La Esposa del Teniente Warren

Hace una semana de la fiesta del señor Warren y de la descabellada oferta, sin embargo, entre su padre y ella hay una especie de guerra fría, en la que casi no se hablan salvo lo obligatorio, él, molesto porque Iris no ha querido aceptar, y ella molesta por haberla puesto en esa situación, mientras que su madre se mantiene neutra, porque sabe que no va a hacer nada que no sienta hacer.

Hoy es domingo y luego de ir la iglesia con sus padres, Iris se ha pasado el día haciendo los quehaceres, dado que su madre no se siente bien y su papá ha tenido más trabajo de lo usual desde la recomendación del teniente a unos amigos suyos quienes le han traído sus autos para que los repare.

Tras almorzar en silencio, retoma sus pendientes. Lava los platos con calma, saca la basura, toma la cesta de ropa y sube hasta su habitación para acomodarla. La puerta está entreabierta y en el pasillo se detengo al escuchar sus voces hablando entre susurros.

—¿Estás seguro de que esa es la mejor idea? —Rachel pregunta, preocupada.

—No estoy seguro, pero no tengo de otra. Tengo cuatro meses de hipoteca vencida, y si no pago en un lapso de quince días, nos van a embargar la casa.

La voz de Jean se quiebra en esa última frase.

—Podríamos hacer una venta de garaje. Si vendemos parte de los muebles que no usamos, podríamos hacer algo al respecto —sugiere ella, siempre optimista.

—No, cariño, voy a vender el auto y con eso más las ganancias de los últimos días, podré pagar una de las cuotas, sin embargo, si las cosas no mejoran en el negocio, perderemos la casa.

Iris lo escucha sollozar como un niño y su madre lo arrulla.

—Tranquilo, cariño, todo va a estar bien.

—No, no lo estará. No he sido un esposo ni un buen padre. No he sido capaz de protegerlas a ti y a Iris, si ahora ni siquiera puedo garantizarles un techo seguro, entonces, ¿qué clase de hombre soy? —Llora en silencio sin contener las lágrimas —Pasaremos a ser indigentes pronto y casi a mis cincuenta, nadie me quiere emplear. En verdad estamos en apuros y lamento no ser el hombre del que te enamoraste, preciosa.

Iris también llora desde el pasillo, sin embargo, deshace sus pasos, dejando la cesta en el suelo. Se encierra en su habitación, frustrada por todo lo que están pasando. Sí sabía que las cosas en casa no estaban tan bien. Estaba consciente de que su situación no era la mejor, pero, en su inocencia, creyó que podrían salir de esta y ahora veía que no.

Podría intentar buscar un trabajo a tiempo completo, pero sin experiencia, no le pagarían ni un tercio de lo que se necesitaba mensualmente para cubrir los gastos. Entonces, la conclusión era clara: tendrá que casarse con el teniente.

Con la cabeza y el corazón hecho un nudo, baja a la sala y toma el teléfono para llamarlo. Su tarjeta está en la repisa, junto a los recibos de la luz, agua y el estado de la tarjeta de crédito.

—¿Hola?

La piel de Iris se eriza solo con escucharlo

—Buenas tardes, teniente.

—¿Iris? —se percibe el júbilo en su voz —¿A qué debo el placer de tu llamada? ¿Está todo bien?

Warren pensaba que algo grave debía haber pasado para que ella lo llamara luego de semejante escena en su casa. De acuerdo con cómo se dieron las cosas en la fiesta, Iris nunca aceptaría su oferta, sin embargo, aquí estaba, llamándole a su móvil un domingo por la tarde, como perro arrepentido.

—Todo está bien, teniente. Le llamo para decirle que… Voy a aceptar su oferta.

Una sonrisa malvada se pinta en la cara de Warren mientras se regodea su silla. Finalmente Iris ha caído en su oferta y no sabe la que le espera.

*************

—¿Esperas a Stacey? —pregunta la madre de Iris cuando escucha el timbre de la casa.

