El olor a chile seco, chocolate amargo y especias tostadas llenaba nuestra pequeña y destartalada cocina. Era el aroma de mi única alegría, el mole de mi madre, la receta que me dejó antes de morir.
Ese mismo aroma llenó mis pulmones justo antes de que los pitbulls de mi abuelo me desgarraran la garganta.
Morí en una bodega de tequila abandonada, encerrada por mi propia familia.
Pero ahora, estoy de vuelta.
La voz del presentador del festival gastronómico del barrio retumbaba desde el escenario improvisado, "¡Y la ganadora del gran premio, un contrato que cambiará su vida, es para el mole poblano de... Ana!".
El aplauso fue ensordecedor, pero para mí, sonaba como el preludio del infierno.
Mi hermano, Mateo, se acercó, su sonrisa de futuro policía perfectamente ensayada.
"Felicidades, hermanita. Sabía que lo lograrías. Ahora podremos pagar las medicinas de la abuela y mis estudios".
Sus palabras eran amables, pero sus ojos, fijos en el sobre que contenía el contrato, ardían con una codicia que yo conocía demasiado bien.
En mi vida pasada, le entregué ese sobre con lágrimas de felicidad. Esta vez, lo apreté con fuerza.
"No gané, Mateo".
Su sonrisa vaciló.
"¿Qué dices? Escuché tu nombre".
"Se equivocaron. Era otra Ana".
Mentí, con el corazón martilleándome en el pecho. Sabía que no me creería.
Esa noche, el aire en nuestra casa era espeso, cargado de una tensión silenciosa. La abuela Isabela tosía en su habitación, un sonido seco y doloroso que solía romperme el corazón. El abuelo Javier bebía en silencio en la esquina, su mirada perdida en la pared.
Yo fingía normalidad, lavando los platos, ignorando la mirada de Mateo que me seguía a todas partes.
Esperé a que todos se durmieran. Con el contrato escondido en mi ropa interior, me deslicé fuera de la casa. Tenía que escapar.
Pero Mateo era más rápido.
Me agarró del brazo en el callejón oscuro detrás de nuestra casa.
"¿A dónde crees que vas, pequeña mentirosa?".
Su voz ya no era la del hermano cariñoso. Era fría, dura.
"Suéltame, Mateo".
"Dame el contrato, Ana. No me hagas hacerte daño".
Forcejeamos en la oscuridad. Su mano se deslizó en mi bolsillo y sacó el sobre. Lo abrió, sus ojos brillando con triunfo al ver el papel oficial.
"Lo sabía", siseó.
Y luego, su rostro se contorsionó en una mueca de puro odio.
"¿Creíste que podías quedártelo todo para ti? ¿Arruinarlo todo?".
Antes de que pudiera reaccionar, empezó a romper el contrato.
"¡NO!".
Grité, un sonido desgarrador que rompió el silencio de la noche. Luché con él, tratando de salvar el papel que representaba mi única esperanza y mi mayor maldición.





