La Cuerda Rota

El aire en la pequeña sala de ensayo vibraba, no solo por las cuerdas de la guitarra de Santiago, sino por la tensión que se podía cortar con un cuchillo. Santiago estaba a punto de tocar la pieza final para su solicitud al Conservatorio Nacional de Música. Era el sueño de su vida, una promesa que le hizo a su abuela, una leyenda del mariachi, que algún día tocarían juntos en el Palacio de Bellas Artes. Justo cuando sus dedos se posaron sobre las cuerdas para comenzar, la puerta se abrió de golpe.

"¡A ver, a ver! ¿Interrumpimos al maestro?"

Era Mateo, su primo, con el celular en alto, grabando. Detrás de él, Sofía y Camila, sus amigas de toda la vida, reían nerviosamente. Santiago frunció el ceño.

"Mateo, estoy ocupado. Es importante."

"Todo es importante para ti, primito", dijo Mateo, acercando la cámara a la cara de Santiago. "Vamos a mostrarle a mis seguidores un poco de música... tradicional. A ver si no se duermen."

Sofía y Camila soltaron una risita. "No seas así, Mateo", dijo Sofía, pero no hizo nada para detenerlo.

"¿Qué te pasa? Sabes lo que esto significa para mí", dijo Santiago, bajando la guitarra.

"Relájate, solo es una broma para mis redes. Necesito contenido", respondió Mateo con indiferencia. "Además, ¿de verdad crees que entrarás al Conservatorio con esa música de viejitos? Deberías hacer algo más moderno, algo que venda."

Esa fue la gota que derramó el vaso. No era solo la interrupción, era el desprecio en su voz, la burla hacia la música que su abuela le enseñó, el legado de su familia. Miró a Sofía y Camila, esperando que dijeran algo, que lo defendieran. Pero ellas solo miraban al suelo, sonriendo débilmente, atrapadas en la órbita de Mateo.

"Salgan. Ahora", dijo Santiago, su voz baja y firme.

Mateo levantó las manos en señal de rendición fingida. "Tranquilo, fiera. Ya nos vamos. Suerte con tu... concierto privado."

Se fueron, cerrando la puerta con una risa ahogada. Santiago se quedó solo, el silencio de la habitación ahora se sentía pesado, opresivo. El sueño del Conservatorio, la promesa a su abuela, todo se sentía manchado por la envidia y la traición. Se sentó frente a su computadora, abrió una carpeta llena de fotos. Fotos de él, Sofía y Camila en fiestas, en el parque, creciendo juntos. Con un movimiento rápido y decidido, seleccionó todo y lo arrastró a la papelera. Un clic más y todo desapareció. No sintió alivio, solo un vacío frío y una determinación dura como el acero. La promesa a su abuela era ahora lo único que le quedaba.

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