La Casa de Los Vampiros

Cuando imaginé que ya había pasado el tiempo suficiente para que todo el mundo hubiese abandonado la escuela, volví a dejar caer el pelo sobre mi frente y salí del baño en dirección a las puertas que llevaban al aparcamiento de los alumnos. Todo parecía despejado. Tan solo había un chico al final del aparcamiento con esos pantalones anchos para nada atractivos en plan: «quiero ser parte de una banda». Tenía toda su concentración puesta en evitar que se le cayeran los pantalones a medida que andaba, así que ni se percataría de mi presencia. Apreté los dientes ante las punzadas de dolor en la cabeza, abrí la puerta y fui directa hacia mi Escarabajo.

En el momento en que puse un pie en la calle el sol comenzó a azotarme. Lo digo porque no era un día particularmente soleado. Había muchas de esas nubes grandes e hinchadas que parecían tan bonitas en las fotos, flotando en el cielo, medio tapando el sol. Pero eso no importaba. Tuve que entrecerrar los ojos con dolor y mantener la mano en alto para tapar la intermitente luz. Supongo que estaba tan concentrada en el dolor que la luz solar normal me causaba, que no me fijé en la furgoneta hasta que chirrió con un frenazo frente a mí.

—¡Oye, Zo! ¿Es que no has visto mi mensaje?

¡Oh, mierda mierdamierda! Era Heath. Levanté la vista, mirándole entre los dedos como si estuviera viendo una de esas estúpidas películas de terror. Estaba sentado en la parte trasera de la pickup de su amigo Dustin. A su espalda podía ver la cabina de la camioneta, en la que Dustin y su hermano Drew hacían lo que hacían de forma habitual: pelearse y discutir sobre Dios sabe qué chorrada de chicos. Por suerte me ignoraban. Miré de nuevo a Heath y suspiré. Tenía una cerveza en la mano y una sonrisa bobalicona en la cara. Olvidando por un momento que acababa de ser marcada y que estaba destinada a convertirme en un monstruo chupasangre marginado, le miré con el ceño fruncido.

—¡Estás bebiendo en la escuela! ¿Estás loco?

Su sonrisa de crío se hizo más grande.

—Sí, estoy loco, ¡loco por ti, nena!

Negué con la cabeza mientras le daba la espalda, abrí la puerta chirriante de mi Escarabajo y lancé los libros y la mochila al asiento del acompañante.

—¿Y por qué no estáis entrenando al fútbol? —dije, manteniendo la cara lejos de su vista.

—¿Es que no te has enterado? ¡Nos han dado el día libre por la paliza que le dimos a Union el viernes!

Dustin y Drew, que después de todo sí que parecían habernos estado prestando atención, lanzaron un par de «¡Yu-juuu!» y «¡Sííí!» desde dentro de la camioneta.

—Oh. Uh, no. Debo haberme perdido el anuncio. He estado muy liada todo el día. Ya sabes, el gran examen de geometría de mañana. —Intenté sonar normal y despreocupada. Entonces me entró la tos y añadí—: Además, estoy agarrando un maldito resfriado.

—Zo, en serio. ¿Estás mosqueada o algo? Yo que sé, ¿te ha dicho Kayla alguna chorrada sobre la fiesta? Sabes que yo no te he puesto los cuernos.

¿Eh? Kayla no había dicho ni una sola palabra referente a que Heath me hubiera puesto los cuernos. Como una imbécil, me olvidé (vale, temporalmente) de mi nueva marca. Giré la cabeza de golpe para poder mirarle a la cara.

—¿Qué es lo que hiciste, Heath?

—Zo, ¿yo? Ya sabes que yo nunca… —Pero su acto inocente y sus excusas se apagaron para formar una poco atractiva mirada boquiabierta de asombro cuando se fijó en mi marca.

—¿Pero qué…? —comenzó a decir, pero le corté.

—¡Chsss! —Hice un gesto con la cabeza hacia los todavía distraídos Dustin y Drew, que ahora cantaban a pleno pulmón las canciones del último cd de Toby Keith.

Los ojos de Heath aún estaban abiertos de par en par con asombro, pero bajó la voz.

—¿Es eso algún tipo de maquillaje que estás probando para la clase de teatro? —No —susurré—. No lo es.

—Pero no puedes estar marcada. Estamos saliendo.

—¡No estamos saliendo! —Y así es como terminó mi medio tregua con la tos. Casi me doblé por completo, intentando aguantar una tos con flemas realmente desagradable.

—¡Oye, Zo! —gritó Dustin desde la cabina—. Vas a tener que dejar esos cigarrillos.

—Sí, suena como si fueses a echar un pulmón o algo —dijo Drew.

—¡Tronco, déjala en paz! Sabes que ella no fuma. Es que es un vampiro.

