La diva inalcanzable que dejó su mundo en ruinas

En la bulliciosa entrada del hospital, Emilia caminó con paso firme, arrastrando su maleta.

Tan pronto como salió de la finca de los Mitchell, se dirigió directamente allí, pues se enteró de que su mejor amiga, Sloane Stewart, se encontraba internada.

Apenas había llegado al pasillo cuando el hermano menor de Rodger, Sebastián Mitchell, se le interpuso en el camino.

Él siempre se había esmerado en burlarse de ella, aprovechando cada oportunidad para lanzarle pullas.

"¡Tienes agallas para aparecerte por aquí!", soltó su excuñado, con la mirada cargada de ira. "¡Violeta casi muere por tu culpa!".

La expresión de Emilia no vaciló.

"Lo que le pase a Violeta no es asunto mío", respondió, con una voz más fría que el acero. "Ahora apártate".

"¿Y por qué iba a hacerlo? Viniste a causar más problemas, ¿no?", contestó Sebastián, con el rostro contraído por la rabia.

"Te doy una última oportunidad. Quítate de mi camino", advirtió la joven, endureciendo la mirada con un brillo peligroso.

El hombre cuadró los hombros, sin intención de ceder un ápice. "¡De aquí no me muevo!".

Sin decir más, Emilia lo sujetó del brazo y lo derribó al suelo con una fuerza inesperada.

Un golpe seco resonó en el pasillo, seguido por el quejido de dolor del muchacho, quien apenas tuvo tiempo de procesar lo que había pasado.

Sin mirarlo, la mujer pasó por encima de él, ignorándolo mientras se retorcía en el suelo.

A sus espaldas, resonó la voz de Sebastián, torcida por la rabia: "¡Emilia! ¡Te arrepentirás de esto!".

Más adelante, en el corredor.

"¡Vaya, vaya, mira eso!". Wilbur Collins soltó un silbido, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. "¿Desde cuándo la señora Mitchell se volvió tan temible? Siempre creí que era dulce y callada. Parece que nos engañó a todos".

Elías Dixon, con una expresión indescifrable, mantuvo su fría mirada fija en Emilia, siguiendo cada uno de sus movimientos. Había algo en su audacia y rapidez que había captado su atención.

"¿Todavía la estás mirando, Elías? No me digas que te interesa", bromeó Wilbur con una sonrisa pícara.

Sentado en su silla de ruedas, el aludido mantuvo la mirada fría. Sus delgados dedos tamborileaban un ritmo constante sobre su muslo.

Varios años atrás, una emboscada casi le había costado la vida, dejándolo destrozado tras el accidente. Aunque el choque no lo había matado, Elías no volvería a caminar jamás.

Sin un milagro de Asclepio, se enfrentaba a una vida atado a esa silla de ruedas.

Cada vez que recordaba cómo su búsqueda lo había llevado directamente a Infierno, el infame sindicato de asesinos, una chispa fría y despiadada se encendía tras su mirada entrecerrada. No tenía ninguna duda al respecto. Señor del Infierno, líder de esa organización, era parcialmente responsable de su desgracia.

"¿Alguna novedad sobre Asclepio?", preguntó Elías.

La sonrisa habitual de Wilbur se desvaneció en cuanto las palabras salieron de los labios del otro hombre, y su expresión se tornó grave.

"Rastrear a Asclepio es como perseguir una sombra. Desapareció por completo hace cuatro años. Sin rastro, sin pistas. Si quieres mi opinión, encontrarlo ahora es casi imposible...".

Bajó la vista hacia las piernas inmóviles de Elías, con el ceño fruncido por la preocupación.

La única persona capaz de curarlo era ese médico arrogante, el que se atrevía a llamarse a sí mismo Asclepio.

Una sombra cruzó el rostro de Elías, y su voz apenas fue un susurro al decir: "Vámonos".

Ya no quedaba esperanza en él, solo una aceptación amarga. La vida en silla de ruedas sería su nueva realidad.

La mano de Wilbur estaba a punto de agarrar el mango de la silla de ruedas cuando sonó su celular.

"Sí, ¿qué pasa?", respondió, tratando de sonar despreocupado.

A medida que escuchaba la llamada, su expresión cambió: primero sorpresa, luego incredulidad, y finalmente algo muy parecido a la emoción.

Una vez que terminó la llamada, Wilbur se volvió hacia Elías, con una chispa juguetona en los ojos. "Bueno, tengo dos noticias. ¿Cuál quieres primero, la buena o la mala?".

Su interlocutor miró al frente, con los labios apretados en una línea dura. Parecía completamente desinteresado.

Wilbur gimió, lanzándole una mirada de falsa derrota. "Al menos podrías fingir que te importa".

"No me importa ninguna de las dos", contestó Elías, con voz plana y fría.

"¿Estás seguro?", la sonrisa del otro hombre se ensanchó, con un destello de picardía en sus ojos.

Bajando la voz, se inclinó y susurró: "Asclepio acaba de reaparecer".

Por una fracción de segundo, el tiempo se detuvo. Una sacudida de incredulidad golpeó a Elías. Apretó las manos en puños, con la tensión escrita en todo su cuerpo.

Ya había aceptado que la esperanza había muerto, y nadie habría podido prever un giro como ese.

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