El eco de los tacones de Mónica sobre el mármol del Pabellón de Cristal ya no sonaba a una empleada que caminaba con prisa para no llegar tarde a su cubículo. Ahora era el pulso que dictaba el ritmo del edificio.
Acompañada por Ernesto Sandoval, Mónica se detuvo frente a las imponentes puertas de vidrio esmerilado que daban acceso a la oficina presidencial. El letrero cromado en la entrada todavía rezaba: Guillermo Voraz – Presidente Fundador. Adrián había estado usando una oficina contigua, esperando el momento legal idóneo para mudarse al santuario del viejo magnate. Ese momento nunca llegaría para él.
Ernesto pasó una tarjeta de titanio por el lector magnético y las puertas se deslizaron suavemente, revelando un espacio que parecía sacado de una revista de alta arquitectura. La oficina era inmensa. Tenía un escritorio de nogal negro pulido, ventanales de piso a techo con vista directa a los jardines privados del Pabellón, sillones de piel de diseñador y una pequeña barra de licores empotrada en la pared.
-Es suya, señorita Voraz -dijo Ernesto, dando un paso al lado para dejarla pasar-. Todo lo que ve aquí, y lo que está en los servidores privados de su abuelo, le pertenece. Su asistente personal llegará en diez minutos. He seleccionado a alguien de absoluta confianza.
Mónica caminó lentamente hacia el escritorio. Pasó las yemas de los dedos por la superficie fría de la madera. Se sentía extraña, como si estuviera habitando el cuerpo de otra persona. Apenas veinticuatro horas antes estaba empacando sus pertenencias en una caja de cartón barata.
-¿Ernesto? -llamó Mónica sin darse la vuelta.
-¿Sí, señorita?
-¿Mi abuelo realmente se sentaba aquí a pensar en mí?
Ernesto suspiró con suavidad, con una calidez que rara vez mostraba en los pasillos de la empresa.
-Don Guillermo pasaba horas mirando esos jardines. Muchas veces me dijo que el mayor éxito de su vida no fue construir este holding, sino asegurarse de que su única nieta creciera con la humildad y la fuerza que a sus otros parientes les faltaba. Él sabía lo que hacía. No tenga duda de eso.
Mónica asintió, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. Se sentó en el imponente sillón ejecutivo. Le quedaba un poco grande, pero la sensación de poder era innegable.
-Déjame sola un momento, por favor -pidió-. Necesito revisar los primeros informes.
-Por supuesto. Estaré en la sala de asesores si me necesita.
Ernesto salió de la oficina y las puertas de vidrio se cerraron, aislando a Mónica en un silencio sepulcral. Sin embargo, la paz duró menos de dos minutos.
Las puertas se abrieron de golpe, estrellándose contra los marcos con un estruendo que hizo vibrar los cristales. Adrián entró como un torbellino de furia. Ya no llevaba el saco del traje; la camisa blanca estaba ligeramente desabrochada en el cuello y sus ojos grises chispeaban con una rabia contenida que amenazaba con desbordarse.
Sin pedir permiso, caminó a grandes zancadas hacia el escritorio, apoyó ambas manos sobre la madera de nogal y se inclinó hacia Mónica, invadiendo su espacio personal.
-¿Te sientes cómoda en esa silla, Mónica? -preguntó, con la voz pastosa por la ira, un susurro peligroso y cargado de veneno.
Mónica no se movió. Se reclinó en el sillón, entrelazó los dedos sobre su regazo y lo miró con una calma que pareció enfurecerlo aún más.
-Bastante cómoda, Adrián. La madera es excelente. ¿A qué se debe esta interrupción? Creo que mi asistente aún no ha programado tu cita.
-Déjate de estupideces y juegos de palabras -siseó él, golpeando el escritorio con el puño-. No sé qué clase de magia negra hiciste con Sandoval para falsificar esos documentos, pero no me voy a tragar este cuento de hadas de la nieta perdida que viene a salvar la empresa. Eres una oportunista de la peor clase.
-Mide tus palabras, Adrián -advirtió Mónica, endureciendo la mirada-. Estás hablando con la dueña de la empresa. Un poco más de respeto si quieres conservar tu puesto de director ejecutivo.
Adrián soltó una carcajada amarga, llena de desprecio.
-¿Tu empresa? ¡Por favor! Hace seis meses suplicabas por una oportunidad en el piso de analistas. Revisabas mis hojas de cálculo y temblabas cada vez que entraba a la sala de juntas. ¿Y ahora esperas que me arrodille ante ti porque apareciste con un testamento conveniente justo cuando el viejo murió? Qué coincidencia tan perfecta. Qué sincronización tan corporativa.
-No hubo ninguna coincidencia -respondió Mónica, levantándose del sillón para quedar a su misma altura. Aunque él era más alto, ella no retrocedió-. Mi abuelo me protegió de víboras como tú y de tu familia. Sabía que si ponía mi nombre en el registro desde el principio, ustedes habrían buscado la forma de destruirme o de comprarme. Me dejó trabajar desde abajo para que conociera la realidad de esta empresa, no la fantasía en la que tú vives desde tu oficina privada.
