La mano pequeña de Valeria, de apenas cinco años, se estrelló contra mi mejilla con una fuerza que no correspondía a su edad. El golpe fue seco, duro, y mi cabeza rebotó contra el frío suelo de mármol. Un zumbido agudo llenó mis oídos y por un instante todo se volvió borroso. El dolor floreció, caliente y punzante, en mi cara.
"¡Mala! ¡Eres una mujer mala! ¡Le pegaste a mi mamá Eva! ¡Tú la mataste!"
La voz de Valeria era un chillido agudo, lleno de un odio que una niña de su edad no debería conocer. Sus acusaciones eran las mismas de siempre, un veneno que me había estado inyectando día tras día durante los últimos tres años, desde que llegué a esta casa. Eva, su madre, había muerto mucho antes de que yo conociera a Leonardo, su padre, pero en la mente retorcida de esa familia, yo era la culpable de todo.
Traté de incorporarme, apoyando las manos en el suelo resbaladizo. Mi cuerpo entero protestaba, adolorido por los golpes anteriores. Valeria no esperaba. Se lanzó sobre mí, sus pequeños puños golpeando mi pecho, mis brazos, cualquier parte que pudiera alcanzar.
"¡Te odio! ¡Vete de mi casa! ¡No te quiero aquí!"
Me encogí, tratando de protegerme la cara, pero sin atreverme a tocarla. No podía. Si la apartaba, aunque fuera con suavidad, las consecuencias serían peores. Doña Carmen, la abuela de Valeria y madre de Leonardo, observaba la escena desde su sillón de terciopelo, con una sonrisa apenas disimulada. Para ella, esto era un espectáculo.
"Déjala, Sofía," dijo con una voz falsamente dulce. "La niña solo está desahogando su dolor. Tienes que ser comprensiva."
Comprensiva. La palabra se sentía como una burla. Mi cuerpo era un mapa de moretones ocultos bajo la ropa, mi espíritu estaba hecho pedazos, y tenía que ser comprensiva. Me quedé quieta, recibiendo los golpes, sintiendo cómo cada uno de ellos me hundía más en un pozo de desesperanza. El olor a cera cara para pisos y a perfume importado llenaba el aire, un contraste asfixiante con la violencia del momento. Mi propia casa se había convertido en una jaula de oro donde yo era el juguete roto.
La puerta principal se abrió de golpe. La figura alta e imponente de Leonardo llenó el umbral. Su rostro, usualmente impasible, se contrajo en una mueca de disgusto al vernos en el suelo. Valeria, al verlo, detuvo sus golpes y corrió hacia él, llorando a gritos.
"¡Papá! ¡Sofía me pegó! ¡Me dijo que odiaba a mami Eva!"
Leonardo la levantó en brazos, consolándola con susurros. Su mirada se posó en mí, fría y cortante. No había duda en sus ojos, ninguna pregunta. Solo juicio.
"Ya basta," dijo con voz de trueno. "Levántate del suelo, dejas de dar lástima."
Doña Carmen se levantó, acercándose a su hijo. "Leonardo, cariño, la niña estaba muy alterada. Sofía no supo cómo manejarla."
Leonardo no le hizo caso a su madre. Su atención seguía fija en mí. "Ve a tu cuarto. No quiero verte por el resto del día."
Me levanté lentamente, cada músculo gritando en protesta. No dije nada. No había nada que decir que él fuera a creer. Caminé hacia las escaleras, sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda. La de Leonardo, llena de desprecio. La de Valeria, de triunfo. La de Doña Carmen, de pura satisfacción.
Al cerrar la puerta de mi habitación, me apoyé en ella y me deslicé hasta el suelo. Las lágrimas que había contenido por fin corrieron por mis mejillas, mezclándose con el sudor frío. Miré mi reflejo en el gran espejo del armario. Vi a una mujer pálida, con el pelo revuelto y una marca roja creciendo en la mejilla. No me reconocí.
Recordé los primeros días, la promesa de una vida nueva. Leonardo había sido encantador, un viudo adinerado que me ofrecía seguridad. Yo, una huérfana sin nada, pensé que había encontrado un refugio. Qué ingenua fui. No era un refugio, era un contrato. Yo era la niñera, la sirvienta, el saco de boxeo emocional para una familia rota que se negaba a sanar. Mi trabajo era absorber su dolor y su ira, especialmente la de Valeria, quien era manipulada por su abuela para odiarme.
Pero algo se rompió en mí hoy. Mientras yacía en el suelo, recibiendo los golpes de una niña, la última chispa de esperanza que me quedaba se extinguió. Ya no más. No podía seguir así. El contrato de cinco años que había firmado estaba a punto de terminar. Solo unos meses más. Conté los días en mi cabeza, una y otra vez. Era mi único consuelo.
La puerta se abrió sin que tocaran. Era Leonardo. Se quedó de pie, mirándome con desdén.
"Mi madre me dijo que has estado hablando de irte cuando termine el contrato."
Su voz era baja, amenazante.
Asentí, sin levantar la mirada del suelo. "Sí."
Soltó una risa seca, sin humor. "¿Y a dónde crees que irás? No tienes a nadie. No tienes nada. Te recogí de la nada, Sofía. No lo olvides."
"No lo olvido," susurré, la voz ronca. "Pero prefiero la nada a esto."
Su rostro se endureció. Por un momento, pensé que me golpearía. En lugar de eso, se dio la vuelta. "Deja de hacer dramas. Valeria te necesita. Compórtate como la esposa que se supone que eres."
Cerró la puerta de un portazo, dejándome sola con el eco de sus palabras y la fría certeza de que mi decisión era la única salida. Tenía que irme. Tenía que sobrevivir.





