Pasaron dos días. Dos días en los que Máximo y Patrick no se separaron de mi lado, prodigándome cuidados y promesas.
"Lina, te he traído tu caldo favorito", decía Máximo.
"Cariño, he encargado un nuevo vestido para cuando te recuperes", susurraba Patrick.
Sus palabras eran dulces, pero los "comentarios" que flotaban a su alrededor eran amargos.
Intenté convencerme de que estaba alucinando, que era un efecto de los analgésicos.
Pero entonces, un mozo de cuadra entró corriendo en la habitación, con el pánico dibujado en su rostro.
"¡Señorito Máximo, señorito Patrick! ¡La chica nueva, Scarlett, se ha desmayado en la bodega! ¡Tiene una fiebre altísima!"
Vi cómo la expresión de ambos cambiaba. La preocupación por mí se desvaneció, reemplazada por una alarma genuina y urgente por ella.
"¿Cómo está? ¿Llamaste al médico?", preguntó Máximo, poniéndose de pie de un salto.
Patrick ya estaba corriendo hacia la puerta.
"¡Voy a verla!"
Me quedé sola en la cama, viendo cómo me abandonaban sin una segunda mirada.
El cuenco de caldo que Máximo había traído seguía humeando en la mesilla.
Los "comentarios" llenaron el silencio de la habitación, burlándose de mí.
Las lágrimas que no había derramado por el dolor físico, ahora corrían por mis mejillas, mezclándose con las vendas.
La traición ya no era una sospecha.
Era una certeza que me quemaba más que el fuego.





