La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

El edificio de la corporación Valdés parecía perforar las nubes. Era una torre de cristal y acero, fría, inalcanzable y absolutamente intimidante. Mientras subía en el ascensor privado que me llevaría al piso cincuenta, me observé en el reflejo de las puertas metálicas. Me veía pálida, con la ropa demasiado sencilla para un lugar donde hasta el aire acondicionado parecía costar una fortuna. Sin embargo, algo había cambiado en mis ojos. El miedo seguía ahí, agazapado en el fondo, pero la determinación de salvar a mi madre me daba una coraza invisible.

Las puertas se abrieron con un siseo hidráulico y una secretaria de expresión gélida me escoltó hasta el despacho principal. No era una oficina; era un santuario al poder. Escritorios de caoba oscura, estanterías repletas de libros que nadie leía y una vista panorámica de la ciudad que hacía parecer a la gente de abajo como hormigas.

Detrás del escritorio estaba él. El señor Valdés. No se levantó al verme entrar. Ni siquiera apartó la vista de un informe que revisaba con parsimonia.

-Siéntate, Aurora -dijo sin levantar la vista. Su voz era grave, una orden que no admitía réplica.

Me senté en la silla de cuero frente a él, sintiendo cómo el material se hundía bajo mi peso. Mis manos, nerviosas, se aferraban a mi bolso. Él tardó un minuto entero en cerrar la carpeta y mirarme. Sus ojos, grises y astutos, me escanearon de una forma que me hizo sentir diseccionada.

-Has llegado a tiempo. Eso es bueno. La puntualidad es la base de cualquier negocio serio -comenzó, entrelazando sus dedos sobre la superficie pulida del escritorio-. Supongo que habrás pensado en la propuesta. No creo que tengas muchas alternativas.

-Mi madre es mi prioridad, señor Valdés -respondí, manteniendo mi voz firme, aunque mi corazón latía contra mis costillas-. No estoy aquí por el dinero, ni por la ambición de un apellido que nunca quise. Estoy aquí porque ella necesita vivir.

-El sentimentalismo es un lujo, Aurora, pero acepto tus razones. Lo que importa es el resultado -se inclinó hacia adelante-. Vamos a lo importante. El contrato.

Abrió una carpeta y deslizó un fajo de papeles hacia mí. La letra era pequeña, llena de términos legales que, en circunstancias normales, me habrían hecho buscar un abogado.

-Aquí están las reglas -dijo con frialdad-. Son simples. Primero: confidencialidad absoluta. Nadie, absolutamente nadie, debe saber que esto es un arreglo. Ante los ojos del mundo, y especialmente ante los de la prensa que sigue a mi familia, tú eres la mujer que se enamoró de Damián y decidió quedarse a su lado.

-¿Y qué pasa si Damián no quiere que esté allí? -pregunté, recordando la reputación que me había pintado.

-Ese es tu problema, no el mío -respondió él, cortante-. Segunda regla: Damián debe volver a la vida pública, o al menos, debe retomar la gestión del viñedo en Valdenia. Él ha dejado que las fincas se deterioren, se ha dejado llevar por la autocompasión. Tú vas a ser su estímulo. Si él muestra señales de mejora -si vuelve a interesarse por el vino, por la administración-, tu contrato será considerado un éxito.

-¿Y si se niega? -insistí, sintiendo un escalofrío-. Es un hombre adulto, señor Valdés. No puedo obligarlo a que le guste mi presencia.

-No te pido que lo obligues. Te pido que lo cures. Sé de tu formación en gastronomía. Sé que tienes paciencia. Úsala. Si al cabo de un año Damián sigue siendo un espectro, el contrato se rescindirá y habrás recibido solo la mitad de la compensación prometida. ¿Te queda claro?

Justo cuando iba a preguntar sobre la cláusula de "estímulo", mi teléfono, que descansaba sobre la mesa, vibró violentamente. La pantalla se iluminó, rompiendo la atmósfera solemne del despacho.

Un mensaje de WhatsApp apareció: "Aurora, ¿crees que puedes ignorarme? Si no te presentas mañana a pedirme perdón de rodillas, tanto tú como tu querida madre se van a arrepentir. Elena y yo estamos esperando. No te saldrá gratis el pastelazo".

Mi pulso se aceleró. Otro mensaje entró inmediatamente: "¿A dónde te has escapado, gorda? Nadie te va a querer si no es conmigo. Piensa bien si vale la pena perderlo todo por dignidad".

Sentí un vacío en el estómago. El miedo, esa vieja sombra, intentó estirarse para atraparme. Mis dedos picaban por desbloquear el teléfono, por responder, por suplicar... pero entonces miré a Valdés. Él observaba el teléfono con curiosidad, esperando una reacción.

Inspiré hondo. Con una parsimonia que no sabía que poseía, tomé el teléfono y, sin leer el siguiente mensaje que acababa de entrar, lo puse en modo silencio y lo volteé boca abajo sobre el escritorio.

-¿No vas a contestar? -preguntó el señor Valdés, arqueando una ceja-. Pareces tener seguidores insistentes.

