La crisis matrimonial: ¿es el amor una trampa?

En cuanto el médico terminó de hablar, a Aurora Barnes se le llenaron los ojos de lágrimas. Sus largas pestañas temblaron y bajó la cabeza con culpabilidad.

"Elmer, nuestro bebé... Nuestro bebé casi...", dijo ella entre sollozos.

Ante eso, el hombre se quedó helado.

¿Aurora estaba embarazada? ¿Cómo era posible?

¡Nunca habían hecho el amor!

A fin de cuentas, la chica tenía una enfermedad del corazón, por eso él nunca se había acostado con ella, por miedo a herirla sin querer.

Con los ojos llenos de confusión, Elmer lo pensó por un momento y preguntó: "¿Cuándo pasó esto? ¿Por qué no me lo dijiste?".

Al ver que el hombre no estaba contento sino desconfiado, Aurora se puso un poco nerviosa.

Luego parpadeó y, con una sonrisa fingida, dijo: "¿Acaso no recuerdas aquella vez que te emborrachaste en mi casa? Bueno, aquella noche, nosotros...".

De repente, ella dejó que su voz se cortara, y giró la cara tímidamente.

"No sabía que iba a quedarme embarazada la primera vez que lo hicimos...".

Al ver la dulce sonrisa en su rostro, Elmer no pudo dudar más de ella, suponiendo que el alcohol debió haberle borrado la memoria de aquella noche.

Sin embargo, lo que más le preocupaba en ese momento era la salud de Aurora, ya que ella no estaba en condiciones de dar a luz a un bebé.

Entonces, él soltó un suspiro y dijo: "Aurora, todavía no estás bien. El bebé solo empeorará las cosas".

Luego, le agarró la mano y continuó en voz baja: "Creo que deberías abortar".

"¿Qué? No quiero abortar".

Aurora le quitó la mano y lo miró con incredulidad.

No obstante, después de unos segundos, la joven se calmó y se dio cuenta de que había exagerado.

Entonces, con cara de pena fingida, se lanzó a los brazos de Elmer y rompió en llanto.

"Sé que no estoy bien de salud. A veces ni siquiera me besas cuando estás sobrio. Pero esta es nuestra única oportunidad. No me atrevo a matar a nuestro bebé", declaró ella, mirándolo con ojos llorosos.

Al verla así, Elmer no pudo evitar compadecerse de ella.

"Yo sé que Leona y tú son marido y mujer. Y, créeme, no te pediré nada más. Solo quiero dar a luz a tu bebé, aunque tenga que criarlo yo sola. Y si muero antes, al menos seguirás teniendo a alguien que te acompañe".

Dicho eso, lo miró con los ojos llenos de esperanza.

"Deja de hablar así. No soportaría que algo te pasara", dijo Elmer en tono serio.

Aurora negó con la cabeza con firmeza. "Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por nuestro hijo. Así tenga que arriesgar mi vida, ¡quiero darlo a luz!".

Como él no quería seguir hablando de ese tema con ella, la ayudó a recostarse y le dijo suavemente: "Debes estar cansada. Duerme un poco".

Temeroso de que su estrés emocional empeorara su estado, Elmer la consoló con delicadeza y la arrulló hasta que la chica se durmió.

Cuando Elmer se fue del hospital, ya había amanecido.

Por otro lado, Leona no pegó el ojo en toda la noche.

Al llegar a su casa, él encontró a su mujer sentada en el sofá, distraída.

La luz de la mañana inundaba la habitación desde la ventana, iluminando su rostro cansado.

Elmer se sintió inexplicablemente irritado al encontrarla despierta a esas horas. "¿Por qué no te has acostado todavía? ¿Qué estás haciendo?", le preguntó él con frialdad.

Apretando los puños, Leona lo miró y dijo, a la defensiva: "Estaba esperando a que regresaras...".

De todos modos, ella quería que su marido la acompañara cuando volviera.

Como era de esperar, el hombre finalmente apareció. Al menos, Elmer le pertenecería, aunque solo fuera por un momento.

Leona se acomodó el pelo revuelto detrás de las orejas y le sonrió, intentando disimular su cansancio.

Sin embargo, todavía tenía los ojos rojos de tanto llorar.

Al verla así, Elmer frunció más el ceño y, mientras se desabrochaba la camisa, espetó de manera impaciente: "¿Por qué finges tanta lástima? ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ir a llorarle al abuelo otra vez?".

