Anayetzi se paró en lo alto de la gran escalera, agarrando el barandal hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Lo observó.
Adán entró en el vestíbulo, aflojándose la corbata con una mano. Parecía cansado, ese tipo de satisfacción agotada que viene después de un largo día gestionando crisis. Le entregó su saco a Estévez sin mirarlo.
-¿Dónde está ella? -preguntó Adán.
-La señora Horta está arriba, señor -respondió Estévez en voz baja.
Adán miró hacia arriba. Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, no se inmutó. No parecía culpable. Simplemente parecía molesto.
-¿Por qué estás parada ahí en la oscuridad? -preguntó-. ¿Y qué traes puesto?
Anayetzi bajó las escaleras lentamente, un escalón a la vez. El dolor en su brazo era ahora un latido sordo, eclipsado por la adrenalina que corría por sus venas.
-¿Dónde estabas? -preguntó ella. Su voz era firme, aterradoramente tranquila.
Adán suspiró, pasando junto a ella hacia el bar de la sala. -Trabajo. Escuché que te diste de alta tú sola. Eso fue irresponsable, Anayetzi. Los doctores querían mantenerte en observación.
-Trabajo -repitió ella-. ¿El área VIP de maternidad se considera ahora una oficina satélite?
Adán se congeló. Estaba sirviéndose un vaso de whisky. El líquido salpicó ligeramente sobre el borde. Dejó la botella lentamente y se giró para enfrentarla.
-¿Me seguiste? -Su voz bajó una octava. No era una pregunta; era una acusación.
-No tuve que hacerlo -dijo ella-. No te estabas escondiendo exactamente. La cargaste al entrar, Adán. Como si fuera de cristal.
Adán tomó un sorbo de su bebida. Se recargó contra la barra de caoba, cruzando los tobillos. Su arrogancia casual era impresionante.
-Casia está pasando por un momento difícil. Es un embarazo de alto riesgo. Necesitaba apoyo.
-Apoyo -rio Anayetzi. Fue un sonido quebradizo y agudo-. ¿Doce semanas de apoyo? ¿Desde nuestro aniversario?
La mandíbula de Adán se tensó. -Eso fue un accidente. No fue planeado.
-Un accidente es derramar café, Adán. Acostarte con tu exnovia en Londres mientras tu esposa está sentada en casa es una elección.
Él dejó el vaso con fuerza. El sonido hizo eco en la sala cavernosa.
-Basta -dijo. Su voz era acero frío-. Estás siendo histérica. Casia es frágil. Ella no es como tú. Tú... tú puedes manejar las cosas. Eres aguantadora. Por eso me casé contigo.
Aguantadora. Era una palabra clave. Significaba acostumbrada a sufrir. Significaba bajo mantenimiento.
-Me casé contigo porque pensé que eras diferente -continuó, caminando hacia ella. Usó su altura para cernirse sobre ella, una táctica que usualmente la hacía encogerse. Pero esta noche, ella se mantuvo firme-. Esta situación con Casia... es complicada. Pero la criatura es un Horta. Tenemos un deber con la familia.
-¿Tenemos? -preguntó Anayetzi-. Ya no hay un "nosotros".
Adán puso los ojos en blanco. -No seas dramática. Eres mi esposa. Eres una Horta ahora. Firmaste el acuerdo prenupcial. Sabes exactamente cómo se vería tu vida sin mí.
Él extendió la mano para apartar un cabello suelto de su frente.
Anayetzi se apartó de golpe como si su mano fuera un hierro al rojo vivo. -No me toques. Hueles a ella.
La mano de Adán flotó en el aire, luego cayó a su costado. Su expresión se endureció.
-Estás olvidando de dónde vienes, Anayetzi. ¿Esa casa hogar de mala muerte? ¿La nada? Yo te di una vida. Te di un propósito. No hagas un berrinche solo porque las cosas se pusieron complicadas.
El aire en la habitación pareció desvanecerse. Había dicho la parte silenciosa en voz alta. Para él, ella era un perro rescatado. Un caso de caridad que había sacado de la oscuridad para manejar su agenda y calentar su cama.
-Quiero el divorcio -dijo ella.
Adán soltó un bufido corto y burlón. Volvió a tomar su bebida.
-No, no lo quieres. Te gusta el departamento. Te gusta la ropa. Te gusta fingir ser alguien que importa.
Tomó un sorbo, mirándola por encima del borde del vaso.
-Vete a la cama, Anayetzi. Tómate una pastilla. Hablaremos de esto cuando seas racional.
Le dio la espalda y caminó hacia su estudio, cerrando las pesadas puertas de roble con un clic definitivo.
Anayetzi se quedó sola en el pasillo. Doña Pera estaba desempolvando un jarrón en la esquina, manteniendo la cabeza resueltamente baja, fingiendo que no acababa de presenciar la ejecución de un matrimonio.
Anayetzi miró la puerta cerrada. Una sensación extraña la invadió. Ya no era tristeza. Era claridad.
Se dio la vuelta y caminó hacia el ala de invitados. No dormiría en su cama esta noche. No dormiría en sábanas que olían a sus mentiras.





