Hoy es nuestro duodécimo aniversario de bodas.
Esperé a Mateo Hewitt en nuestro modesto piso en el centro de Logroño, un lugar que apenas reflejaba el imperio que mi familia, los Salazar, controlaba desde las Bodegas Salazar en el corazón de La Rioja.
Sobre la mesa, una cena sencilla: una tortilla de patatas, pimientos de Padrón y una botella de Tempranillo de una pequeña bodega local, el vino que solíamos amar cuando éramos jóvenes y no teníamos nada.
La puerta se abrió mucho después de la medianoche.
Mateo entró, pero no olía al vino barato que nos unió, sino a un perfume caro de mujer, un aroma floral de Loewe que él siempre había criticado por ser demasiado ostentoso. En su mano, no traía flores para mí, sino una caja de puros cubanos de edición limitada, un regalo que claramente no era para celebrar nuestro aniversario.
Miró la mesa con una mueca de desdén.
"¿Esto es todo?" preguntó, su voz cargada de decepción. "Esperaba mariscos, algo especial. ¿No te das cuenta de que hoy es un día importante?"
Su comentario fue tan absurdo que casi me reí. Era él quien había olvidado, no yo.
Respondí con una calma que no sentía. "Pensé que preferirías algo sencillo, como en los viejos tiempos."
"Los viejos tiempos se acabaron, Sofía," espetó él. "Ya no somos esos estudiantes pobres. Soy Mateo Hewitt, un hombre de éxito. Deberías actuar como la esposa de uno."
"¿La esposa de un hombre de éxito?" repetí, mi voz finalmente temblando. "Entonces, ¿por qué la esposa de un hombre de éxito tiene que ver fotos de su marido paseando románticamente por la Calle del Laurel con su asistente?"
Le mostré mi teléfono. Allí estaban, Mateo e Isabel Riley, su joven y astuta asistente, compartiendo tapas y risas, demasiado cerca para ser una simple reunión de trabajo. El olor a Loewe de repente tuvo sentido. Era el perfume de ella.
"¿Me estás espiando?" Su rostro se contrajo en una máscara de ira. "Era una reunión de trabajo. Isabel lo está pasando mal, necesitaba consuelo."
"¿Consuelo?" mi voz se quebró. "Yo he estado aquí todo el día, preparando nuestra cena de aniversario. Puse globos, compré flores, horneé tu tarta favorita. ¿Dónde estabas tú mientras yo hacía todo eso?"
"¡Deberías haberte centrado en cosas más importantes!" atacó él, desviando la culpa. "Como en darnos una familia. Tienes treinta y dos años, Sofía. El tiempo corre. Cada día que pasa es más difícil."
El golpe fue bajo y cruel. Fue él, siempre él, quien había pospuesto la paternidad, argumentando que su carrera era la prioridad. "He esperado doce años, Mateo," susurré, el dolor era una presión física en mi pecho. "Doce años de mi vida dedicados a ti."
Con un gesto brusco, barrí los platos de la mesa. La tortilla y los pimientos se estrellaron contra el suelo. Cogí la botella de Tempranillo, el vino que él ahora despreciaba, y me serví una copa llena, bebiéndola de un trago. El sabor amargo llenó mi boca, un reflejo perfecto de mi matrimonio.
"No te atrevas a usar ese tono conmigo," dijo, su voz un silbido peligroso. "Estás siendo controladora. Necesito espacio."
"¿Espacio para comprarle pulseras de diamantes de Suárez a tu asistente?" Lo confronté de nuevo, las lágrimas finalmente rodando por mis mejillas. "Vi la pulsera en su muñeca en las fotos. Una joya que nunca te molestarías en comprarme a mí."
"¡Porque no la apreciarías!" explotó. "¿Qué sabe una simple ama de casa de joyas finas? Isabel trabaja duro, se lo merece. ¡Tú no haces nada más que gastar mi dinero!"
En ese momento, su teléfono sonó. La pantalla se iluminó con el nombre "Isabel". Mateo contestó al instante, su tono cambiando de la ira a una preocupación fingida.
"¿Qué pasa, Isa? ¿Un ataque de pánico? Tranquila, voy para allá ahora mismo."
Colgó y me miró con frialdad. "Tengo que irme. Una emergencia en la oficina."
Salió por la puerta sin mirar atrás, dejándome sola en medio de los restos de nuestro aniversario y de mi corazón roto.
Minutos después, mi teléfono vibró. No era Mateo. Era un número desconocido.
Un mensaje de Isabel.
Era una imagen, una ecografía de tres meses. Debajo, un texto: "Gracias por cuidar de Mateo todos estos años, hermana. Ahora me toca a mí. Por cierto, el viñedo que te prometió en la Toscana ahora es mío."
Mi mundo se hizo añicos.
Justo entonces, otro mensaje llegó. Era de Mateo.
"Lo siento, cariño. Surgió algo urgente en la oficina. Te lo compensaré. Feliz aniversario."
La doble traición, la mentira descarada, fue demasiado. Me derrumbé en el suelo, ahogándome en un sollozo silencioso.





