Ricardo no respondió mi mensaje. Ni esa noche, ni al día siguiente.
Su indiferencia era la respuesta más clara de todas. El sobre con los papeles del divorcio seguía en la mesa de centro, intacto. Ni siquiera se había molestado en abrirlo. Para él, yo era tan insignificante que ni mi partida merecía su atención.
Empecé a empacar. No mis cosas, sino las suyas. Metí en cajas su ropa, sus libros, sus trofeos de golf. Cada objeto era un recuerdo de un amor no correspondido, de años de esfuerzo unilateral.
Mientras guardaba sus cosas, abrí mis redes sociales. Lo primero que vi fue una nueva publicación de Sofía. Era una foto de ella en un restaurante caro, sonriendo a la cámara. En la mesa, frente a ella, una mano masculina con un reloj familiar sostenía una copa de vino. El reloj de Ricardo.
La descripción decía: "Celebrando nuevos comienzos" .
Cerré la aplicación. No sentí dolor, solo un vacío sordo. Borré las fotos de Ricardo de mi teléfono, una por una. Luego, eliminé su contacto. Era un acto pequeño, pero se sintió como una liberación.
Justo cuando terminé de sellar la última caja, el timbre sonó. Era él.
Ricardo estaba en la puerta con un pequeño pastel en las manos. Su sonrisa era encantadora, la misma que usaba para conseguir todo lo que quería.
"Feliz cumpleaños, mi amor. Perdona la tardanza, el trabajo ha sido una locura."
Mi cumpleaños. Lo había olvidado por completo.
Me hice a un lado para dejarlo pasar. Vio las cajas apiladas en la sala y su sonrisa vaciló por un segundo.
"¿Qué es todo esto? ¿Una remodelación?"
"Me mudo, Ricardo," dije, mi voz plana.
Él dejó el pastel en la mesa y se acercó a mí, su tono era suave, conciliador.
"Elvira, no digas eso. Sé que he estado distante. Hablemos, por favor."
Su cercanía me trajo un torbellino de recuerdos. Recordé mi cumpleaños del año pasado. Me había prometido una cena romántica, solo los dos. Estábamos a punto de salir cuando su teléfono sonó. Era Sofía, llorando porque había terminado con su novio de turno.
"Tengo que ir," me dijo Ricardo, su cara llena de angustia. "Ella me necesita."
Y se fue. Me dejó sola, vestida para una cena que nunca ocurrió, con un pastel de cumpleaños que comí sola en la cocina. Esa noche, entendí que yo nunca sería su prioridad. Siempre sería la segunda opción, la red de seguridad. El amor que yo le daba, él lo guardaba para dárselo a ella en sus momentos de crisis.
Mi amor por él era un tesoro que él saqueaba para comprarle consuelo a otra.
"No hay nada de qué hablar," le dije, volviendo al presente.
Su rostro se endureció. "¿Es por Sofía? Ella es solo una amiga."
"No me mientas más, Ricardo. No tienes por qué hacerlo."
Su teléfono vibró de nuevo. Lo miró. Era Sofía. Otra vez.
Me miró con una expresión de disculpa ensayada.
"Tengo que contestar. Es importante."
Mientras él hablaba en voz baja con ella en el balcón, yo me acerqué al pequeño pastel que trajo. Tenía una sola vela. La encendí, cerré los ojos y pedí un deseo.
Deseé no volver a amarlo nunca más.
Soplé la vela justo cuando él volvía a entrar en la sala.
"Sofía necesita que la lleve al aeropuerto. Su vuelo se adelantó," dijo, evitando mi mirada.
"Claro," respondí. "Ve."
Salió sin decir una palabra más. Miré el humo que se elevaba de la vela apagada. La casa estaba en silencio otra vez. Mi cumpleaños había terminado. Y con él, mis siete años de amor por Ricardo.