La otra noche, Elmer estaba en una reunión con un cliente cuando su abuelo lo llamó, preguntándole si llevaba un par de días sin ir a casa e incluso ordenándole que fuera a casa y se quedara con Leona el día de su cumpleaños.

Era claro que todo había sido idea de ella.

Y, por lo visto, quería volver a utilizar el mismo truco.

Estupefacta, Leona respondió: "¿Qué? Nunca he hablado con el abuelo".

Aunque el anciano era amable con ella, nunca se le había ocurrido pedirle que obligara a su nieto a tratarla bien.

De hecho, ella no tenía el valor para obligar a su esposo a que la quisiera, y mucho menos caería tan bajo.

Mientras ella pudiera quedarse a su lado así, estaba más que contenta.

"Olvídalo", dijo Elmer, luego le lanzó una mirada indiferente y dejó el tema ahí, sin querer perder el tiempo con ella.

Entonces, se sentó frente a Leona, sacó un documento y se lo entregó. "Échale un vistazo. Dime qué más necesitas añadir".

Los ojos de la chica se posaron en las palabras en negrilla de la parte superior del documento.

Era un acuerdo de divorcio.

Al instante, Leona abrió los ojos de par en par y miró a Elmer con incredulidad. "Quieres... ¿Quieres divorciarte de mí?".

En ese momento, aún pudo ver los chupones que ella le había dejado en el cuello. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de él, solo vio frialdad.

"Sí".

Leona soltó un grito de asombro, y sintió que su corazón se rompía en mil pedazos.

A ella no le importó que sus padres y su hermana se hubieran olvidado de su cumpleaños, pues lo único que le preocupaba era Elmer.

Sin embargo, lo único que él hizo ese día fue acostarse con ella en estado de embriaguez, para luego marcharse para ir a ver a una tal Aurora.

Y ahora él llegaba con un acuerdo de divorcio.

¿Por qué todo el mundo la trataba así?

¿Por qué él le rompía el corazón de esa manera?

Leona ya estaba harta de tanta injusticia. No iba a permitir que ellos se salieran con la suya.

Entonces, con determinación, la joven dijo: "No estoy de acuerdo. No aceptaré el divorcio".

Agotado, Elmer se frotó las sienes y respondió: "No me hagas perder más el tiempo. Escucha bien, Aurora está embarazada".

Aquella noticia le cayó a Leona como un baldado de agua, y la fría voz de Elmer resonó en sus oídos, dejándola muy aturdida.

Todo el coraje que había reunido hacía un momento se disipó en un segundo.

Después de un largo rato, Leona por fin recobró el sentido y preguntó: "¿Cuándo pasó eso?".

"No es asunto tuyo".

"Entiendo".

Leona se rio amargamente, con lágrimas corriéndole por el rostro.

Sin pensarlo, ella agarró el acuerdo de divorcio y lo hizo pedazos delante de Elmer.

Los pedazos de papel flotaron en el aire, los cuales parecían haber formado un abismo entre los dos.

Leona tenía el cuerpo temblando, pero miraba a Elmer, desafiante.

Después de haber soportado que su marido nunca la considerara apta para ser la madre de su hijo, Leona no podía creer que ahora le dijera que Aurora estaba embarazada de él.

¡Su hermana mayor se había quedado embarazada de su marido! Aquello era demasiado absurdo.

Ella ya estaba cansada de que todo el mundo la pisoteara.

Pero lo más absurdo de todo era que su matrimonio estaba ahora al borde del abismo gracias a Aurora, su hermana adoptada por sus padres.

¡Parecía un chiste su vida!

Después de un momento, Elmer se levantó y, mirándola, le preguntó fríamente: "¿Qué pretendías con eso?".

Leona apretó los labios.

Él tenía razón; ¿qué sentido tenía insistir en mantener el matrimonio?

Al fin y al cabo, él nunca la había amado.

Sin embargo, ella no iba a firmar el acuerdo.

No le importaba que su matrimonio fuera solo de papel, ya que, si se divorciaban, cortarían los lazos para siempre.

En ese momento, el ambiente se hizo cada vez más tenso, y ninguno de los dos tomó la iniciativa de hablar.

De repente, sonó el celular del hombre, rompiendo el abrumador silencio.

"Elmer", dijo su abuelo con severidad al otro lado de la línea. "Trae a Leona esta noche. Vamos a cenar juntos", añadió.

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