Esta niega con la cabeza y se mira los dedos, nerviosa. En la puerta, vestido con un pantalón de tela fina color crema y una camisa coral, con la mejor de sus sonrisas, se presenta el teniente Warren. Su aspecto, ahora un poco más jovial que cuando lleva uniforme, es igual de duro que de costumbre, a pesar de estar sonriendo.

—¡Tienente! Buenas tardes. ¿Qué le trae por aquí? —el padre de Iris le tiende la mano y él se la aprieta con efusividad.

—Señor Ryans, gracias. He venido a pedir la mano de su hija, esta vez, con la aprobación de ella.

Está de pie junto a la puerta de la entrada, sin quitar sus ojos de los de Iris y, una vez más, ella se siente desnuda delante de su presencia, por lo que el vestido celeste de algodón que trae puesto, pareciera ser transparente.

Los señores Ryans la miran como si le hubiera salido una segunda cabeza: su mamá consternada, su padre con algo parecido al júbilo.

—Cariño, pero… ¿Por qué has cambiado de opinión? —ella no deja la noticia pasar.

—Déjala, Rach, no importa la razón, lo importante es que ha aceptado —como siempre, Jean quiere llevar la voz cantante.

Iris no quiere dar detalles, no quiere remover la herida de que están en quiebra, al punto de perder su hogar, ni mucho menos, tener que admitir en voz alta que va a unirse a un sujeto que desprecia, solo por dinero.

—Lo he pensado mejor y he cambiado de opinión —es todo lo que añade, ganándose la mirada del invitado.

—En ese caso, por favor, pase y tome asiento, es hora de celebrar.

Todos se acomodan en el destartalado juego de muebles que alguna vez fueron grises, y por cosas de la vida, su madre se retira a la cocina a buscar copas para brindar, dejando a Iris junto a él en el sofá más grande. Su cercanía le resulta extraña, y se siente cohibida, mientras su padre no deja de hablar, emocionado.

—Señor Ryans, Iris… —el teniente se gira y la mira a los ojos, llamándole por su nombre, cosa que ha hecho sin haberle dado el permiso, pero igual, si será su mujer, eso es lo de menos.

Se pone de rodillas junto a Iris, y saca del pantalón una cajita negra de felpa, con las letras Dior en dorado. Ella abre los ojos como platos y se queda de piedra, mientras toma su mano izquierda entre las suyas.

—¿Me daría el placer de ser mi esposa? —dice, al abrir la caja, dejando ver un enorme pedrusco, que corona la banda de oro blanco.

Iris busca a su madre con la mirada que se ha quedado en el umbral, tan pasmada como ella. Su mirada es de recelo, mientras que su papá está al estallar de la emoción. Tras ver a su pretendiente, y a pesar de que quiere negarse, recuerda la voz de su padre: “tendremos que hipotecar el auto y la casa”.

Asiente una vez y el teniente procede a colocar el anillo en su dedo y a besarle la mano como un caballero. Si antes se sentía incómoda, ahora que sus labios rozan su piel, la cosa es mucho más difícil, pero debe ser fuerte, porque este es solo el inicio.

—Brindemos, brindemos —dice su padre entregándoles una copa a cada uno de la bebida espumosa que encontró la señora Ryans en la nevera y que nada tiene de alcohol.

—Señor Ryans, ahora que Iris ha accedido a ser mi esposa, ¿le importaría que habláramos a solas un momento? —dice Warren, mirando a su futuro suegro.

—¡Por supuesto! Venga, vamos al despacho del negocio.

Ambos se levantan y se dirigen al taller, mientras Rachel e Iris se quedan en la sala. Sus ojos lo dicen todo: sabe que he escuchado la conversación y que su hija ha accedido para salvarles. Le acaricia el rostro y sus ojos se llenan de lágrimas:

—Ay, mi niña, qué valiente eres…

En silencio se abrazan sin cruzar media palabra. Valentía es lo último que siente Iris, al pensar en el pesado hombre que será su marido y tener que compartir cama con él es la peor de las pesadillas, pero su madre la necesita así que se traga su orgullo. Todo es por su familia.

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