casi olvidaba que esa mujer era una doble cara! Lo único para lo que era buena era para mentir, cuestión que no debía sorprenderme, pues después de todo era actriz.

Kayden negó violentamente con la cabeza. De lo enojado que estaba, su pecho subía y bajaba rapidísimo. "Nada de eso, Amelia. Ella tiene que disculparse contigo. Además, ya estoy harto de su actitud, ¡está tan desesperada por llamar mi atención que no teme poner en peligro a los demás! ¡Ya no la soporto!", contó él.

Lejos de lastimarme, sus palabras me molestaron. ¿Cómo había soportado la asquerosa actitud de ese m*ldito? ¿De verdad había estado tan cegada como para no darme cuenta de la basura con la que me había casado?

"¡Ay!", grité, cuando Kayden me tomó de la muñeca y me jaló hacia él con fuerza.

Sabía lo que tenía que hacer. Traté de liberarme de su agarre, pero solo conseguí que me apretara con más fuerza.

"¡Suéltame!", demandé, forcejeando.

"¡No hasta que te disculpes!", escupió él, rechinando los dientes y apretando todavía más fuerte mi brazo. Estaba segura de que me lo rompería.

Para liberarme, lo empujé. Mis esfuerzos rindieron frutos, aunque terminé con el brazo arañado y de las heridas escurría un poco de sangre. Me lamenté por no ser más cuidadosa, pues los arañazos me ardían.

"¡Kayden, no la lastimes, por favor!", chilló Amelia, con toda la preocupación que era capaz de fingir.

Yo analicé mis heridas y me mordí la lengua, antes de voltearme hacia Kayden completamente estoica. Él se impactó al notar mi indiferencia.

Por mi parte, yo estaba decidida a aprovechar mi nueva oportunidad al máximo. No volvería a cometer los mismos errores. Mi renacimiento era el momento para convertirme en una mujer fuerte y nueva.

Y lo primero que haría sería salvarme de ese matrimonio enfermo y tóxico.

"Escúchame bien, Kayden. Yo no voy a disculparme, ni ahora ni nunca", sentencié.

Acto seguido me giré y comencé a irme, pero mi molesto esposo me tomó del brazo y me jaló fuertemente hacia él. Quedamos frente a frente.

"¡¿Qué?!", exclamé. El dolor, la ira, el odio y mi deseo de cambiar mi destino habían estallado dentro de mí. Si quería sobrevivir, tenía que dejar las cosas claras con él.

"¡Discúlpate ahora, Emilia! ¡Hazlo o me divorciaré de ti en este instante!", me amenazó él, señalándome con su dedo.

Yo aparté su mano de un manotazo y viéndolo directamente a los ojos, le dije: "¡No vuelvas a señalarme ni amenazarme en tu vida!".

"Kayden, estoy bien. Ya deja el asunto por la paz. Vámonos", interrumpió Amelia, tomando del brazo a mi marido.

Una sonrisa sarcástica apareció en mi rostro. De verdad que esa p*rra pretenciosa era convincente. De no ser porque sabía la clase de mujer que era, habría caído en su actuación de santa amable, paciente y piadosa. Pero yo sabía la verdad sobre la pecadora amante de mi marido.

"¡Te dije que te disculpes! No estoy bromeando, ¡si no lo haces nuestro matrimonio se acabará!", arremetió él, con la ira saliendo de cada poro de su cuerpo.

Yo alcé una ceja y con toda la calma que pude contesté: "No lo haré. Y si tanto te molesta, divorciémonos. A mí no me importa".

Luego le di la espalda y me alejé, con una sonrisa en los labios. Nunca me había sentido tan viva. ¡Todavía no podía creerlo! Para mí todo seguía siendo una locura, pero estaba agradecida por mi segunda oportunidad.

Apenas salí de la casa, vi mi lujoso carro. Recordé que lo había vendido cuando la empresa de mi abuelo comenzó a irse a la quiebra. Lo peor era que todo había sido mi culpa: yo había sacado una fuerte suma de dinero y la había invertido en la empresa de mi marido. Era momento de corregir mis errores.

Haría las cosas bien y me aseguraría de que Kayden pagara cada humillación y dolor que nos causó a mi familia y a mí.

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