Una difícil decisión.
La misión de conseguir un nuevo empleo luego de que la situación con el pequeño ángel empeorase no le había dado ningún tipo de resultados y es que a pesar de haber aceptado la propuesta de Gena ella aún mantenía la esperanza de que su situación pudiese mejorar con algún tipo de milagro repentino, pero Eli estaba clara en la idea de saber que esas cosas no ocurren en la vida real, ya había tenido las suficientes malas experiencias como para tener la estúpida esperanza habitando en su corazón.
Puerta tras puerta se fueron cerrando hasta dejarle con el ánimo a punto de quiebre, por lo que se vio en la apremiante situación de tener que rendirse, aceptando de manera definitiva aquella propuesta ridícula e insospechada que le prometía ser la solución definitiva para los problemas de su pequeño. Ángel lo era todo para ella después de lo que había ocurrido. No había forma de que ella se diese el lujo de poner en riesgo la vida de él, no después de lo que le había prometido a su mejor amiga; por eso estaba dispuesta a todo contar de poder salvar a su pequeño. Aunque le ocasionara el peor de los desagrados aquella idea, ella sabía que debía seguir con el plan para poder obtener la respuesta esperada, pues lo único que ella anhelaba era ver a su pequeño con la plenitud de vida que había perdido.
Ángel, como se llamaba ese pequeño niño que era hijo natural de su difunta amiga, era un niño de seis años de edad que antes de esa enfermedad había sido un pequeño vibrante y feliz, pero que ahora debía sufrir las consecuencias de una enfermedad cruel e indolente que le sometía a una vida limitada y con mucho dolor. Cada vez que Eli tenía que verlo desvanecerse cuando su corazón dejaba de latir, ella sentía que moría un poco; de poco en poco sabía que su propia vida se podía acabar en una de esas.
El médico le explicó que cuanto antes se indique el proceso del tratamiento y la cirugía mejor y más efectiva sería la recuperación del pequeño, por lo cual Eli se atrevió a realizar una jugada arriesgada: se presentó el despacho donde había descubierto que Gena tenía la sede de su empresa y se plantó frente a ella para solicitarle una condición para el acuerdo.
―Pague por favor la mitad del tratamiento de mi hijo.
Eli sabía que nadie podía ser tan estúpido como para dar nada sin algún tipo de acuerdo firmado, por lo cual no le sorprendió cuando Gena se negó rotundamente y dejó en claro la dificultad de cumplir con esa propuesta.
―Imposible ―sentenció Gena removiéndose con afán, demostrando que le ocasionaba gracia que Eli se hubiese atrevido a presentarse delante de ella para plantear algo así―… no seré tan tonta como para darte ni un centavo sabiendo que en cualquier momento tú podrías retractarte de nuestro acuerdo y aprovecharte de mí buena voluntad ―Al decir aquello, Gena se dio cuenta de lo absurdo que se escuchaba aquella mención a su “buena voluntad” por lo que no pudo contener una risita burlona al hablar―… sin embargo, se me ocurre una idea para acelerar el pago del tratamiento de tu niño.
Eli se mordía los labios para contener la rabia que le dejaba aquella sorna con la que Gena se había dirigido hacia ella, pero no se quedó con esa sensación, sino que se decidió a dejarlo de lado, manteniendo siempre la mente enfocada en la misión que más le importaba: Velar por el futuro del pequeño Ángel.
―Dígame que es lo que tengo que hacer… que es lo que propone.
Gena sonrió al escuchar la determinación de Eli, por lo que no se detuvo en rodeos, sino que se fue directo al planteamiento de su plan:
―Adelantemos la boda.
Para Eli fue un golpe durísimo aquella obligación en la que se encontraba de momento. Era una terrible situación en la que se encontraba, pero no tenía de otra. Le tocaba tomar una decisión o de lo contrario se adentraría a un terreno peligroso donde podía ganarse la mala voluntad de Gena.
―Está bien ―sentenció Eli con más desánimo que otra cosa. La idea de adelantar ese suplicio que le significaba el aceptar una boda con un hombre que, ni siquiera conocía, era algo absolutamente insoportable, pero no había nada que hacer. Aunque le resultara algo ridículamente insoportable, debía hacerse a la idea de caminar hacia el altar para aceptar una boda obligada con un hombre al que ni siquiera conocía― ¿Cuándo sería esa boda?
Gena sonrió complacida y le dijo:
―Esta misma noche.