-¡No me vengas con discursos moralistas! -Adrián rodeó el escritorio, rompiendo la distancia de seguridad entre ambos. Su presencia era abrumadora, pero Mónica mantuvo la barbilla en alto-. Conozco a las personas como tú. Viste una debilidad, viste un hueco legal y te metiste como una rata para quedarte con el trabajo de toda una vida. El viejo Guillermo estaba senil en sus últimos meses. Cualquiera pudo haberle hecho firmar ese papel.
-Mi abuelo estuvo lúcido hasta el último segundo, y tú lo sabes mejor que nadie -reparó Mónica, su voz cortando el aire con precisión-. Lo que te duele no es que el testamento sea falso. Lo que te revienta el ego es que la mujer a la que humillaste ayer, la "analista promedio" a la que echaste a la calle como si fuera basura, hoy es la persona que decide si mañana tienes trabajo o no.
Adrián la tomó del brazo por un reflejo de frustración, pero Mónica se soltó con un movimiento brusco, clavándole una mirada que destilaba fuego.
-No me vuelvas a tocar -le advirtió en un tono tan gélido que hizo que Adrián bajara la mano lentamente.
El CEO respiró hondo, tratando de recuperar el control que siempre lo caracterizaba, pero el temblor en su mandíbula lo delataba.
-Esto es un error, Mónica. Y lo vas a pagar caro. La junta directiva te tolera hoy porque están asustados por los abogados de Sandoval, pero no te respetan. En cuanto cometas el primer error financiero, en cuanto las acciones bajen un solo punto por tu incompetencia, te van a devorar viva. Y yo voy a estar ahí para firmar tu salida definitiva, esta vez sin indemnización.
-Entonces siéntate a esperar, Adrián, porque ese error no va a llegar -Mónica caminó hacia el enorme ventanal, dándole la espalda, un gesto de absoluta superioridad-. Conozco los números de esta empresa mejor que tú. Mientras tú te dedicabas a cenar con inversionistas en restaurantes de cinco estrellas, yo pasaba las noches analizando los balances reales. Sé dónde estás inflando los presupuestos y sé qué divisiones estás ahogando para colgarte medallas que no te corresponden.
Adrián se quedó en silencio un momento, procesando sus palabras. La arrogancia en su rostro dio paso a una expresión de fría hostilidad calculadora.
-¿Crees que puedes manejar el holding Voraz solo con balances contables? Esto es una guerra de lobos, Mónica. Mañana por la mañana tenemos la conferencia de prensa para anunciar los resultados trimestrales. Los periodistas van a preguntar por el cambio repentino en el consejo. ¿Qué les vas a decir? ¿Que eres la nieta milagrosa? Te van a despedazar.
Mónica se dio la vuelta despacio, apoyándose contra el marco del ventanal.
-A la prensa le encanta una buena historia de éxito y herencia, Adrián. Les voy a decir la verdad: que el Grupo Financiero Voraz vuelve a estar en manos de un Voraz. Y que el director ejecutivo actual está bajo período de prueba.
-¿Período de prueba? -Adrián dio un paso al frente, la indignación brillando de nuevo en sus ojos-. ¡Yo salvé este trimestre! ¡Yo reestructuré la deuda de los hoteles de Nueva York! No puedes ponerme bajo período de prueba.
-Puedo y ya lo hice -Mónica caminó de regreso a su escritorio y tomó una carpeta azul que acababa de dejar Sandoval-. Aquí está la orden firmada por la socia mayoritaria. Cada decisión que tomes, cada contrato que intentes firmar y cada despido que se te ocurra planear, tiene que pasar por este escritorio primero. Si respiras sin mi autorización en este edificio, estás fuera.
Adrián la miró con una mezcla de odio puro y una fascinación involuntaria que intentó reprimir de inmediato. La mujer tímida que agachaba la cabeza en los pasillos había desaparecido por completo; en su lugar había una ejecutiva implacable que manejaba los tiempos del diálogo con una maestría que él no esperaba.
-Disfruta tu pequeño momento de gloria, Mónica -dijo Adrián, caminando hacia la puerta con pasos lentos y deliberados. Se detuvo antes de salir y la miró de reojo-. Pero recuerda esto: en este Pabellón de Cristal, las paredes son transparentes. Te estaré vigilando. Cada segundo, cada movimiento, cada respiración. Al primer tropiezo, recuperaré lo que es mío.
-No puedes recuperar lo que nunca te perteneció, Adrián -respondió Mónica, sentándose de nuevo en el sillón presidencial-. Ahora sal de mi oficina. Tengo mucho trabajo que hacer para arreglar tus desastres.
Adrián apretó los puños, abrió la puerta de vidrio de un tirón y salió de la oficina, dejando una estela de tensión en el aire que tardaría horas en disiparse.
Mónica se reclinó en su asiento y soltó el aire que había estado reteniendo. Las manos le temblaban ligeramente, pero la adrenalina que corría por sus venas era embriagadora. La guerra en el Grupo Financiero Voraz acababa de comenzar, y ella no pensaba perderla.





