Valeria se miró en el espejo del baño del hospital, observando con atención cada rasgo de su rostro. Aquel reflejo le devolvía la imagen de una mujer decidida, distinta a la secretaria sumisa que durante años aguantó gritos, órdenes secas y desprecios disfrazados de profesionalismo.
Se lavó las manos con lentitud, como si ese gesto pudiera limpiar no solo los restos del café que acababa de beber, sino también las dudas que aún flotaban en su conciencia. Respiró hondo y alzó la barbilla. No era momento para titubeos. Había mentido, sí, pero no por codicia. No del todo. Lo había hecho porque, por primera vez, la vida le presentaba una puerta abierta hacia algo más que el olvido.
Marcos Del Valle estaba vulnerable. Solo. Sin recuerdos. Y ella estaba en posición de reescribir su historia. No como víctima, sino como protagonista.
Al regresar a la habitación, lo encontró despierto, recostado con la mirada perdida en la ventana. El cielo seguía gris, la ciudad húmeda, apagada. Valeria cerró la puerta con suavidad y se acercó. Él giró el rostro hacia ella. Había algo nuevo en su expresión: curiosidad mezclada con una inseguridad que no conocía.
-Te fuiste mucho rato -murmuró.
-Solo fui por un café -respondió ella, tomando asiento a su lado-. ¿Cómo te sientes?
-Como si el mundo fuera una novela que todos leyeron menos yo.
Valeria sonrió.
-No te preocupes. Yo puedo contarte el argumento.
Él bajó la mirada. Había algo profundamente inquietante en no recordar tu propia existencia, en sentir que cada palabra que otros decían sobre ti podía ser verdad... o una completa invención. Pero Marcos no tenía cómo saberlo.
-¿Me amabas? -preguntó de pronto, con una franqueza que lo sorprendió a él mismo.
Valeria parpadeó. Era una pregunta que no esperaba tan pronto.
-Sí -dijo, con voz baja pero firme-. A mi manera, te amaba.
Marcos asintió lentamente, sin saber si eso lo reconfortaba o le generaba más dudas.
-¿Y yo a ti?
Silencio. Solo el sonido leve del monitor cardíaco rompía la tensión. Valeria volvió la vista hacia él.
-Eso... eso era más complicado -respondió, eligiendo cuidadosamente cada palabra-. No eras muy expresivo, pero yo sabía que sentías algo. Aunque a veces no lo dijeras.
Marcos no respondió. Era extraño confiar ciegamente en una mujer que aseguraba ser su esposa, pero que no despertaba en él ninguna emoción inmediata. Ni ternura, ni incomodidad. Nada. Era como estar con una actriz interpretando un papel perfecto. Y sin embargo, no tenía más remedio que aferrarse a su presencia.
Valeria se levantó y comenzó a acomodar sus cosas. Sacó de su bolso algunas fotos impresas, cuidadosamente seleccionadas la noche anterior. En ellas aparecían juntos en diferentes eventos corporativos, donde Valeria había estado como asistente, pero ahora, gracias a unos retoques digitales discretos, las imágenes sugerían cercanía, incluso intimidad.
-Tal vez esto ayude a activar tu memoria -dijo, colocando las fotos sobre la mesita junto a la cama.
Marcos tomó una con manos temblorosas. Se vio a sí mismo en traje, de pie junto a ella. Su brazo estaba alrededor de su cintura. La imagen parecía natural, aunque había algo... artificial.
-¿Y esto fue...?
-En nuestra primera gala juntos -dijo Valeria con naturalidad-. Fue una noche especial. Esa fue la primera vez que bailamos.
No era cierto. Esa noche, él la había ignorado por completo. Ni siquiera la había saludado al llegar. Pero ahora, su relato era la única narrativa disponible. Y él la aceptaba, aunque con una punzada de duda que no podía ubicar.
-¿Y dónde vivimos?
-Tenemos una casa en Altavista -respondió ella sin titubear-. Una casa moderna, amplia. Te gustaba por su privacidad. Siempre fuiste muy reservado.
Marcos asintió. Esa característica sí resonaba dentro de él. Aunque no pudiera recordarlo, tenía la sensación de que no era un hombre abierto.
-¿Trabajábamos juntos también?
-Sí -dijo ella, con una sonrisa perfectamente ensayada-. Me ayudabas con la administración de mis proyectos y yo con los tuyos. Teníamos una buena dinámica... la mayoría del tiempo.
El "la mayoría del tiempo" era un guiño a la verdad. Había sido su asistente durante cuatro años. Lo conocía mejor que nadie, y ese conocimiento era ahora su mayor ventaja. Sabía cómo hablaba, cómo reaccionaba, qué cosas lo irritaban y cuáles lo calmaban. Sabía cuáles eran sus comidas favoritas, qué clase de libros decoraban su oficina aunque no los leía, e incluso qué tipo de mentiras aceptaría si se presentaban con tono creíble.
Pero también recordaba las veces que la había dejado de lado. Cuando la culpó por errores ajenos, cuando le pidió que trabajara horas extra sin agradecimiento, cuando despidió a su mejor amiga por una mínima equivocación.
Todo eso seguía allí, latiendo en su memoria, como una cuenta pendiente que ahora tenía la oportunidad de saldar.
-¿Teníamos hijos? -preguntó de pronto.
La pregunta la sorprendió. No la esperaba tan pronto.
-No -respondió con sinceridad-. Lo hablamos muchas veces, pero tú querías esperar.
Era una línea que había pensado desde el principio. Era realista, prudente, y dejaba abierta la posibilidad de cambiar de rumbo si las cosas lo requerían más adelante.
Marcos suspiró y dejó las fotos sobre la mesa.
-Esto es tan extraño. Como si estuviera actuando la vida de otra persona.
-Pero no lo estás -respondió ella, tomándole la mano-. Esta es tu vida. Solo necesitas tiempo para recordarla.
Él no retiró la mano. No la apretó, pero tampoco la soltó.
Valeria sonrió internamente. No porque lo tuviera completamente en sus redes, sino porque la primera grieta en la muralla del CEO impenetrable había comenzado a abrirse. Y esta vez, ella no iba a quedarse en la puerta.
Esa tarde, después de que él se durmiera de nuevo, Valeria caminó hacia la sala de espera, donde la madre de Marcos esperaba ansiosa. La mujer la recibió con una mirada dura, inquisitiva.
-¿Cómo está? -preguntó sin rodeos.
-Estable. Todavía confundido, pero tranquilo -respondió Valeria con amabilidad contenida.
La mujer entrecerró los ojos.
-No recuerdo que él te presentara jamás como su esposa.
Valeria sostuvo su mirada.
-Nuestra relación era muy privada. Él no quería involucrar a nadie. Ni familia ni prensa. Así era Marcos.
-Sí, así era -replicó la mujer, suspicaz-. Justo por eso no me trago del todo este cuento de que estás casada con mi hijo.
Valeria no se inmutó.
-Lo comprendo. Pero ahora lo importante es su recuperación. No lo confundamos más de lo necesario.
La mujer la miró largo rato antes de asentir con frialdad.
Valeria se dio la vuelta, sabiendo que las sospechas habían empezado, pero también sabiendo que tenía la ventaja: mientras Marcos creyera en ella, todo lo demás carecía de poder.
Volvió a la habitación. Lo observó dormir, con el rostro relajado y ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.
"No soy su esposa," pensó.
"Pero muy pronto, lo seré. No por contrato... sino por convicción."