Eli quedó petrificada de la impresión, pero no le quedó tiempo para reaccionar, pues de inmediato Gena le abordó con detalles y cuestiones específicas sobre la planificación para esa boda que estaba a punto de convertirse en una realidad para ella. Dentro de todo el cúmulo de noticias terribles, Eli solo encontró un guiño de aproximado regocijo cuando se miró frente al espejo enfundado en un hermoso vestido de bodas que Gena le había proporcionado. No era lo que hubiese soñado para su vida ni mucho menos, pero por lo menos encontraba un dejo de agrado al verse así de hermosa frente a su propia imagen: su reflejo le dejaba apreciar la figura esbelta que había heredado de su madre y el cabello castaño que había sido una herencia de su abuela paterna, pero sobre todo se congració cuando descubrió que sus ojos, a pesar de la tristeza que les apremiaba, resplandecían como dos lunas en la plenitud de la noche. Eli supo que aunque no era ella la mujer más arreglada ni elegante, sabía que ella poseía un tipo de belleza que bien que podía ser la envidia de muchas, pues ella no necesitaba de artificios ni artimañas para mostrarse agradable a la vista; ella lograba ser espectacularmente bella sin necesidad de mucho.
Entonces Gena, vino a buscarla para levarla a ese altar donde debía entregarse al suplicio. Todo había sido preparado con tal apremio que ni siquiera había tenido tiempo de conocer al hombre al que se suponía que debía recibir en el altar, entonces Elia caminó con nerviosismo y un poco de susto, pero todo eso se le convirtió en desagrado cuando se dio cuenta de que el hombre que le esperaba en aquel altar era el mismo sujeto grosero e insolente que le había insultado un par de días atrás cuando le mojo con el agua del charco que levantaron las llantas del coche que él conducía.
―Debe ser una broma―susurró Eli estupefacta al darse cuenta de su mala suerte. Definitivamente, aquello no podía tener un buen final.
Gena no prestó atención a la impresión de Eli y simplemente la envió directo al centro de aquel altar que más parecía una puesta en escena que un verdadero altar para el amor. Eran muy pocos los invitados, más que todo camarógrafos habidos de captar cada detalle de lo que ahí acontecía. Muy pocos invitados y los pocos que estaban presentes parecían obligados por la situación. Eli se quedó muda al lado del sujeto, que se mantenía como una piedra, insensible e indolente, como si no hubiese notado su llegada. La confusión de Eli llegó a niveles insospechados, cuando el oficiante dio rienda suelta a lo que parecía ser una boda ya concertada con premeditación, como si simplemente se estuviese cumpliendo un trámite y nada más.
Todo el teatro llegó a su fin y Eli sentía que solo estaba ahí para posar para las fotografías. De vez en cuando intentaba pedir explicaciones a Gena, pero esta nunca le dio la oportunidad de hablar. En todo momento tuvo que quedarse muda, haciendo un esfuerzo para sonreír cuando en realidad su alma estaba completamente perdida. Al final terminó todo y Eli quedó a solas con el sujeto del rostro regio e imponente que le miró a los ojos y con un suspiro de exasperación e incomodidad le dijo:
―Bien, está de más decir que no me caes bien, así como yo tampoco debo ser agradable para ti.
―Lo siento es que…
―Déjame terminar ―el sujeto no le importaba ser educado con quien se suponía que ahora era su esposa. Aquella era su primera conversación como “marido y mujer” y él había tenido el descaro de interrumpirle sin darle oportunidad de siquiera opinar al respecto.
―No hace falta ningún tipo de explicación: Esta maldita boda es toda una farsa ―el sujeto que por lo dicho por el oficiante Eli sabía que Respondía al nombre de Maximiliano Benz, ni hacía el intento de ser empático―… solamente me casé contigo para cumplir esa estúpida voluntad de mi abuelo… no me interesa tener nada contigo y es por eso que ni siquiera me interesa saber nada de ti… cualquier cosa que tenga que negociar lo haré con tu madre.
Eli se quedó muda al darse cuenta de que Maximiliano asumía que ella era la hija de Gena, entonces las cosas comenzaban a tener sentido: Gena la había utilizado a ella para engañar a ese hombre, por lo que ella debía mantenerse apegada al plan y no decir nada o de lo contrario pondría en riesgo la ayuda que esta había prometido para su pequeño. Entonces simplemente se limitó a asentir cuando Maximiliano continuó explicando los detalles de esa especie de acuerdo de conveniencia.
―Vivirás en mi casa y ante la gente mantendremos la fachada, pero de puerta adentro me importa bien poco lo que hagas, por lo que tampoco esperes saber nada de mí… limítate a guardar silencio y posiblemente no suframos tanto este maldito castigo… aunque si se te antoja algo más… digamos: “Físico” puede que yo esté dispuesto para satisfacerte.
Eli se quedó con la cara cubierta por una máscara de desagrado al escucharle decir aquello mientras le miraba de soslayo y se daba cuenta de que él la miraba con atención. Eli se sintió insultada por aquello, pero se limitó a dejar las cosas por lo sano, evitando así que su genio explotara por la furia que le ocasionaba aquel intento de abuso de parte de él. Eli sencillamente se dio la vuelta y regreso a su habitación exasperada por todo aquello. Maximiliano quedó en la sala sonriendo a sola mientras decidida que dejaría las cosas así por lo pronto. Por lo menos ya no tendría que preocuparse por cumplir ese capricho de su abuelo, ahora podía continuar dedicándose a los asuntos que de verdad le importaban.





