La foca se la pasaba encerrada hasta que se hacía de noche, entonces juntos salían al patio, en silencio, y disfrutaban de un rato al aire libre. Cuando Gerardo tenía franco, le gustaba salir de casa y aprovechar el día, aunque desde la llegada de la foca no podía hacerlo sin sentir culpa, porque ella quería salir con él, seguramente querría disfrutar del sol y del agua, y la salud se lo debiera de estar reclamando a esas alturas. Desde que la encontró, nunca la había dejado sola sin necesidad, porque al volver a casa, a veces, la encontraba llorando, y apenas lo consolaba el hecho de que, siempre estaba dormida cuando él se iba a trabajar.
Solo iba al patio, y si no aseguraba la puerta de tejido, con una traba que agregó, luego de la llegada de la foca, ella se paraba sobre las aletas traseras, metía una aleta delantera por el hueco de la manija, tiraba con fuerza y pasaba corriendo, antes de que la puerta cancel se cerrara del todo. Ya no intenta abrirla, es consciente de la traba; cuando Gerardo va al patio, se apoya sobre el tejido y grita o llora hasta que él vuelva adentro. Gerardo se apena, y vuelve enseguida para encerrarse otra vez con ella, “no es bueno que salgas, te pueden ver”, le dice mientras la acaricia.
Para el tercer día de franco desde de la aparición de Viku, Gerardo había comprado materiales. Construyó una suerte de pérgola cerrada. Primero la disfrutaron sobre el pasto, ella adentro de una piletita inflable para bebés, junto a él, leyendo y tomando mates. Siempre salía primero Gerardo. Recorría el patio de punta a punta, y de lado a lado, pasando revista a los techos vecinos, espiando los patios linderos, y si el panorama estaba despejado, volvía por la foca con rapidez.
Ya en verano, y luego de haber hecho mediciones, se dispuso a armar la pileta familiar de lona, dentro de la porción de terreno que ocupaba la pérgola, de manera que pudieran meterse a jugar, o simplemente estarse ahí, disfrutando del agua y del cielo, un pedacito de cielo, que se recortaba si descorría el techo de la pérgola; así pasaban horas, sin ser vistos por alguien desde un techo, según otros cálculos hechos por Gerardo.
Flotando en el agua después de almorzar, adormecidos por el calor, un vecino inesperado, que había subido al techo de su casa, a plena siesta, para quitar la vieja antena de televisión, ha trepado la columna de hierro que la sostiene, y ya en el punto máximo que puede alcanzar, con emoción de niño, se detiene a escudriñar el vecindario, hasta donde sus ojos y el resplandor se lo permiten. Después, su mirada sobrevuela terrenos contiguos, se posa en el patio de Gerardo, y ve movimiento en la pileta.
Gerardo está sentado en el agua, junto al que debe de ser el misterioso perro. El vecino permanece con la mirada fija en ellos, es la primera oportunidad que se le ha presentado para conocer a la mascota, el primer vecino de toda la manzana que tiene esa suerte, y desde la distancia a la que observa, sumado al resplandor del sol, y a la convicción de que Gerardo tiene un perro, ve, efectivamente, un perro adentro del agua. Cuando está por dejar de mirar, porque el intenso calor le sugiere dejar de curiosear, y le recuerda que todavía tiene que extraer la antena de televisión, en ese momento el animal lo descubre, y comienza a ladrarle, y quizás para saludarlo o vaya a saber por qué, se para sobre sus patas traseras, y la mitad de su cuerpo sobresale del agua. El vecino ve aletas, y ve también, recién ahora, una cabeza que no parece canina, y se da cuenta de que, el misterioso perro de mitad de cuadra, ¡es en realidad una foca!





