Valeria trató de mantener su rutina como si nada hubiera cambiado, pero sabía que la calma era solo una ilusión. Desde que vio la noticia del regreso de Leonardo, una sensación de inquietud la acompañaba en cada momento del día.
Esa mañana, después de dejar a Emiliano en la guardería, se dirigió a la cafetería donde trabajaba. El aroma a café recién hecho y pan dulce llenaba el pequeño local, un refugio en el que había encontrado estabilidad en los últimos años.
-¿Valeria? -llamó Sofía, su mejor amiga y dueña del lugar, al verla entrar-. ¿Estás bien? Te ves pálida.
Valeria dejó su bolso detrás del mostrador y forzó una sonrisa.
-No dormí bien.
Sofía la miró con escepticismo mientras llenaba dos tazas de café. Le tendió una antes de cruzar los brazos.
-Te conozco. Esto no es solo falta de sueño. ¿Qué pasó?
Valeria suspiró. No podía ocultarlo más.
-Él ha vuelto.
El rostro de Sofía se tensó de inmediato.
-¿Leonardo?
Valeria asintió y sintió un nudo en la garganta.
-Lo vi en las noticias anoche. Ha regresado a México.
Sofía apretó los labios, claramente preocupada. Ella era una de las pocas personas que conocía toda la historia, desde la intensa relación que Valeria tuvo con Leonardo hasta su decisión de huir cuando descubrió que estaba embarazada.
-¿Crees que te busque?
-No lo sé. Tal vez ni siquiera sepa que existimos -respondió Valeria, aunque la duda se clavó en su pecho.
Sofía no parecía convencida.
-Es Leonardo Montenegro. Si ha regresado, tarde o temprano te encontrará.
Valeria tembló ante esa posibilidad. Había pasado años protegiendo a Emiliano, construyendo una vida lejos del poder y la influencia de los Montenegro. Pero ahora, todo pendía de un hilo.
Leonardo bajó del auto y miró el edificio discreto frente a él. Su investigador había sido eficiente. Había encontrado la guardería donde el niño estaba inscrito, confirmando lo que ya sospechaba.
Su hijo existía.
Y ahora que lo sabía, nada lo detendría.
-Señor Montenegro, ¿quiere que entremos? -preguntó Rodrigo, su jefe de seguridad.
Leonardo negó con la cabeza.
-No. Solo quiero verlo.
Se quedó observando desde la distancia mientras los niños salían al patio de juegos. Su mirada se fijó de inmediato en uno de ellos.
Pequeño, con el cabello negro y rebelde.
Y esos ojos.
Era como ver una versión en miniatura de sí mismo.
Sintió un nudo en la garganta, algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Había visto a ese niño solo en fotografías, pero tenerlo frente a él era algo completamente diferente.
Su hijo.
La rabia volvió a recorrerlo al pensar en Valeria. ¿Cómo había sido capaz de ocultarle algo así? ¿Cómo había tenido el descaro de criarlo sola, alejándolo de él?
No podía permitirlo.
No lo permitiría.
-Consígueme su dirección -ordenó con frialdad.
Rodrigo asintió sin hacer preguntas.
Leonardo Montenegro estaba acostumbrado a ganar.
Y esta vez no sería la excepción.
El día transcurrió entre clientes, café y charlas con Sofía, pero Valeria no podía sacudirse la sensación de peligro que la acechaba. Cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, su cuerpo se tensaba como un resorte, temiendo ver una figura alta, de mirada intensa y porte imponente.
Leonardo Montenegro.
El solo hecho de pensar en él la hacía temblar. No solo por el miedo a que descubriera a Emiliano, sino porque todavía recordaba lo que sentía cuando estaba a su lado. Esa pasión arrebatadora, la forma en que la miraba como si fuera lo único que existía en el mundo. Pero todo eso había sido una mentira.
Él nunca la amó.
Para Leonardo, ella no había sido más que una distracción pasajera, un juego. Había visto cómo trataba a las mujeres en su círculo: adornos, trofeos que exhibía en fiestas exclusivas. Y Valeria había caído en su red como una ingenua.
Pero ahora ya no era la misma.
Estaba a punto de cerrar cuando sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Levantó la vista y su mundo se detuvo.
Leonardo estaba ahí.
Al otro lado del cristal, vestido con un traje impecable, sus ojos miel fijos en ella con una intensidad que la dejó sin aliento. Su presencia era imponente, como si el tiempo no hubiera pasado.
Valeria sintió que su cuerpo se paralizaba. Su corazón martilleaba en su pecho, y por un momento, la cafetería pareció encogerse a su alrededor.
La puerta se abrió y la campanilla sonó, pero ella apenas la escuchó.
Leonardo entró, con esa seguridad arrolladora que siempre lo había caracterizado. Se detuvo frente al mostrador y la observó en silencio, recorriéndola de arriba abajo.
-Valeria.
Su voz profunda resonó en el espacio.
Ella tragó saliva y trató de controlar su respiración. No podía dejar que notara su nerviosismo.
-Leonardo -respondió con voz firme, aunque por dentro sentía que se desmoronaba.
Él ladeó la cabeza, como estudiándola.
-Cinco años -murmuró, apoyando las manos en el mostrador-. Cinco años sin una palabra.
Valeria apretó los puños bajo la barra.
-No veo por qué debería haberte dicho algo. Nuestra historia terminó.
Los labios de Leonardo se curvaron en una sonrisa irónica.
-¿Terminó? No recuerdo haber estado de acuerdo con eso.
Ella sintió una punzada en el pecho. Claro que no había estado de acuerdo. La noche en que decidió irse, Leonardo la había buscado por todos lados, pero ella ya estaba lejos. Había tomado la decisión de desaparecer porque sabía que si él la encontraba, no la dejaría ir.
Y ahora, el destino volvía a ponerlos frente a frente.
-¿Qué haces aquí? -preguntó, cruzando los brazos en un intento de mantenerse firme.
Los ojos de Leonardo se oscurecieron.
-Buscándote.
El aire se volvió espeso. Valeria sintió que su estómago se encogía.
-No creo que haya nada más que decir entre nosotros -respondió, tratando de poner fin a la conversación.
Pero él no parecía dispuesto a irse.
-Eso lo decidiré yo -replicó con frialdad-. Hay muchas cosas que necesito saber.
Sus palabras fueron como un puñal en el estómago.
Lo sabía.
Sabía de Emiliano.
Su piel se erizó. Trató de mantener la calma, pero su cuerpo ya había reaccionado, y Leonardo lo notó.
Él se inclinó un poco más sobre el mostrador, su mirada atrapándola como un cazador a su presa.
-¿Pensaste que nunca me enteraría?
Valeria sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.