-No es nadie importante -dije, aunque mis manos temblaban ligeramente bajo la mesa-. Solo asuntos del pasado que ya no tienen lugar en mi futuro.

El patriarca me observó en silencio. Por un segundo, vi un destello de algo que no era desprecio, tal vez una pizca de respeto.

-Bien. Me gusta la gente que sabe priorizar -continuó, regresando a los papeles-. Tercera regla: prohibido el romance con otros. Eres la esposa de Damián, aunque sea un contrato. La reputación de la familia está en juego. Cualquier escándalo por tu parte, cualquier infidelidad, y el contrato se anula inmediatamente. Las deudas de tu padre volverán a ser tu problema, y la cirugía de tu madre... bueno, ya te imaginas.

-¿Infidelidad? -solté una risa amarga-. Señor Valdés, acabo de descubrir que mi prometido se acostaba con mi prima mientras yo horneaba nuestro pastel de bodas. Créame, la lealtad es algo que me tomo muy en serio. No tiene que preocuparse por eso.

Él esbozó una sonrisa fina, casi imperceptible.

-Eso espero. La cláusula final: Damián no debe saber, bajo ninguna circunstancia, que esto es un trato. Si él se entera de que te pagué para estar con él, todo el efecto psicológico que busco se perderá. Él debe creer que tú estás allí por voluntad propia. ¿Eres capaz de mantener esa mentira durante doce meses?

-Doce meses -repetí, saboreando las palabras como si fueran veneno-. ¿Y qué obtengo yo al final, además de la salud de mi madre?

-Si al terminar el año Damián ha retomado las riendas de su vida, te entregaré una suma adicional para que puedas abrir tu propio restaurante. Un negocio real, no solo sueños. Tendrás el capital inicial y la reputación de la familia Valdés para respaldarte. Podrás ser quien quieras ser.

La oferta era tentadora. Era la llave de la jaula en la que mi propia vida me había encerrado.

-¿Dónde firmo? -pregunté, sin mirar atrás.

Él me pasó una pluma fuente dorada. La tinta fluyó sobre el papel como si estuviera firmando mi sentencia de muerte, o tal vez, mi acta de nacimiento. Cuando puse mi nombre, Aurora, sentí que el mundo se encogía.

-Tu equipaje será enviado a la hacienda mañana a primera hora -dijo él, levantándose-. Un coche pasará por ti. No intentes contactar a Bruno, ni a nadie de tu antigua vida. A partir de este momento, eres una Valdés en espíritu. Y una última cosa, Aurora...

Se detuvo frente a la ventana, dándome la espalda.

-Damián no es un hombre que reciba visitas con alegría. Es posible que intente echarte el primer día. Incluso el segundo. Te escupirá amarguras que ni siquiera te pertenecen. No te tomes nada de lo que diga como algo personal. Él está roto, pero eso no significa que no sea peligroso.

-Entiendo -dije, poniéndome de pie-. Pero señor Valdés, debería saber una cosa.

-¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

-Yo también estoy rota -dije, mirando mis manos-. Y sé exactamente cómo se siente cuando alguien intenta arreglarte sin preguntarte. No intentaré "arreglarlo" como si fuera una pieza de cerámica. Intentaré sobrevivir a él, y tal vez, en el proceso, ambos encontremos algo que valga la pena salvar.

Él no respondió. Se limitó a hacerme un gesto con la mano para que saliera.

Caminé hacia la puerta, sintiendo el peso del contrato en mi mente. Al salir al pasillo, recuperé el teléfono. Había cinco llamadas perdidas de Bruno. Volví a mirar el mensaje: "Si te casas con otro, te juro que destruiré lo poco que te queda. Voy a arruinar tu nombre, Aurora. Vas a ser la burla de todos".

Mis dedos temblaron. Por un instante, el terror me paralizó. ¿Y si él tenía razón? ¿Y si esto era un error? Bruno era capaz de todo.

Caminé hacia el ascensor y, mientras bajaba, tomé una decisión. Bloqueé el número de Bruno. Bloqueé el de Elena. Bloqueé a todos los que alguna vez formaron parte de ese círculo de falsedad.

El ascensor llegó al vestíbulo. Salí a la calle, donde el sol de la tarde golpeaba el asfalto. El aire era pesado, lleno de contaminación y ruido, pero por primera vez en días, sentí que podía respirar.

Mañana no sería Aurora, la estudiante de gastronomía engañada. Mañana sería la esposa de Damián Valdés. Mañana empezaría mi nueva vida en Valdenia, lejos de las amenazas, lejos de los pasteles amargos y lejos de los hombres que creían que podían comprar mi valor.

Si Damián quería guerra, tendría guerra. Si quería soledad, le daría espacio. Pero si quería un hogar... bueno, tendría que aprender que en la cocina, y en la vida, los ingredientes más simples suelen ser los que dan el sabor más intenso.

Estaba lista. O al menos, eso me repetía a mí misma mientras subía a un taxi, sabiendo que no volvería a ver mi apartamento nunca más. El camino a los viñedos no estaba en el mapa de mi vida, pero estaba dispuesta a recorrerlo hasta el final.

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