Genial. Maravilloso. Heath, con su habitual falta total y absoluta de cualquier cosa parecida al sentido común, pensó que estaba defendiéndome al gritar a sus amigos, que de forma instantánea sacaron la cabeza por las ventanillas abiertas y me miraron embobados como si fuese un experimento científico.

—Oh, mierda. ¡Zoey es un puto bicho! —dijo Drew.

Las insensibles palabras de Drew hicieron que la ira, que había estado hirviendo a fuego lento en algún lugar de mi interior desde que Kayla se apartara de mí, bullese y se desbordase. Ignorando el dolor que el sol me causaba, miré fijamente a los ojos de Drew.

—¡Calla la puta boca! He tenido un muy mal día y no necesito más mierda también por tu parte. —Hice una pausa para mirar de Drew, ahora callado y con los ojos como platos, a Dustin y añadí:

—Ni de la tuya. —Y mientras mantenía el contacto visual con Dustin me di cuenta de algo. Algo que me asombró y al mismo tiempo me produjo una extraña excitación: Dustin parecía asustado. Asustado de verdad. Volví a mirar a Drew. También parecía asustado. Entonces lo sentí. Una sensación de cosquilleo que recorrió mi piel e hizo que mi nueva marca ardiese.

Poder. Sentí poder.

—¿Zo? ¿Pero qué coño…? —La voz de Heath interrumpió mi concentración e hizo que apartase la mirada de los hermanos.

—¡Larguémonos de aquí! —dijo Dustin, metiendo la marcha de la camioneta y pisando el acelerador. La camioneta dio una sacudida hacia delante, haciendo que Heath perdiese el equilibrio y se deslizara, haciendo el molino con los brazos y la cerveza, contra el asfalto del aparcamiento.

Automáticamente, corrí hacia él.

—¿Estás bien? —Heath estaba apoyado sobre manos y rodillas y me agaché para ayudarle a ponerse en pie.

Entonces fue cuando lo olí. Había algo que olía maravilloso; cálido, dulce y delicioso.

¿Llevaba Heath una nueva colonia? ¿Una de esas cosas raras de feromonas que se supone que atraen a las mujeres como un gran cazainsectos manipulado genéticamente? No me di cuenta de lo cerca que estaba de él hasta que se estiró del todo y nuestros cuerpos estuvieron casi pegados. Bajó la vista y me miró con ojos interrogantes.

No me aparté de él. Debería haberlo hecho. Lo hubiera hecho antes… pero no ahora. Hoy no.

—¿Zo? —dijo suavemente, con voz profunda y ronca.

—Hueles muy bien —no pude evitar decir. El corazón me latía con tanta fuerza que podía escuchar su eco en mis palpitantes sienes.

—Zoey, te he echado mucho de menos. Tenemos que volver a estar juntos. Sabes que te quiero de verdad. —Acercó la mano a mi cara y ambos nos dimos cuenta de la sangre que cubría la palma de su mano—. Ah, mierda. Supongo que me he… —Su voz se apagó cuando me miró a la cara. Solo podía imaginar el aspecto que tendría, con la cara toda blanca, mi nueva marca delineada con un brillo azul zafiro y los ojos mirando fijamente la sangre de su mano. No podía moverme, ni apartar la mirada.

—Quiero… —susurré—. Quiero… —¿Qué es lo que quería? No podía expresarlo con palabras. No, no era eso. No quería expresarlo con palabras. No quería hablar en voz alta de la sobrecogedora oleada de deseo candente que intentaba ahogarme. Y no era porque Heath estuviese tan cerca. Ya había estado así de cerca antes. Demonios, llevábamos enrollándonos desde hacía un año, pero nunca me había hecho sentir así… Nunca así. Me mordí el labio y gemí.

La pickup chirrió hasta detenerse dando un coletazo junto a nosotros. Drew bajó de un salto, rodeó a Heath por la cintura y tiró de él hacia atrás para meterlo en la cabina de la camioneta.

—¡Suéltame! ¡Estoy hablando con Zoey!

Heath intentó forcejear con Drew, pero el chico era un defensa veterano del equipo de BrokenArrow, y realmente enorme. Dustin tiró de ellos y cerró de un golpe la puerta de la camioneta.

—¡Déjale en paz, monstruo! —me chilló Drew mientras Dustin pisaba a fondo el acelerador, y esta vez salieron pitando de verdad.

Entré en mi Escarabajo. Las manos me temblaban con tanta fuerza que tuve que intentarlo tres veces antes de conseguir poner el motor en marcha.

—Tan solo ve a casa. Tan solo ve a casa. —Repetí esas palabras una y otra vez entre toses desgarradoras mientras conducía. No quería pensar en lo que acababa de ocurrir. No podía pensar en lo que acababa de ocurrir.

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