Me encerré en una de las habitaciones de invitados.
El dolor era físico, una presión en el pecho que me dificultaba respirar.
Me senté en el suelo frío, abrazando mis rodillas.
La bofetada de Javier. La decepción de mi padre. Las palabras crueles en la suite nupcial.
"Tiene un aire a ti".
"Fácil de manejar".
Cada palabra era un eco en mi cabeza.
Mi vida con Javier pasó ante mis ojos. Diez años. Una década entera.
Recordé nuestras citas en la universidad, sus promesas, los planes que hicimos.
El apartamento que decoramos juntos, que ahora sabía que estaba decorado al gusto de Valeria.
Las joyas que me regaló, que ahora sabía que las había elegido ella.
Todo era una mentira.
Yo era un sustituto. Una versión de segunda mano de mi propia hermanastra.
La humillación me quemaba por dentro.
Lloré. Lloré por la chica ingenua que fui, por el amor que creí tener, por el futuro que se había hecho añicos.
Mi teléfono vibró. Era un mensaje de mi madre.
"Vuelo reservado. Buenos Aires te espera. Sé fuerte, mi reina".
Miré el billete electrónico. Siete días. El día de la boda.
Una semana.
Tenía una semana para destruir a los que me habían destruido.
Me levanté del suelo. Me lavé la cara, borrando los restos de lágrimas y maquillaje corrido.
Me miré en el espejo.
La mujer que me devolvía la mirada ya no era la misma.
El dolor seguía ahí, pero ahora había algo más.
Determinación.
No iba a huir como una víctima.
Iba a usar el escenario que ellos habían creado, la boda perfecta, para exponer su farsa al mundo.
Iba a recuperar mi vida.
Y empezaría ahora mismo.
Salí de la habitación y busqué al gerente de la finca. Necesitaba acceso a algo muy específico.
Las grabaciones de las cámaras de seguridad.





